ESCASO INTERÉS POR EL COMERCIO EN ZARAGOZA

En el marco de referencia económico creado por las grandes transformaciones globalizadoras considero que la política macroeconómica, aunque sigue siendo imprescindible para asegurar la estabilidad y el crecimiento económico, resulta insuficiente para la mejor generación de riqueza, debiendo ser completada por políticas microeconómicas que, por su naturaleza, encuentran en los municipios ámbitos adecuados para su puesta en funcionamiento, y en las autoridades locales agentes apropiados para su realización.
Asumir lo anterior supone reconocer que en los municipios, en relación directamente proporcional a su tamaño, existen una serie de potencialidades de todo tipo que permiten desarrollar una acción política que desborda la mera consideración administrativa para adentrarse de lleno en una concepción de gobierno, con toda la amplitud y profundidad estratégicas que dicha palabra entraña, permitiendo, de esa forma, el desarrollo de unas posibilidades políticas que rebasan la concepción clásica del municipalismo.
Por otra parte, la dinámica de competitividad que impone la globalización del mercado obliga a los municipios a acentuar o crear sus propios elementos de competitividad, transformándose en esa dirección, desde el convencimiento de que la libre competencia es una fuente de riqueza para toda la sociedad.
El desarrollo de esta política creadora de riqueza, o política de fomento, como puede llamarse con toda propiedad, debe constituir, a mi juicio, una pieza capital en el entramado de la política municipal, configurando nuevos campos de actuación, como la captación de empresas, las actividades relacionadas con el avance tecnológico, la intervención en el proceso educativo e investigador, o el desarrollo de nuevos sistemas de formación laboral, entre otros. Y entre estos otros ámbitos, el comercio, el impulso y desarrollo de las actividades comerciales dentro de la propia ciudad, constituye sin duda un elemento clave en el entramado de esta política.
La irrupción de las grandes superficies en las ciudades está alterando sustancialmente su vida comercial modificando hábitos de consumo, generando necesidades nuevas, estableciendo pautas de comportamiento diferentes y alterando, sustancialmente muchas veces, el equilibrio comercial de la ciudad en detrimento del comercio clásico, el comercio de proximidad, que constituye una parte determinante no sólo de la actividad económica de la ciudad sino de su propia idiosincrasia y espíritu ciudadano.
Las ciudades en las que la sensibilidad por la política de fomento es acusada se esfuerzan en esta materia por mantener un adecuado equilibrio entre ambos tipos de comercio, logrando que gocen por igual de suficientes elementos de competitividad, y removiendo para ello los obstáculos que se interpongan.
Por desgracia, no es éste el caso de la ciudad de Zaragoza, donde la irrupción de las grandes superficies no se ha visto correspondida con la suficiente atención a la otra forma de comercio, ni con ningún esfuerzo significativo por restaurar un adecuado marco de competencia entre todos los agentes comerciales, con independencia de su dimensión o ubicación.
El último ejemplo lamentable de esta insensibilidad, que se encuentra en las antípodas de lo que corresponde a una buena apolítica de fomento, lo dio el Gobierno municipal en el último Pleno del Ayuntamiento al negarse a crear un número suficiente de plazas de aparcamiento de rotación en populosos barrios que carecen de ellas, y para cuyo comercio clásico resultan un elemento vital compensador, aunque sea sólo en parte, de la desigualdad con que operan frente a las grandes superficies.
Pero si lamentable es la negativa dada a esta justa reivindicación por la que los comerciantes vienen clamando desde hace años, y el propio Gobierno municipal prometiéndoselo, lo es casi todavía más la argumentación con que se defendió la desatención, al pretender el Gobierno contraponer los intereses de los comerciantes al de los vecinos, y ello tan sólo para salvar ciertos intereses constructivos, legítimos, pero particulares, como si los comerciantes no fueran vecinos y como si el Ayuntamiento no estuviera siempre obligado a supeditar los intereses privados a los públicos, en estricta igualdad para todos los ciudadanos.
Acontecimientos como el vivido con respecto a este asunto en el último Pleno Municipal de la ciudad de Zaragoza, casi en vísperas del comienzo de la Exposición Internacional, deben, a mi juicio, hacer reflexionar al Gobierno, que sólo parece realmente preocupado por esto último, sobre el hecho de que, aunque la muestra constituye sin duda una pieza importante de la política de fomento, no debe cerrar los ojos ante las reclamaciones de los comerciantes de Zaragoza porque este tipo de comercio, con su íntima penetración en el tejido urbano y el entramado de relaciones humanas que su actividad depara, constituye una pieza igualmente esencial de la política de fomento hasta ahora abandonada.

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