Tertulia política en Torrero

El barrio de Torrero de Zaragoza, situado al sur de la ciudad y en la parte más alta de la misma, es singular por un conjunto muy variado de razones históricas y geográficas, cuya glosa ha sido realizada por numerosos autores del pasado y constituye fuente permanente de inspiración para la literatura del presente.
Porque Torrero, que arranca en la frontera casi natural ya de la mayor obra de ingeniería civil de la España ilustrada, el Canal Imperial, no sólo fue sitio codiciado de veraneo de muchos zaragozanos del siglo XIX, cuando esta práctica estaba apenas desarrollada, sino también atalaya privilegiada de las fuerzas francesas para diseñar y comenzar su asalto a la ciudad, ése en cuya resistencia se escribió una de las paginas más gloriosas de Zaragoza y cuyo efecto alteró por completo la política europea de Napoleón.
Torrero posee también el embarcadero más antiguo de España, la más acendrada tradición futbolística de Zaragoza, ligada al equipo del Iberia, el cuartel más moderno de la Policía Local, y la residencia de mayores de más capacidad y mejores vistas de la ciudad.
En una Zaragoza lanzada al más ambicioso desafío en materia exterior y medioambiental de su historia, articulado a través de la Exposición Internacional, Torrero puede argumentar su carácter de pionero en ambas materias tan sólo con subrayar sus especiales relaciones con la ciudad francesa de Pau, hermanado con ella, y su condición de ser el pulmón de la ciudad, al albergar en su seno la mayor extensión verde de Zaragoza.
Pero con ser importantes estos atributos geográficos, arquitectónicos y medioambientales, a mi juicio, su mayor valor ciudadano reside en el espíritu de sus gentes, abiertas, tolerantes, comprometidas y apasionadas por la transformación de sus vidas y de su ciudad.
Y digo esto porque vengo constatándolo reiteradamente en una tertulia semanal que, desde meses atrás, se celebra en su Junta Municipal de Distrito, en una sala a ella dedicada, con la única finalidad de hablar de política.
A pesar de que la tertulia, esa institución tan típicamente española, está, por desgracia, un tanto en desuso, en Torrero florece con una fuerza particular, poniendo de manifiesto con ello el especial interés de sus gentes por practicar la palabra sin limitación y abordar, con apertura de juicio, cualquier asunto político, por enrevesado que pueda parecer.
En la tertulia se habla de política sin ninguna limitación geográfica. Los problemas del barrio, de la ciudad, de la nación, de Europa y del mundo entero fluyen a borbotones, sin más orden que el propio placer de los tertulianos y sin otra limitación que el respeto que cada uno profesa a las opiniones de los demás.
Y así, en este clima liberal, tolerante y apasionado a la vez, confieso que el tiempo de la tertulia se me pasa volando y la abandono siempre con nostalgia, tan sólo mitigada por la certeza de que todo volverá a la semana siguiente.

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