Hablar de Europa

Una de las mayores deficiencias que, a mi juicio, existen en la vida política española en la hora presente es la escasez de conversaciones sobre Europa. En la última campaña electoral para las elecciones generales, las referencias al proceso de construcción europea han sido mínimas y enfocadas la mayoría de las veces a especular más sobre lo que a España puede reportar Europa que a lo contrario, postura ésta que, además, demuestra por sí misma el escaso europeísmo que la nutre.
Y es precisamente esta atonía de conversaciones sobre Europa una de las causas más profundas de la crisis en la que se encuentra el proceso tras la retirada del proyecto de Constitución.
En estos momentos en que las naciones europeas parecen temerosas de abrir a la opinión pública el verdadero debate sobre la Unión, y prefieren recostarse sobre las instituciones de sus respectivas naciones para discutir los asuntos que son comunes, incitan a la reflexión las nostálgicas palabras que desde su exilio pronunciara el que por primera vez en la historia moderna intentó la unidad europea.
Napoleón, en 1816, en la isla de Santa Elena, repasando su vida y rumiando con amargura su fracaso y la quiebra de su sueño europeo, se recriminó a sí mismo no haber sabido sacar a la luz pública las bondades de su proyecto para que lo conociera la gente, lo discutiera y terminase por desearlo.
Y es cierto. Para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para ello es preciso que se hable de ello, que se discuta, que se analice, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas, que se haga asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas
En lugar de someterlo a la luz de las personas y al empuje de la palabra, Napoleón lo fío a la fuerza de las armas y al sometimiento de las gentes, como hizo Hitler un siglo y pico después, fracasando ambos en su intento. Ahora gozamos de inmejorables condiciones históricas para lograr ese proyecto no por la fuerza de las armas, ni para someter a nadie, sino, al contrario, para liberar a todos de servidumbres y esclavitudes antiguas, y haciéndolo, precisamente, con lo más humano que hay en la persona: la palabra.

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