“Amor y Poder”

[[Susana ascendía lentamente por las escalinatas de la Plaza de España, acariciada por el último sol de la tarde que, en aquel día de noviembre, a esas horas, poco más de las cinco, sólo alcanzaba ya la parte alta.
Había dicho que tenía urgencia por llegar a una reunión, pero era mentira. Era simplemente un pretexto para irse sola, caminando despacio, y saboreando las emociones que acababa de vivir. Incluso tuvo que improvisar otra mentira para no tener que hacer uso del coche que el embajador se empeñaba en poner a su servicio. No le costaban ningún esfuerzo esas respuestas rápidas, inventadas con ingenio y expresadas con tanta naturalidad que nadie pensaba nunca que fueran falsas. Sus dotes diplomáticas para ese saber estar en cualquier tipo de reunión se habían puesto de manifiesto desde mucho tiempo atrás, casi desde niña, pero florecieron de una manera particular durante su estancia en Harvard, primero como alumna y luego como profesora.
Al llegar a la parte más alta, la ligera brisa de la tarde ondulaba su fular de lana fría, dándole un aspecto etéreo, muy a juego con la soltura de su traje sastre beis, con el que, sin pretenderlo, había llamado la atención por su “sencillez y elegancia al mismo tiempo”, como llegó a decir el embajador
Pero no era solo por sus trajes por lo que Susana rara vez pasaba desapercibida. La sencillez de su vestido no hacía más que resaltar la elegancia y belleza naturales de su cuerpo, su esbelta figura y la hermosura de su rostro que atraían inevitablemente miradas desde todos los ángulos y a las que se mostraba indiferente, poniendo con esa indiferencia un punto añadido de atractivo a su magnetismo.
A Susana le gustaba caminar sola, y sobre todo por Roma, la ciudad que “la volvía loca”. Pero, más que caminar sin más, le gustaba ascender, caminar ascendiendo, en un ejercicio inconsciente que revelaba la estructura más profunda de su personalidad.
Al llegar a la explanada de la parte alta, se dirigió hacia la barandilla para contemplar el espectáculo de la perspectiva de Roma. A Susana, las ciudades, como los conceptos y las ideas, le gustaba contemplarlas en perspectiva, abarcando con un solo vistazo la amplitud de su dimensión y adquiriendo conciencia clara de sus límites, de sus fronteras. Le interesaba siempre más el bosque que los árboles y huía de los detalles con una aversión natural.
Y allí, apoyada en la barandilla, dándole la brisa en la cara y con los ojos un poco entornados, no pudo evitar pensar en sí misma, en su propia vida, esbozando un ligero balance parcial de sus logros, como le gustaba hacer con mucha frecuencia, en un intento de controlarlo todo en todo momento. Su ambición de llegar a general de la Orden antes de cumplir los cuarenta estaba bien encarrilada y, a menos que surgieran problemas impensables, su posición para lograr esa meta, contando con cinco años de experiencia como superiora para España y no teniendo más de treinta y cinco, la situaban en una posición privilegiada. Había sido la superiora más joven de la historia de la Orden.
Pero su ambición iba más lejos: su intención apuntaba a empresas más complejas, de corte reformador, como hicieron grandes mujeres que pasaron a la historia y cuyas vidas había leído de forma apasionada y minuciosa.
Con la vista esparcida por encima de tejados de cientos de palacios y bóvedas, en esa densa generosidad que solo Roma proporciona, sus ojos se posaron en la que dominaba el centro de la escena, la de San Pedro, símbolo para ella de la grandeza y el poder y experimentó entonces una rabia contenida. “¿Por qué no podía ella ser sacerdote u obispo, o cardenal, o incluso poder optar a Papa? ¿Por qué no? ¿Por qué su sexo era razón para privarla a ella de todas esas posibilidades para las que estaba más preparada y capacitada que muchos de los que ocupaban aquellas dignidades?”
Todo estaba cambiando, ¿por qué no podía cambiar también la Iglesia? En España, la Guardia Civil permitía a los homosexuales vivir juntos; en Turquía, los islamistas moderados pretendían ser demócratas sin dejar de ser islámicos; en Alemania, el jefe de la oposición era una mujer… El mundo estaba cambiando, ¿por qué no podía cambiar el mundo concreto que a ella le rodeaba? Por ahí iban sus ensueños de reforma. Y fue entonces cuando, sin saber por qué, se acordó de la mirada del canciller.]]
Este el comienzo de “Amor y Poder”, la novela que presentaré el lunes 24 en el Centro de Historia de Zaragoza, a las 20,00 h, y en cuyo acto intervendrán también la escritora Macu Armisén y el editor Joaquín Casanova, y al que invito a todos los lectores de este blog

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