Nuevo rumbo

España ha entrado en recesión económica, a pesar de los juegos de palabras con que se ha querido disimular esta situación. Aragón, después de la emoción de una Expo que no ha conseguido beneficiar al conjunto del territorio, ha entrado en dicha recesión con más brusquedad que otras Comunidades, esperándose para este año, según las previsiones de Hispalink, un crecimiento económico negativo. Y Zaragoza, apagado el esplendor de sus fastos veraniegos, se enfrenta a esta realidad con unos servicios públicos cada vez más deteriorados y el triste privilegio de ser una de las grandes ciudades españolas con mayor incremento fiscal.
Este cuadro macroeconómico llevado a la realidad del día a día se traducirá en pérdida de empleo, cierre de empresas, caída del consumo y deterioro de todos los sectores productivos. Y todo ello en un contexto de pérdida de confianza empresarial y de restricciones al crédito por parte de las entidades financieras.
Este es el panorama de Aragón y su capital cuando se ha quedado atrás el año que pretendía ser mágico y aparece en toda su desnudez la cruda realidad, imposible de ocultar con ninguna propaganda, y ante la que el presidente de su Gobierno, en el mensaje de fin de año, sólo tuvo palabras que en muchos momentos eran más apropiadas para ser dirigidas a un grupo de boy-scouts que a una Comunidad Autónoma particularmente azotada por la crisis.
En el discurso de investidura del verano de 2007, el presidente Iglesias dijo que, para mejorar la calidad de vida de todos los aragoneses, uno de los principales objetivos políticos del nuevo Gobierno era mantener en Aragón un crecimiento económico del 3% durante los cuatro años de la legislatura. Al comparar esa cifra con las previsiones no sólo de Hispalink sino de cualquier otro informe solvente se puede medir la hondura de su fracaso y se comprende mejor la necesidad de apelar a palabras huecas y emotivas a la hora de dirigirse a su Comunidad con motivo del final de un año, que, según también él afirmó en ese discurso, iba a mostrar al mundo el esplendor de Aragón.
En lugar de ese esplendor se ha reducido el incremento del consumo a la mitad, se han superado los 50.000 desempleados y se ha convertido nuestra Comunidad en la líder en creación de paro.
Es indudable que la crisis económica por la que se atraviesa no es un problema exclusivo de Aragón, ni tampoco de España, por más que en nuestro país su virulencia sea mayor que en otros sitios, sino mundial y, por lo tanto, debida en gran parte a factores que escapan del control de cualquier gobierno aislado, y se inserta además en la propia sustancia del sistema capitalista, que es cíclico por naturaleza. Y no ofrece tampoco dudas el hecho de que las Comunidades Autónomas, sin perjuicio de las políticas microeconómicas que puedan poner en marcha en sus territorios, no tienen en sus manos el control de la política macroeconómica, ni menos aún el de los grandes flujos monetarios internacionales, careciendo de la posibilidad de cambiar sustancialmente el curso de los acontecimientos económicos.
Por eso no es imputable al presidente aragonés la situación de crisis económica en que está sumido Aragón, más o menos similar a la del resto de España. Pero lo que sí es imputable a él es el desenfoque en que está instalado su Gobierno, que se plantea como objetivos políticos lo que no depende de él, aparentando un poder del que carece, y olvidando al mismo tiempo la verdadera acción de su Gobierno en aquellas cuestiones que sí son de su incumbencia. Si España está en crecimiento económico, Aragón lo estará también, gobierne quien gobierne la DGA; y si España está en recesión igualmente lo estará nuestra Comunidad, con independencia del color político de su Gobierno. No depende esto del presidente del Gobierno aragonés.
Pero lo que sí depende de él en gran parte es que los aragoneses vean aliviada su carga financiera en los malos tiempos, las pequeñas y medianas empresas sean ayudadas en sus dificultades, las asistencias sociales lleguen a todos los que las necesiten, los servicios sanitarios y educativos funcionen adecuadamente, la Comunidad tenga una buena red de transporte público y en general el conjunto de servicios que hoy constituyen la calidad de vida funcionen adecuadamente y cada vez mejor. Como también depende de él que su voz sea escuchada donde sea preciso para que los aragoneses sean tratados como el resto de los españoles, aunque eso le obligue a incómodos enfrentamientos con su propio partido y a soportar situaciones desagradables. Y todo esto es lo que no está haciendo.
El Gobierno de Aragón necesita un cambio de rumbo. Debe dejar de ocuparse de las fantasías que no están en sus manos y dedicarse de lleno a aquello que puede y debe mejorar. Y este giro hacia un nuevo rumbo, realizado con inteligencia y sensatez, es lo que el Gobierno de Aragón necesita en este año 2009 que acaba de comenzar.

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