Un Presupuesto muy malo

Comparando los porcentajes de las respectivas partidas de gasto con respecto al montante total de los gastos no financieros, como es práctica habitual en la comparación presupuestaria, pues los gastos financieros pueden tener unas singularidades muy específicas en cada ciudad y, por lo tanto, no tienen el mismo valor comparativo, se puede afirmar que la estructura de los presupuestos del año 2008 del Ayuntamiento de Zaragoza, en comparación con la media de los ayuntamientos españoles, era mala porque dedicaba una proporción mucho mayor del conjunto de operaciones no financieras al gasto corriente, y correlativamente otra mucho menor a la inversión
Según los últimos datos disponibles en el Ministerio de Hacienda, que aunque no son estrictamente de ese año son lo suficientemente reveladores de la estructura general, mientras la media de los ayuntamientos españoles viene dedicando al gasto corriente, aproximadamente, un 70,13% de sus operaciones no financieras, el Ayuntamiento de Zaragoza, al año pasado, dedicó un 76,68%; y mientras aquellos aplican a la inversión un 29,87% de dichas operaciones no financieras, el de Zaragoza tan sólo un 23,32%.
Esta mala situación estructural se agrava todavía más en los presupuestos para el 2009, pues el gasto corriente pasa de representar el 76,68% de las operaciones no financieras al 84,51%, y descienden las inversiones del 23,32% al 15,49%. Es decir, que si los presupuestos de 2008 eran francamente malos, los propuestos para el 2009 son aún peores, y proyectan, además, una trayectoria que va en dirección contraria a la de la media de los ayuntamientos españoles, pues mientras éstos en los últimos cuatro años han mejorado en más de un punto porcentual la proporción de las operaciones no financieras que dedican a la inversión, reduciendo en la misma cuantía el gasto corriente, el Ayuntamiento de Zaragoza, en el mismo tiempo, no la ha aumentado, y no sólo eso, sino que descontando los efectos de la Expo, pues ha sido algo coyuntural, resulta que la ha disminuido, marcando así un rumbo inverso al que debería llevar.
Todo ello además con un aumento neto de las deuda por encima de los 260 millones en todo el tiempo del gobierno socialista, y tras soportar en los años pasados un de las subidas más abusivas de la presión fiscal de la historia de nuestra ciudad, más del 40%, coronada en el actual por un incremento de entre 3 y 5 puntos por encima de la inflación, lo cual, por la vía de las posibilidades de consumo, disminuye notoriamente la calidad de vida de los zaragozanos, sin propiciar ningún aprovechamiento de ese esfuerzo ciudadano, sino todo lo contrario, pues mientras en los ayuntamientos españoles la inversión realizada con fondos propios, es decir, sin deuda, supera el 27%, en el Ayuntamiento de Zaragoza no llega al 12%, bastante menos de la mitad.
La razón de esta deriva municipal radica, en lo económico, en la crónica falta de contención del gasto corriente, pues viene superando en tres puntos porcentuales los gastos corrientes medios de los ayuntamientos españoles, sin que por parte del gobierno de Zaragoza haya ninguna voluntad de corregir esta situación, sino más bien lo contrario, presentando la necesidad del actual montante como algo axiomático. Y en lo político, en la creencia, a todas luces errada, de que es posible distraer a la opinión pública con el deslumbramiento ocasional de grandes fastos aunque se abandone la gobernación diaria de la ciudad. Pero el efecto anestésico con que, en gran parte, ha sido empleada la Expo 2008 por parte del Gobierno no puede ocultar la realidad de la mala gobernación de la ciudad.
Ante estos presupuestos y la trayectoria económica que dibujan, sólo cabe pedir al Gobierno lo que ha pedido el primer partido de la oposición: que los retire y presente otros que tengan invertidas, aunque sea sólo de forma inicial, las tendencias básicas apuntadas. Y para que ello sea posible, es preciso, antes que nada, que se produzca un verdadero cambio de política de manera que se entronice la satisfacción de las necesidades reales de los ciudadanos por encima del cumplimiento de las ambiciones políticas de sus gobernantes. De lo contrario, el Ayuntamiento de Zaragoza continuará deslizándose, y cada vez más acusadamente, por una pendiente inclinada que sólo conduce a tener que hacer esto mismo en otro momento todavía peor.

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