El mayo francés del 68

Se cumplen ahora cuarenta años de la revuelta estudiantil y obrera de aquel mayo francés del 68 que marcó políticamente el final de una etapa y el comienzo de un profundo cambio sociológico y psicológico en Europa, y sobre cuyas consecuencias todavía no hay unanimidad entre los historiadores. Pero, de lo que, a mi juicio, sí puede hablarse con mayor precisión es del papel que jugó en el reparto de influencias respectivas entre los grandes agentes de la vida política francesa de aquella época: Charles De Gaulle y Georges Pompidou.
Para ilustrarlo, transcribo un fragmento de mi novela “Cita en la Cumbre”, donde sale a relucir un conversación entre ambos personajes, realizada a lo largo de un almuuerzo ficticio, en compañía de François Mitterrand, veinticinco años después de aquellos acontecimientos

“Pompidou se lanzó:
-Mayo del 68 fue mi mejor momento. El de mayor esplendor personal. El momento clave de mi ascensión al poder supremo. Todo se lo debo a ese mayo. Mirando retrospectivamente las cosas, con la distancia que da el tiempo, puedo afirmar, sin ningún género de dudas, que ni en 1.971, que es comúnmente considerado por mis biógrafos mi época cenital, me sentí tan pletórico como en aquel mayo tormentoso. Ciertamente, en aquellos días la situación no estaba para exaltaciones intimistas, y son muchos los que piensan que no sólo yo, mi general, sino también usted y el mismo régimen, estábamos al borde del precipicio. Pero no era así; o, al menos, yo nunca lo experimenté de esa forma. Muy al contrario, comprendí, desde el primer instante, que era la gran oportunidad histórica que se me brindaba para mostrar a Francia entera toda mi capacidad política, y que era yo realmente el número uno.
A De Gaulle, mentarle mayo del 68, era como arrojarle lejía a la cara. Se había indignado sólo con oírlo nombrar, y esas palabras iniciales de Pompidou aún le habían exasperado más.
Mitterrand, contrariado por la huida del tema de la muerte que ese quiebro de Pompidou suponía, le escuchaba sin demasiada atención.
Pompidou, tras un breve trago, se enjugó los labios con la servilleta y, mirando maliciosamente a De Gaulle, prosiguió:
-Sé de sobras que si yo, por aquel entonces, conservaba el cargo de Primer ministro no era porque siguiera contando con su confianza, mi general, sino por ironías del destino. Se lo debía sencillamente a un puñado de parisinos del distrito VII que en las últimas elecciones legislativas habían propiciado la sorprendente y vergonzosa derrota del señor Couve de Murville, su adorado ministro de Asuntos Exteriores, a quien ya había usted prometido mi sillón para nada más pasar las elecciones. Pero, claro, no hay quien haga Primer ministro a un derrotado en las urnas, aunque las elecciones no fueran vinculantes a ese respecto. Y así fue como usted, tragándose la bilis, tuvo que aguantarme. Pero yo sabía de sobras que en cuanto pudiera me quitaría de en medio. Mi creciente popularidad y la solidez de mi línea política le hacían a usted, desde algún tiempo atrás, una sombra creciente que su vanidad no soportaba. Pero las cosas eran así y tengo que decírselo tal como lo siento. Usted estaba ya viejo. Le pesaban enormemente sus setenta y ocho años, y chocheaba. Había cometido, además, la equivocación de presentarse a la reelección en 1.965, y la edad no perdona. Era usted una triste caricatura de sí mismo. Por eso, al comienzo de los disturbios, desde Afganistán, donde me encontraba en visita oficial, les resté importancia, no porque no la tuvieran, sino porque quería que usted se hundiese más en ellos para que todo el país pudiese percibir con más claridad lo mucho que necesitaba mi presencia. Y los acontecimientos me dieron la razón. Cuando el once de mayo, tras retrasar deliberadamente todo lo que pude mi vuelta, tomé tierra en Orly, París era un caos total y usted no controlaba nada. El Gobierno llevaba una semana haciendo el ridículo más espantoso y usted, mi general, estaba completamente desbordado.
Al oír esto, De Gaulle apiñó un poco los puños y apretó las mandíbulas. Estuvo de nuevo a punto de saltar, pero Pompidou continuó:
-Sí, es cierta aquella frase que se me imputó. Sí, es cierto que yo dije, ante aquel atolondrado grupo de ministros que corrieron a contárselo, que usted estaba muerto, que se había acabado ya, y que no existía políticamente. Era completamente cierto que, en aquel momento, usted era ya un cadáver político. Acuérdese, mi general de aquella manifestación de días más tarde, que se detuvo en plena calle para escuchar sus palabras. Fue una escena patética. La manifestación estaba parada. Por los altavoces de la calle salían sus palabras en directo. Usted, a la desesperada, anunciaba un atolondrado referéndum a cuyo resultado vinculaba su suerte política. Acuérdese cómo se reían los manifestantes. Cuando usted terminó de hablar, apareció un pañuelo blanco despidiéndole, luego diez más, enseguida un centenar, y, en un momento, el medio millón de manifestantes se convirtió en un mar de ondulantes pañuelos blancos coreando acompasadamente: “¡adiós, De Gaulle, adiós!” El pueblo estaba cansado de usted, mi general. Estaba hastiado de sus modos ampulosos de gobernar, de su ensoñación retórica, de los desafíos permanentes con que le amedrentaba. Diez años de De Gaulle empezaban a ser ya muchos años. Usted era ya el pasado. El futuro lo representaba yo, y no sólo el futuro, sino también el presente. Y eso fue lo que percibieron nítidamente los franceses en aquel mayo, nefasto para el país, pero glorioso para mí. Yo sé que usted, mi general, no me lo perdonó nunca, y que su orgullo y su vanidad no pudieron soportar la visión de la ascensión inexorable de su delfín, creciendo entre las barricadas de La Sorbona hasta una estatura política superior a la suya. Por eso me fulminó tan pronto como todos estos acontecimientos hubieron pasado. Y lo que es aún peor, mi general, y le envilece enormemente: usted permitió que sus amigos urdieran contra mi mujer aquella infame campaña, inventándose lujuriosos escándalos que nunca existieron. Pero ya era tarde, mi general. Los franceses me habían valorado ya por encima de usted, y yo, desde entonces, adquirí la certidumbre de que, antes o después, sería Presidente de la República.”

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