El Tratado de Lisboa

A mi modo de ver, uno de los acontecimientos políticos más importantes de este 2007 que termina ha sido la firma del Tratado de Lisboa, que ha puesto fin a cerca de dos años de incertidumbres europeas y, aunque sea, a mi juicio, insatisfactorio, puede suponer un punto de arranque para seguir avanzando en el proceso de construcción europea.
Pasados ya los momentos de los grandes líderes europeístas, es posible que haya que acostumbrarse al perfil tecnocrático de los actuales y armarse de paciencia para poder contemplar en un futuro más distante lo que algunos quisiéramos ver en un momento más próximo. Éste es, a mi modo de ver, el mensaje tácito que se envió desde el magistral claustro del Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, esa joya arquitectónica portuguesa que evoca el esplendor de su siglo XVI, donde tuvo lugar, con toda la pompa posible, la firma del tratado número dieciocho del proceso de construcción europea.
Europa se ha desbloqueado, ciertamente. Se ha creado la figura del presidente del Consejo Europeo, elegible por un periodo de dos años y medio y renovable una vez; aumentan los poderes del Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, con un “ministerio” que tendrá 122 representaciones exteriores; y se han incrementado las competencias del Parlamento Europeo. Todo esto supone, innegablemente, un paso adelante. Pero se ha renunciado a los símbolos, a la bandera, al himno, a la divisa y al Día de Europa, aplazando el debate sobre la identidad europea, y poniendo de manifiesto una cierta tibieza sobre los verdaderos fines últimos de la Unión, que no son sólo de carácter económico, como quieren los británicos, sino eminentemente políticos, en el sentido más noble de la palabra, el que apunta al mejor gobierno de la cosa pública, de la cosa pública europea en este caso.
No es una cuestión baladí la de los símbolos, porque refleja la verdadera crisis por la que atraviesa el proceso de construcción europea, y de cuyo bloqueo quiere salirse con el Tratado de Lisboa. Crisis consistente en la lejanía creciente de la ciudadanía sobre lo que debe representar Europa en materia de modernidad, de democracia y de apertura hacia una nueva concepción del espacio común de los europeos, hacia esa Europa supranacional que relegue a la historia los viejos nacionalismos de otros siglos que tanta sangre hicieron derramar, y se abra al mundo en defensa de los grandes valores de la persona y de una convivencia más humana. Y aunque es interesante que España, Alemania, Italia y trece Estados más hayan firmado una declaración unilateral en defensa de los símbolos, resulta decepcionante que éstos hayan tenido que ceder su puesto a las exigencias británicas, polacas y checas de impedir cualquier gesto que apunte a una identidad colectiva.
Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional. El método tecnocrático de construir Europa que se ha seguido durante estos pasados cincuenta años ha dado, ciertamente, resultados valiosos, pero está agotado, como lo ha puesto clamorosamente de manifiesto la crisis de la que ahora se pretende salir.
Para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para ello es preciso que su gobierno sea próximo, abierto, democrático; que sus instituciones transmitan el sentir de las gentes, no sólo el de los Estados; que sus objetivos sean discutidos y compartidos por todos, no sólo por la burocracia de Bruselas; y, en definitiva, que su futuro se articule por la voluntad de los europeos, libremente expresada. Por eso, que la ratificación de este Tratado se hurte al sistema de referéndum tal vez sea una medida prudente a la vista de las últimas experiencias, pero no deja de poner de manifiesto la falta de calor popular que todavía existe en las población y señala el asunto más urgente que es preciso rectificar con decisión.
Aunque se camine hacia la “Europa de los ciudadanos”, estamos todavía lejos de ella, y la ruta hacia su consecución debe superar aún muchos obstáculos y requiere muchos esfuerzos. Personalmente, me considero entre aquellos que piensan que todos esos esfuerzos merecen la pena porque Europa es el proyecto político más apasionante de la época presente. Y por ello, deseo sinceramente que el próximo año vea un renacimiento vigoroso del espíritu europeo

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