Archive for 30 noviembre 2008

Gasto inútil en Zaragoza

noviembre 30, 2008

Suele ser práctica habitual en la consideración económica de los presupuestos de las instituciones públicas distinguir con énfasis lo que se contempla como gasto corriente de lo que se contiene en el capítulo de inversión, abogando siempre por una reducción del primero en beneficio de un aumento de la segunda.
Este planteamiento, que es razonable y conveniente en términos generales, no agota toda la intensidad de la mirada que debe recaer sobre las cuentas públicas, porque una parte importante de lo considerado contablemente como gasto corriente es muy necesaria y, en consecuencia, su reducción resulta improcedente; y, por el contrario, una porción, a veces bastante abultada, de lo computado como inversión es perfectamente prescindible y, en consecuencia, se debiera desistir de ella.
Esto nos lleva a que junto con la dicotomía gasto corriente e inversión, debiera establecerse en paralelo la diferenciación entre gasto útil o inútil, y de la conjunción de ambos enfoques hacer posible un enjuiciamiento de las cuentas públicas más sensato del que viene siendo habitual.
Lo que está sucediendo con las obras del antiguo Seminario diocesano de Zaragoza, actualmente propiedad de su Ayuntamiento, y en otros muchos gastos municipales, pone, a mi juicio, de manifiesto hasta qué punto la aplicación del criterio de utilidad comentado podría encarrilar la vida municipal zaragozana por una senda de mayor sensatez que la que actualmente lleva. Muy pocos dudan de que la recuperación de ese edificio hubiera podido realizarse con criterios de mayor austeridad en su planteamiento y de más alto rigor en su ejecución, de forma que se hubiera prescindido de ese afán de lujo, impropio no sólo en el despacho del alcalde, sino en cualquier otra dependencia municipal, y se hubiera evitado la alta desviación sobre el presupuesto inicial con que se están terminando finalmente las obras.
Es cierto que ese lujo excesivo y ese coste de ejecución añadido que, por exigencias contables, figuran en el capítulo de inversión la incrementan notoriamente, lo que añadido a circunstancias similares en algunas otras obras municipales puede permitir al Gobierno, como se puso claramente de manifiesto en el último debate presupuestario, presumir de que la inversión había llegado a un récord histórico en esta ciudad. Pero esa realidad contable no se corresponde con la realidad de la utilidad ciudadana que tras la cifra aletea, sino, en gran parte, con ese exceso de gasto inútil o simplemente prescindible, y en cuyo montante, ciertamente se está batiendo un récord histórico.
Despilfarrar, en la acepción vulgar de la palabra, significa precisamente eso: “gastar profusamente en alguna ocasión”. Por eso, cuando la oposición califica políticamente de despilfarro ciertos gastos municipales, como todo lo relativo al Seminario, no sólo no está incurriendo en nada punible ante ningún tribunal, sino, al contrario, cumpliendo con su obligación democrática de intentar que el gobierno actúe lo más acorde posible con los intereses de los ciudadanos y no con trasnochados conceptos de grandeza institucional. Pues la verdadera grandeza del ejercicio político, y su prestigio, no se miden por la calidad de las maderas que forran las paredes de los despachos ni por la finura de los mármoles que les dan sustento, sino por el acierto en la gobernación del pueblo.
Y cuando este ejercicio democrático y responsable de la labor de la oposición pretende ser acallado por el gobierno amenazando con los tribunales de justicia, resulta inevitable el desagradable recuerdo de otros gobiernos y de otras épocas, afortunadamente superadas y de cuyo nombre no quiero acordarme, en las que no existía la libertad de expresión.

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“Amor y Poder”

noviembre 21, 2008

[[Susana ascendía lentamente por las escalinatas de la Plaza de España, acariciada por el último sol de la tarde que, en aquel día de noviembre, a esas horas, poco más de las cinco, sólo alcanzaba ya la parte alta.
Había dicho que tenía urgencia por llegar a una reunión, pero era mentira. Era simplemente un pretexto para irse sola, caminando despacio, y saboreando las emociones que acababa de vivir. Incluso tuvo que improvisar otra mentira para no tener que hacer uso del coche que el embajador se empeñaba en poner a su servicio. No le costaban ningún esfuerzo esas respuestas rápidas, inventadas con ingenio y expresadas con tanta naturalidad que nadie pensaba nunca que fueran falsas. Sus dotes diplomáticas para ese saber estar en cualquier tipo de reunión se habían puesto de manifiesto desde mucho tiempo atrás, casi desde niña, pero florecieron de una manera particular durante su estancia en Harvard, primero como alumna y luego como profesora.
Al llegar a la parte más alta, la ligera brisa de la tarde ondulaba su fular de lana fría, dándole un aspecto etéreo, muy a juego con la soltura de su traje sastre beis, con el que, sin pretenderlo, había llamado la atención por su “sencillez y elegancia al mismo tiempo”, como llegó a decir el embajador
Pero no era solo por sus trajes por lo que Susana rara vez pasaba desapercibida. La sencillez de su vestido no hacía más que resaltar la elegancia y belleza naturales de su cuerpo, su esbelta figura y la hermosura de su rostro que atraían inevitablemente miradas desde todos los ángulos y a las que se mostraba indiferente, poniendo con esa indiferencia un punto añadido de atractivo a su magnetismo.
A Susana le gustaba caminar sola, y sobre todo por Roma, la ciudad que “la volvía loca”. Pero, más que caminar sin más, le gustaba ascender, caminar ascendiendo, en un ejercicio inconsciente que revelaba la estructura más profunda de su personalidad.
Al llegar a la explanada de la parte alta, se dirigió hacia la barandilla para contemplar el espectáculo de la perspectiva de Roma. A Susana, las ciudades, como los conceptos y las ideas, le gustaba contemplarlas en perspectiva, abarcando con un solo vistazo la amplitud de su dimensión y adquiriendo conciencia clara de sus límites, de sus fronteras. Le interesaba siempre más el bosque que los árboles y huía de los detalles con una aversión natural.
Y allí, apoyada en la barandilla, dándole la brisa en la cara y con los ojos un poco entornados, no pudo evitar pensar en sí misma, en su propia vida, esbozando un ligero balance parcial de sus logros, como le gustaba hacer con mucha frecuencia, en un intento de controlarlo todo en todo momento. Su ambición de llegar a general de la Orden antes de cumplir los cuarenta estaba bien encarrilada y, a menos que surgieran problemas impensables, su posición para lograr esa meta, contando con cinco años de experiencia como superiora para España y no teniendo más de treinta y cinco, la situaban en una posición privilegiada. Había sido la superiora más joven de la historia de la Orden.
Pero su ambición iba más lejos: su intención apuntaba a empresas más complejas, de corte reformador, como hicieron grandes mujeres que pasaron a la historia y cuyas vidas había leído de forma apasionada y minuciosa.
Con la vista esparcida por encima de tejados de cientos de palacios y bóvedas, en esa densa generosidad que solo Roma proporciona, sus ojos se posaron en la que dominaba el centro de la escena, la de San Pedro, símbolo para ella de la grandeza y el poder y experimentó entonces una rabia contenida. “¿Por qué no podía ella ser sacerdote u obispo, o cardenal, o incluso poder optar a Papa? ¿Por qué no? ¿Por qué su sexo era razón para privarla a ella de todas esas posibilidades para las que estaba más preparada y capacitada que muchos de los que ocupaban aquellas dignidades?”
Todo estaba cambiando, ¿por qué no podía cambiar también la Iglesia? En España, la Guardia Civil permitía a los homosexuales vivir juntos; en Turquía, los islamistas moderados pretendían ser demócratas sin dejar de ser islámicos; en Alemania, el jefe de la oposición era una mujer… El mundo estaba cambiando, ¿por qué no podía cambiar el mundo concreto que a ella le rodeaba? Por ahí iban sus ensueños de reforma. Y fue entonces cuando, sin saber por qué, se acordó de la mirada del canciller.]]
Este el comienzo de “Amor y Poder”, la novela que presentaré el lunes 24 en el Centro de Historia de Zaragoza, a las 20,00 h, y en cuyo acto intervendrán también la escritora Macu Armisén y el editor Joaquín Casanova, y al que invito a todos los lectores de este blog

Invitación

noviembre 13, 2008

Me complace invitar a los lectores de este blog a la presentación de mi libro “Amor y Poder”, editado por Mira Editores, que tendrá lugar el lunes 24 de noviembre, a las 20,00 horas, en el Centro de Historia de Zaragoza, Plaza de San Agustín nº 2.
En el acto intervendrán también la escritora Macu Armisén y el editor, Joaquín Casanova.

“Amor y Poder” relata una historia de amor entre una religiosa con afanes reformistas y un ministro del Gobierno español. Ambientada en la época actual, de comienzos del siglo XXI, entrelaza las ambiciones de un político por elevarse a la cúspide con las de una religiosa que anhela un cambio de las estructuras de la Iglesia para poder acceder, en igualdad con los hombres, a una carrera eclesiástica sin limitación de niveles. Sus diferentes visiones acerca del sentimiento religioso, compatibles con una misma ambición de poder, dibujan una trayectoria amorosa, enmarcada en la crisis de la Iglesia, el último Cónclave y la teología feminista, que refleja la fuerza transformadora del amor.

Réplica al Alcalde de Zaragoza

noviembre 13, 2008

En el desarrollo de los debates del Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza, el reglamento concede al Alcalde, que preside la sesión, la facultad de hablar en cualquier momento y por el tiempo que considere oportuno. Hasta el presente, no se ha prodigado el Alcalde en el uso de la palabra en dichas sesiones, limitándose a presidirlas y a ordenar las exposiciones de los demás, pero sí ha intervenido en algunas ocasiones importantes para dar su particular opinión al final del debate.
Esto fue lo que sucedió en el pasado Pleno municipal del mes de julio, entre otros asuntos, en el concerniente al proyecto del tranvía. Al final de todas las intervenciones, tomó la palabra el Alcalde para intentar endosar a la oposición la responsabilidad por el fracaso del consenso en materia de movilidad que, en nombre de mi grupo, le había yo censurado minutos antes.
Como por razones reglamentarias me fue imposible desmontar en aquel Pleno la falacia de su argumento, aproveché el Pleno de principios de este mes para replicarle como entonces no pude, y aprovecho esta tribuna para hacer llegar a todos sus lectores el contenido de esa réplica.
Es comprensible, y legítimo también, que el Alcalde trate de imputar a otros la responsabilidad de lo que, a mi juicio, constituye su mayor fracaso político en todo el tiempo que lleva rigiendo la ciudad. Cuando se emprende un proyecto de la envergadura de la transformación de la movilidad Zaragoza en torno a unas premisas en contra de las que se han pronunciado el 42% de los electores, la mitad de los colegios profesionales, la mitad de las asociaciones ciudadanas, algunos importantes sindicatos y todas las organizaciones empresariales es natural que el desasosiego cunda en el máximo responsable.
Los grandes proyectos estratégicos de una ciudad, aquellos que, por su naturaleza, van a requerir para su ejecución una duración temporal superior a los cuatro años de mandato de una Corporación, la concurrencia financiera y operativa de otras instancias públicas y privadas y la mejor comprensión ciudadana ante las molestias que pueden conllevar, hacen muy conveniente un amplio consenso político y ciudadano que mantenga la pervivencia en el tiempo del rumbo emprendido, asegure la constancia en los esfuerzos requeridos y anime la necesaria modificación de hábitos ciudadanos.
Este es el consenso del que carece la actual política de movilidad, como se evidenció en el último Pleno municipal con la aprobación de una de sus premisas conceptuales: el tranvía por el centro de la ciudad.
La movilidad de Zaragoza, orquestada con la del área metropolitana por el sistema de cercanías ferroviarias, se puede articular en torno exclusivamente a una red de tranvía por las calles que lo permitan, a una red de metro, a una red de autobuses, o a una combinación de dos de esos tres elementos, o de los tres conjuntamente. Personalmente, me encuentro entre los que piensan que ésta última posibilidad es la más conveniente para Zaragoza. Pero en todo caso, eso es una cuestión a discutir, y precisamente en esa discusión, y en la posibilidad de llegar entre todos los partidos políticos y fuerzas sociales y ciudadanas a un punto de equilibrio en todas esas posibilidades, consiste el consenso de la movilidad.
Pero el Gobierno municipal, con el Alcalde a la cabeza, ha hecho justamente lo contrario. Ha asumido de forma unilateral y dogmática una premisa, el tranvía por el centro de la ciudad, y se ha negado a considerar cualquier otra posibilidad ni para el tranvía ni para ninguna otra combinación de los restantes elementos, intentando hacer creer a la opinión pública que su disposición a aceptar retoques de matiz en dicha premisa fundamental demostraba un amplio espíritu de consenso.
Que la catenaria del tranvía vaya por el aire o soterrada en algunas calles; que el giro del convoy se realice por una esquina o por la siguiente; o que las paradas se estipulen cada cuarenta o cincuenta metros, con ser asuntos interesantes, en modo alguno suponen la alteración de la premisa fundamental consistente en que el tranvía cruce el centro de la ciudad. Y en la negativa a entrar en esos detalles, que no alteran lo más mínimo el carácter estructurante de dicha premisa, es en lo que el Alcalde basaba su intento de endosar a la oposición falta de voluntad de consenso, en una inútil pretensión de levantar una cortina de humo para ocultar el perfil de su rigidez y oscurecer el reflejo de su fracaso.
Porque esta es la realidad: en materia de movilidad, el Alcalde ó no ha querido el consenso ó no ha sabido lograrlo. En cualquier caso, es su fracaso como regidor de todos los zaragozanos y una losa para el futuro de la movilidad de la ciudad.