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Tertulia política en Torrero

julio 17, 2008

El barrio de Torrero de Zaragoza, situado al sur de la ciudad y en la parte más alta de la misma, es singular por un conjunto muy variado de razones históricas y geográficas, cuya glosa ha sido realizada por numerosos autores del pasado y constituye fuente permanente de inspiración para la literatura del presente.
Porque Torrero, que arranca en la frontera casi natural ya de la mayor obra de ingeniería civil de la España ilustrada, el Canal Imperial, no sólo fue sitio codiciado de veraneo de muchos zaragozanos del siglo XIX, cuando esta práctica estaba apenas desarrollada, sino también atalaya privilegiada de las fuerzas francesas para diseñar y comenzar su asalto a la ciudad, ése en cuya resistencia se escribió una de las paginas más gloriosas de Zaragoza y cuyo efecto alteró por completo la política europea de Napoleón.
Torrero posee también el embarcadero más antiguo de España, la más acendrada tradición futbolística de Zaragoza, ligada al equipo del Iberia, el cuartel más moderno de la Policía Local, y la residencia de mayores de más capacidad y mejores vistas de la ciudad.
En una Zaragoza lanzada al más ambicioso desafío en materia exterior y medioambiental de su historia, articulado a través de la Exposición Internacional, Torrero puede argumentar su carácter de pionero en ambas materias tan sólo con subrayar sus especiales relaciones con la ciudad francesa de Pau, hermanado con ella, y su condición de ser el pulmón de la ciudad, al albergar en su seno la mayor extensión verde de Zaragoza.
Pero con ser importantes estos atributos geográficos, arquitectónicos y medioambientales, a mi juicio, su mayor valor ciudadano reside en el espíritu de sus gentes, abiertas, tolerantes, comprometidas y apasionadas por la transformación de sus vidas y de su ciudad.
Y digo esto porque vengo constatándolo reiteradamente en una tertulia semanal que, desde meses atrás, se celebra en su Junta Municipal de Distrito, en una sala a ella dedicada, con la única finalidad de hablar de política.
A pesar de que la tertulia, esa institución tan típicamente española, está, por desgracia, un tanto en desuso, en Torrero florece con una fuerza particular, poniendo de manifiesto con ello el especial interés de sus gentes por practicar la palabra sin limitación y abordar, con apertura de juicio, cualquier asunto político, por enrevesado que pueda parecer.
En la tertulia se habla de política sin ninguna limitación geográfica. Los problemas del barrio, de la ciudad, de la nación, de Europa y del mundo entero fluyen a borbotones, sin más orden que el propio placer de los tertulianos y sin otra limitación que el respeto que cada uno profesa a las opiniones de los demás.
Y así, en este clima liberal, tolerante y apasionado a la vez, confieso que el tiempo de la tertulia se me pasa volando y la abandono siempre con nostalgia, tan sólo mitigada por la certeza de que todo volverá a la semana siguiente.

El desafío aéreo de Zaragoza

julio 3, 2008

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios”)

Hace más de un año, y en estas mismas páginas, tuve ocasión de afirmar que entre los grandes desafíos que tenía Zaragoza, y por los que merecía la pena luchar con todas las fuerzas, había uno cuya importancia nadie negaba, pero al que no se le estaba prestando la necesaria atención ni otorgando la adecuada ocupación política: el aeropuerto de Zaragoza. Y esta afirmación, a mi juicio, sigue siendo completamente cierta en estos momentos
No puedo dejar de reconocer que en los últimos meses nuestras instalaciones aeroportuarias se han transformado de forma apreciable, y que el aeropuerto, con su nueva terminal, ha mejorado su imagen y la calidad del servicio ofrecido a los usuarios. Pero con ser todo esto motivo de satisfacción, resulta, por desgracia, insuficiente para cubrir el desafío que Zaragoza tiene planteado en materia de política exterior, y cuya necesidad la Exposición Internacional está evidenciando de manera clamorosa.
La importancia decisiva de las conexiones aéreas está fuera de toda duda en un mundo cada vez más globalizado en el que el tiempo de conexión se evalúa en unas unidades de medida completamente nuevas, como tuvo el acierto de exponer en el Ayuntamiento de Zaragoza, hace unos días, Stjepan Mesic, Presidente de la República de Croacia, al recibir la Llave de Oro de la Ciudad, con motivo de su visita a la Exposición Internacional.
De manera informal en el despacho del Alcalde, primero, y más tarde de forma solemne en el discurso con el que agradeció la distinción, el Presidente croata dijo, poniendo de manifiesto la proximidad de Zagred y Zaragoza, que él ya no medía las distancias en kilómetros, sino en horas de vuelo, que la única que seguía midiendo en kilómetros era la que hay desde su casa al aeropuerto.
Esta afirmación, tan comúnmente compartida hoy en día, debería suscitar, a mi juicio, de nuevo la preocupación por nuestras conexiones aéreas y la necesidad de organizar con brío una auténtica política aeroportuaria para Zaragoza que consiga desbloquear la situación actual, y lograr para nuestro aeropuerto no sólo un salto cuantitativo, sino cualitativo, abriéndole a una dimensión completamente inexistente en estos momentos. Porque Zaragoza no será nunca una verdadera ciudad internacional si no cuenta con un aeropuerto internacional que pueda unirla en dos horas, o poco más, con cualquier ciudad europea, y le permita tener con facilidad conexión intercontinental.
Zaragoza está experimentando ya las ventajas que el AVE le proporciona como punto central entre Madrid y Barcelona, pero no se ha planteado todavía la extensión de estas ventajas terrestres que la alta velocidad aporta al ámbito de sus conexiones aéreas. Vengo proclamando que, con un adecuado planteamiento de la segunda estación del AVE, Zaragoza podría convertirse en aeropuerto de desconcentración simultánea de Madrid y Barcelona para todo tipo de vuelos, incluidos los intercontinentales. La calidad de sus pistas, consideradas técnicamente entre las mejores de Europa, las condiciones de su orografía, la amplitud de terrenos circundantes, y la singularidad de su posición estratégica hacen que esta afirmación no tenga que ser necesariamente la expresión de un sueño de verano, sino el planteamiento de una potencialidad que podría tomar cuerpo si tras ella hubiera una decidida exigencia aragonesa y zaragozana, y el Gobierno de la nación estuviera dispuesto a cambiar su política aeroportuaria, que no parece concebir ninguna estrategia que pueda lesionar lo más mínimo los intereses de Madrid y Barcelona, entendidos ambos casi como si fueran por sí solos los intereses nacionales.
El Estado de las Autonomías y el actual proceso de articulación europea están poniendo de manifiesto que hay otra forma de construir España y de concebir el futuro de Europa. La potenciación de la situación estratégica de Zaragoza como alternativa simultánea a los ámbitos aeroportuarios de Madrid y Barcelona no sólo redundaría en obvio beneficio de Aragón, sino también de España entera y de todo el sur de Europa.
¡Ojalá las acertadas palabras que el Presidente de Croacia pronunció en el Ayuntamiento de Zaragoza en días pasados sirvan para sacar de su letargo a nuestras autoridades en uno de los desafíos más necesarios de la hora presente y al que la Exposición Internacional está contribuyendo a resaltar en toda su dimensión!