Archive for 6 mayo 2009

El Día de Europa

mayo 6, 2009

Ayer, con cuatro días de antelación y por tercer año consecutivo, se celebró en el Ayuntamiento de Zaragoza el Día de Europa. Me parece una saludable iniciativa, consolidada ya en el tiempo, y que puede contribuir de forma muy eficaz a divulgar el espíritu europeísta, siempre interesante pero más todavía en unos tiempos como los que corren marcados por una crisis del sentimiento europeo y por un cierto reverdecimiento de los nacionalismos de todo tipo, los de Estado y los otros.
Y fue muy acertado también el planteamiento de fondo de la celebración consistente en hacer recaer el protagonismo sustancial del acto en unos niños y unos colegios premiados por su contribución, con trabajos de distinta naturaleza, a divulgar en sus respectivos ámbitos la idea de la construcción europea. Y digo que me parece muy acertado porque en la educación reside una de las claves del proyecto europeo; y en los jóvenes, en los más jóvenes todavía, en los niños, reside, literal y moralmente, el futuro de Europa.
Y fue muy atinada también, a mi juicio, la referencia al papel fundamental que deben jugar las ciudades en este proceso, con Zaragoza a la vanguardia de todas ellas. No es solo que cuatro de cada cinco europeos vivamos en ciudades, sino que el espíritu de ciudadanía, con sus características intrínsecas de apertura a lo universal y abatimiento de fronteras, puede ser el mejor antídoto de los nacionalismos, regionalismos y cantonalismos de todo tipo, en los que aletea justo el espíritu contrario.
Lo único lamentable del acto del ayer en el Ayuntamiento de Zaragoza fue la intervención del representante del Gobierno central que aprovechó la ocasión para hacer una propaganda de su gobierno fuera de lugar, alejada del verdadero espíritu europeísta y en la que, además, confundiendo los deseos con las realidades, se vertieron afirmaciones muy concretas que, sencillamente, no se corresponden con la realidad.

Anuncios

LAS ELECCIONES EUROPEAS

mayo 4, 2009

El hecho de que a un mes de distancia de las próximas elecciones al Parlamento Europeo solo el 34% de los europeos estén dispuestos a decir que votarán en dichos comicios es de una enorme gravedad, acentuada si se considera que esa cifra es siete puntos aún más baja que la registrada hace cinco años en el mismo Eurobarómetro
Junto a la crisis económica que azota al mundo entero, estas elecciones están igualmente enmarcadas en una aguda crisis genuinamente europea que arranca del fracaso de la primera Constitución, ésa que ni siquiera llegó a nacer. Y aunque el Tratado de Lisboa del año 2007 puso fin a cerca de dos años de profundas incertidumbres, constituyéndose como un cierto punto de arranque para continuar avanzando en el proceso de construcción europea, las dificultades económicas y un cierto renacer de los sentimientos nacionales por encima de los comunitarios están proyectando una sombría perspectiva sobre lo que, a mi juicio, constituye el proceso político más apasionante de esta hora en el viejo continente: La Unión Europea.
Estas elecciones pueden ser una gran ocasión para rectificar, aunque sea solo inicialmente, algunas de las peores tendencias que están en el trasfondo de la crisis actual y hacer de lo europeo objetivo con suficiente carga de ilusión para los ciudadanos.
Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional.
Europa necesita igualmente un sentido proyectivo de su acción exterior. Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas son soluciones para Europa.
La defensa de los grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y de una convivencia más humana no pueden quedar solo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerzas generadoras de un impulso de cambio social y económico, de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios.
La última reunión en Londres del los países del Grupo de los 20 ha llegado a conclusiones interesantes para reformar el sistema financiero, poniendo con ello de manifiesto que es la propia economía de mercado, de la que lo financiero es una parte, la que está salida de sus quicios, urgiendo con ese llamamiento una respuesta de valores en cuya articulación la Unión Europea no puede permanecer callada y, menos aún, conformarse con ser un mero elenco de distintas respuestas nacionales, por importantes que sean los países que las sustenten.
Según el mencionado Eurobarómerto, la credibilidad del Banco Central Europeo ha caído nueve puntos en seis meses; la Comisión, cinco, y el Parlamento, seis, quedando las tres instituciones en unos niveles respectivos de aceptación popular claramente por debajo del cincuenta por ciento, es decir, que más de la mitad de los europeos no confían en ellas. Ante esta situación, es difícil soñar en un futuro mejor para la Unión Europea si no se abordan las causas que están originando este descrédito ciudadano
Porque para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada.
Una consulta electoral constituye siempre el encuentro supremo de la ciudadanía con los problemas de su propia gobernación y representa en todo momento la apertura de un horizonte de esperanza para el cambio. De los partidos verdaderamente europeístas depende que el enfoque de la campaña que ha de precederlas en estas próximas elecciones europeas sirva para hacer llegar con nitidez los perfiles de los problemas y los rasgos más importantes de las soluciones que se aportan, de forma que los ciudadanos se interesen por unos y otras, y salgan de esa creciente postración que las encuestas testifican