Archive for 15 mayo 2008

El mayo francés del 68

mayo 15, 2008

Se cumplen ahora cuarenta años de la revuelta estudiantil y obrera de aquel mayo francés del 68 que marcó políticamente el final de una etapa y el comienzo de un profundo cambio sociológico y psicológico en Europa, y sobre cuyas consecuencias todavía no hay unanimidad entre los historiadores. Pero, de lo que, a mi juicio, sí puede hablarse con mayor precisión es del papel que jugó en el reparto de influencias respectivas entre los grandes agentes de la vida política francesa de aquella época: Charles De Gaulle y Georges Pompidou.
Para ilustrarlo, transcribo un fragmento de mi novela “Cita en la Cumbre”, donde sale a relucir un conversación entre ambos personajes, realizada a lo largo de un almuuerzo ficticio, en compañía de François Mitterrand, veinticinco años después de aquellos acontecimientos

“Pompidou se lanzó:
-Mayo del 68 fue mi mejor momento. El de mayor esplendor personal. El momento clave de mi ascensión al poder supremo. Todo se lo debo a ese mayo. Mirando retrospectivamente las cosas, con la distancia que da el tiempo, puedo afirmar, sin ningún género de dudas, que ni en 1.971, que es comúnmente considerado por mis biógrafos mi época cenital, me sentí tan pletórico como en aquel mayo tormentoso. Ciertamente, en aquellos días la situación no estaba para exaltaciones intimistas, y son muchos los que piensan que no sólo yo, mi general, sino también usted y el mismo régimen, estábamos al borde del precipicio. Pero no era así; o, al menos, yo nunca lo experimenté de esa forma. Muy al contrario, comprendí, desde el primer instante, que era la gran oportunidad histórica que se me brindaba para mostrar a Francia entera toda mi capacidad política, y que era yo realmente el número uno.
A De Gaulle, mentarle mayo del 68, era como arrojarle lejía a la cara. Se había indignado sólo con oírlo nombrar, y esas palabras iniciales de Pompidou aún le habían exasperado más.
Mitterrand, contrariado por la huida del tema de la muerte que ese quiebro de Pompidou suponía, le escuchaba sin demasiada atención.
Pompidou, tras un breve trago, se enjugó los labios con la servilleta y, mirando maliciosamente a De Gaulle, prosiguió:
-Sé de sobras que si yo, por aquel entonces, conservaba el cargo de Primer ministro no era porque siguiera contando con su confianza, mi general, sino por ironías del destino. Se lo debía sencillamente a un puñado de parisinos del distrito VII que en las últimas elecciones legislativas habían propiciado la sorprendente y vergonzosa derrota del señor Couve de Murville, su adorado ministro de Asuntos Exteriores, a quien ya había usted prometido mi sillón para nada más pasar las elecciones. Pero, claro, no hay quien haga Primer ministro a un derrotado en las urnas, aunque las elecciones no fueran vinculantes a ese respecto. Y así fue como usted, tragándose la bilis, tuvo que aguantarme. Pero yo sabía de sobras que en cuanto pudiera me quitaría de en medio. Mi creciente popularidad y la solidez de mi línea política le hacían a usted, desde algún tiempo atrás, una sombra creciente que su vanidad no soportaba. Pero las cosas eran así y tengo que decírselo tal como lo siento. Usted estaba ya viejo. Le pesaban enormemente sus setenta y ocho años, y chocheaba. Había cometido, además, la equivocación de presentarse a la reelección en 1.965, y la edad no perdona. Era usted una triste caricatura de sí mismo. Por eso, al comienzo de los disturbios, desde Afganistán, donde me encontraba en visita oficial, les resté importancia, no porque no la tuvieran, sino porque quería que usted se hundiese más en ellos para que todo el país pudiese percibir con más claridad lo mucho que necesitaba mi presencia. Y los acontecimientos me dieron la razón. Cuando el once de mayo, tras retrasar deliberadamente todo lo que pude mi vuelta, tomé tierra en Orly, París era un caos total y usted no controlaba nada. El Gobierno llevaba una semana haciendo el ridículo más espantoso y usted, mi general, estaba completamente desbordado.
Al oír esto, De Gaulle apiñó un poco los puños y apretó las mandíbulas. Estuvo de nuevo a punto de saltar, pero Pompidou continuó:
-Sí, es cierta aquella frase que se me imputó. Sí, es cierto que yo dije, ante aquel atolondrado grupo de ministros que corrieron a contárselo, que usted estaba muerto, que se había acabado ya, y que no existía políticamente. Era completamente cierto que, en aquel momento, usted era ya un cadáver político. Acuérdese, mi general de aquella manifestación de días más tarde, que se detuvo en plena calle para escuchar sus palabras. Fue una escena patética. La manifestación estaba parada. Por los altavoces de la calle salían sus palabras en directo. Usted, a la desesperada, anunciaba un atolondrado referéndum a cuyo resultado vinculaba su suerte política. Acuérdese cómo se reían los manifestantes. Cuando usted terminó de hablar, apareció un pañuelo blanco despidiéndole, luego diez más, enseguida un centenar, y, en un momento, el medio millón de manifestantes se convirtió en un mar de ondulantes pañuelos blancos coreando acompasadamente: “¡adiós, De Gaulle, adiós!” El pueblo estaba cansado de usted, mi general. Estaba hastiado de sus modos ampulosos de gobernar, de su ensoñación retórica, de los desafíos permanentes con que le amedrentaba. Diez años de De Gaulle empezaban a ser ya muchos años. Usted era ya el pasado. El futuro lo representaba yo, y no sólo el futuro, sino también el presente. Y eso fue lo que percibieron nítidamente los franceses en aquel mayo, nefasto para el país, pero glorioso para mí. Yo sé que usted, mi general, no me lo perdonó nunca, y que su orgullo y su vanidad no pudieron soportar la visión de la ascensión inexorable de su delfín, creciendo entre las barricadas de La Sorbona hasta una estatura política superior a la suya. Por eso me fulminó tan pronto como todos estos acontecimientos hubieron pasado. Y lo que es aún peor, mi general, y le envilece enormemente: usted permitió que sus amigos urdieran contra mi mujer aquella infame campaña, inventándose lujuriosos escándalos que nunca existieron. Pero ya era tarde, mi general. Los franceses me habían valorado ya por encima de usted, y yo, desde entonces, adquirí la certidumbre de que, antes o después, sería Presidente de la República.”

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Contumacia política

mayo 12, 2008

En la ciudad de Zaragoza existe desde tiempo atrás un grave problema ciudadano cuyo tratamiento está midiendo la ausencia de altura política y visión estratégica del Gobierno municipal. Se trata de la movilidad de alta capacidad del futuro.
Para resolverlo, el Partido Socialista, de la mano de Juan Alberto Belloch, en la pasada Corporación, asumió la filosofía del tranvía como exclusiva base conceptual, y, en concreto, la creación de una línea de tranvía norte sur que dividía en canal la ciudad, obligaba a sustituir las líneas de autobús que mejor funcionan, y cuya urgencia era debida fundamentalmente al empeño de su socio de gobierno, la Chunta Aragonesista.
Ante las elecciones municipales de 2007, ese proyecto, que suscitaba el rechazo de la mitad de las asociaciones profesionales, sindicales, ciudadanas y de los colegios profesionales, y contaba además con la oposición del Partido Popular y el Partido Aragonés, se llevó adelante contra viento y marea, confiando en los posibles réditos electorales que podría proporcionar.
Tras las elecciones, el socio de Gobierno más fervorosamente partidario, la Chunta Aragonesista, ha pasado a la oposición, y uno de los partidos de la oposición, el Partido Aragonés, completamente contrario al proyecto, ha pasado al Gobierno. Además, el Gobierno actual ha abandonado la filosofía de la exclusividad del tranvía como solución del futuro de la movilidad de la ciudad, asumiendo también la del metro y comprometiéndose a crear una red de este sistema.
Ante esta metamorfosis política y conceptual del Gobierno en materia de movilidad no tiene ningún sentido continuar con los planes que había cuando se daban otras condiciones políticas y estratégicas. En esta situación, perseverar en el mantenimiento del primitivo proyecto carece por completo de lógica y representa tan sólo la expresión de una contumacia que eleva la perseverancia en el error a la categoría de hoja de ruta en materia de movilidad, impidiendo no sólo la solución de los problemas del presente, sino también hipotecando seriamente su solución para el futuro.

El Día de Europa

mayo 9, 2008

Una vez más se ha celebrado en el Ayuntamiento de Zaragoza con toda solemnidad el día de Europa, y de nuevo han vuelto a resonar en el salón de recepciones los alegatos más encendidos, y más atinados también, sobre la necesidad de contribuir a divulgar e intensificar el espíritu europeo como la mejor forma de avanzar en el proceso de la construcción europea, y sobre el importante papel que las ciudades están llamadas a desarrollar en dicho proceso.
Con la presencia del Alcalde y todos los portavoces de los distintos grupos municipales que componen la Corporación, se ha recordado el espíritu fundacional con el que nació lo que hoy se llama Unión Europea, se ha subrayado la ambición última que mueve todos los pasos que se están dando, y se ha puesto de manifiesto la importancia de involucrar en el empeño a las nuevas generaciones, incluso a las novísimas, allí representadas por un grupo de niñas y niños galardonados por distintos trabajos escolares referentes a Europa.
Pero lo que más me ha agradado ha sido la explícita alusión del Alcalde a la “nación europea” como la utopía que tal vez no vea la actual generación política, pero pueda ser una realidad de manos de esas nuevas y novísimas generaciones que nos acompañaban.
Sintonizo plenamente con el espíritu manifestado en esa expresión por el Alcalde y, al margen de la formulación jurídica concreta que pueda llegar a tener en su día esa “nación europea”, me encuentro entre quienes desean llegar a esa Europa de los ciudadanos, ese ámbito colectivo de vida en común para todos los europeos, al margen de cualquier procedencia, y superadora de los actuales nacionalismos.

El Alcalde de Zaragoza a la deriva

mayo 5, 2008

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios”)

La reciente aprobación del Plan de Movilidad Sostenible para Zaragoza y su área de influencia por parte del Consorcio Metropolitano de Transportes, el pasado día 28 de abril, me parece una ocasión muy oportuna para subrayar una vez más la profunda contradicción en que se mueve el Alcalde en lo referente a la movilidad, y la deriva que lleva su política en esta materia
El Plan de Movilidad Sostenible se concibió, entre otras cosas, para organizar la movilidad de gran capacidad de Zaragoza en torno al tranvía. Bastó que la oposición lo criticara aduciendo su apuesta por el metro para que el Alcalde, asustado por el debate del estado de la ciudad que tenía en aquel noviembre preelectoral de 2006, y reconociendo implícitamente el error de fondo de su planteamiento, se inventase deprisa y corriendo una línea de metro, que puso ya en cuestión una premisa básica del comentado Plan
Después de denostar abiertamente durante toda la campaña electoral la propuesta de red de metro que hizo la oposición, el Alcalde, al cabo de unos meses de comenzada la actual Corporación, y con el fin de aliviar la angustia momentánea de un grave problema de ingobernabilidad que tenía por empeñarse en regir la ciudad con un Gobierno sin fuerza política suficiente, asumió la creación de dicha red, pero sin alterar ninguno de los planteamientos previos recogidos en el mencionado Plan, afirmando, sin ninguna lógica, que no eran incompatibles en su formulación original con ella, como si los sistemas de movilidad de una ciudad admitieran, como los estratos geológicos, el simple amontonamiento de unos encima de otros.
Y no digo que la situación actual carezca de lógica porque sean incompatibles el metro y el tranvía, que no lo son, y es más, en muchas ciudades conviven en una armonía que resulta enormemente satisfactoria para los ciudadanos, sino porque no pueden convivir adecuadamente si no se proyecta su convivencia de manera armónica y de la forma más razonable posible.
Cuando una ciudad tiene una o varias líneas de tranvía y se desea que disponga también de metro, éste tiene necesariamente que proyectarse condicionado por el tranvía que ya existe. Son exigencias de la realidad. Y cuando una ciudad tiene una red de metro y desea también servirse del tranvía, es el proyecto de éste el que tiene que estar forzosamente condicionado por el metro preexistente. Pero cuando una ciudad, como es el caso de Zaragoza, no tiene ni metro ni tranvía y quiere tener ambos sistemas, ninguna de los dos tiene que estar condicionado por el otro, existiendo la posibilidad de armonizar inteligentemente los proyectos de las dos formas de movilidad para que ambas desplieguen al máximo sus respectivas potencialidades y logren la óptima intermodalidad entre ellas.
Esto no son grandes planteamientos estratégicos aptos sólo para mentes avezadas en cuestiones esotéricas: es simple sentido común que todo el mundo entiende sin ningún esfuerzo. Y sin embargo, ese sentido común es el que está brillando por su ausencia en Zaragoza, con una luz tan cegadora que no podrá apagarse ni con el esplendor de la Exposición Internacional.
Porque carece de sentido común que la futura red de metro de Zaragoza, cuya existencia se adoptó con la aprobación de los últimos presupuestos municipales, tenga que estar condicionada por una línea de tranvía que no existe todavía. Y al mismo tiempo, carece igualmente de sentido común que el tranvía que se desea que exista no pueda beneficiarse de todas las posibilidades que una red de metro armonizada con él pueda brindarle.
Esta es la situación actual: el espectáculo del choque frontal de dos inexistencias que se contraponen radicalmente antes de existir, cuando tienen todas las posibilidades de existir armónicamente desde su mismo nacimiento. ¿Cabe mayor sinsentido?
Desde la oposición lo hemos pedido muchas veces: deténgase el proyecto del tranvía; deténgase el proyecto de esa línea de metro que se imaginó no para resolver los problemas de la ciudad sino los de su alcalde, y, ahora que se ha decidido tener red de metro, estúdiense ambos proyectos, metro y tranvía, armónicamente desde un principio de forma que Zaragoza pueda contar con la mejor red mixta de metro y tranvía que resuelva realmente los problemas del futuro de su movilidad de gran capacidad.
Estamos a tiempo de hacerlo. Haciéndolo como estas palabras proponen se pierde, ciertamente y por desgracia, algún dinero ya invertido en proyectos que nunca se deberían haber iniciado de la forma en que se hizo; pero por doloroso que esto sea, lo es mucho menos que el dinero y el bienestar que Zaragoza puede perder si se continua con un planteamiento de la movilidad carente de sentido. Porque, nadie debe olvidarlo: en todos estos proyectos estratégicos de largo alcance, de cuantiosas inversiones y de décadas de realización, lo más caro siempre, a la largo plazo, es no acertar.