La política de movilidad en Zaragoza

Quiero empezar afirmando con toda claridad que estoy convencido de que el planteamiento de la movilidad del futuro de Zaragoza adolece de tan graves defectos estructurales, y tan profundas contradicciones políticas y estratégicas, que nada hace pensar que pueda llegarse a buen fin, sino más bien al contrario: está profundamente extendida entre la ciudadanía la creencia de que el desconcierto que el Gobierno tiene en esta materia es de tal dimensión que es razonable pensar que algún momento habrá de replantearse por completo la situación.
Hay un refrán marinero que dice que cuando no se sabe a qué puerto ir, ningún viento es favorable. Esto es precisamente lo que está sucediendo en el Ayuntamiento de Zaragoza en materia de movilidad: no sabe adónde va. Pretende una cosa, y al día siguiente otra distinta; recibe una crítica por un lado y muda de criterio; vuelve a recibir críticas y, por acallarlas todas, se abraza a cualquier cosa y a su contraria al mismo tiempo, en un afán políticamente infantil de no dejar ningún espacio a la crítica y ocultar al mismo tiempo la indigencia de planteamientos propios.
Porque esto es lo que está sucediendo con todo lo que afecta a la movilidad y de manera especial con el documento al que se le quiere otorgar el máximo rango de carta de navegación en esta materia: el Plan Intermodal del Transporte
El Plan Intermodal del Transporte se concibió, entre otras cosas, para organizar la movilidad de gran capacidad de Zaragoza en torno a dos sistemas: el tranvía y las cercanías; y en torno a ellos se organizó, con mayor o menor fortuna técnica, no es del caso discutirlo ahora, la intermovilidad de ambos y con el sistema existente de capacidad reducida: el autobús urbano.
Bastó que la oposición lo criticara aduciendo su apuesta por el metro, para que el Alcalde, asustado por el debate del estado de la ciudad que tenía a continuación, en aquel noviembre preelectoral de 2006, y reconociendo implícitamente el error de fondo de su planteamiento, aunque negándolo vigorosamente de palabra, se inventase deprisa y corriendo una línea de metro, que cogió por sorpresa incluso a su propio Gobierno, y a todas las mentes que habían concebido dicho Plan, sólo para poder decir en el debate: !También tenemos metro! !Lo tenemos todo!, en un ejercicio, como lo he calificado antes, políticamente infantil de querer tener la luna y el sol al mismo tiempo y no dejar ninguna estrella para nadie. Es posible que eso le ayudase a ganar las elecciones, por muy ajustada diferencia, también hay que decirlo, 13 frente a 12, pero lo que nadie se atreve a afirmar es que le hiciera ganar un ápice de razón, sino más bien todo lo contrario. Y yo me encuentro entre los que piensan que incluso él mismo, el Alcalde, está convencido de la sinrazón de todo lo que se está haciendo en movilidad, pero anda muy ocupado ahora con el asunto de la Exposición Internacional, y no quiere volver la cara hacia ningún otro problema, por grande que sea.
Y unos meses después, luego de denostar a la oposición porque le interpelaba para reconducir la situación a alguna senda de sensatez, y con el fin de aliviar la angustia momentánea de un grave problema de ingobernabilidad que tenía por empeñarse en regir la ciudad con un Gobierno sin fuerza política suficiente, hizo lo que es más difícil todavía: asumió la creación de una red de metro, no una línea, toda una red, sin modificar ninguno de los planteamientos incompatibles previos, como si una red de metro pudiera instalarse en una ciudad sin alterar ningún otro sistema de movilidad, de la misma forma que un rayo de luz atraviesa un cristal: sin romperlo ni mancharlo
Y no pretendo afirmar que la situación actual carezca de lógica porque sean incompatibles el metro y el tranvía, que no lo son, y es más, en muchas ciudades conviven en una armonía que resulta enormemente satisfactoria para los ciudadanos, sino porque no pueden convivir adecuadamente si no se proyecta su convivencia de manera lo más razonable posible.
Cuando una ciudad tiene una o varias líneas de tranvía y se desea que disponga también metro, éste tiene necesariamente que proyectarse condicionado por el tranvía que ya existe. Son exigencias de la realidad. Y aunque ello le prive de la máxima virtualidad, le aporta la sensatez de lo real y de lo posible, que siempre se encuentra condicionado por lo real. Y cuando una ciudad tiene una red de metro y desea también servirse del tranvía, es el proyecto de éste el que tiene que estar forzosamente condicionado por el metro preexistente, limitándole igualmente el despliegue pleno de sus posibilidades. Pero cuando una ciudad, como es el caso de Zaragoza, no tiene ni metro ni tranvía y quiere tener las dos cosas, ninguna de las dos tiene que estar condicionada por la otra, existiendo la posibilidad de armonizar inteligentemente los proyectos de las dos formas de movilidad para que ambas desplieguen al máximo sus respectivas potencialidades y logren la óptima intermodalidad entre ellas.
Esto no son grandes planteamientos estratégicos aptos sólo para mentes avezadas en cuestiones esotéricas: es simple sentido común que todo el mundo entiende sin ningún esfuerzo. Y sin embargo, ese sentido común es el que está brillando por su ausencia en Zaragoza, con una luz tan cegadora que no podrá apagarse ni con el esplendor de la Exposición Internacional.
Porque carece de sentido común que la futura red de metro de Zaragoza, cuya existencia se adoptó con la aprobación de los últimos presupuestos municipales, tenga que estar condicionada por una línea de tranvía que no existe todavía. Y al mismo tiempo, carece igualmente de sentido común que el tranvía que se desea que exista no pueda beneficiarse de todas las posibilidades que una red de metro armonizada con él pueda brindarle.
Esta es la situación actual: el espectáculo del choque frontal de dos inexistencias que se contraponen radicalmente antes de existir, cuando tienen todas las posibilidad de existir armónicamente desde su mismo nacimiento. ¿Cabe mayor sinsentido?
Desde la oposición lo hemos pedido muchas veces: deténgase el proyecto del tranvía; deténgase el proyecto de esa línea de metro que se imaginó no para resolver los problemas de la ciudad sino los de su alcalde, y, ahora que se ha decidido tener red de metro, estúdiense ambos proyectos, metro y tranvía, armónicamente desde un principio de forma que Zaragoza pueda contar con la mejor red mixta de metro y tranvía que resuelva realmente los problemas del futuro de su movilidad de gran capacidad.
Estamos a tiempo de hacerlo. Haciéndolo como estas palabras proponen se pierde, ciertamente y por desgracia, algún dinero ya invertido en proyectos que nunca se deberían haber iniciado de la forma en que se hizo; pero por doloroso que esto sea, lo es mucho menos que el dinero y el bienestar que Zaragoza puede perder si se continua con un planteamiento de la movilidad carente de sentido. Porque, nadie debe olvidarlo: en todos estos proyectos estratégicos de largo alcance, de cuantiosas inversiones y de décadas de realización, lo más caro siempre, a la largo plazo, es no acertar.

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