El discurso político de Zaragoza

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios”)

La actual coyuntura pública nacional, con la pretensión de cambiar de régimen político por parte de algunos nacionalismos periféricos y la anuencia interesada del Partido Socialista, que no sólo no pone freno a ello, sino que brinda las alas necesarias para su consecución, está desviando la atención de los mejores esfuerzos políticos de lo que, a mi juicio, deberían constituir los grandes retos de las hora presente.
Los verdaderos problemas de España en estos momentos son la modernización de la vida pública y la intensificación de la competitividad económica, de forma que se propicie un incremento generalizado de la calidad de vida y un aumento de la productividad en todos los niveles. Y en esta modernización de la vida española, los ayuntamientos tienen un papel decisivo que desarrollar, constituyendo lo municipal la base de esa nueva etapa de la vida nacional que urge abordar cuanto antes.
Puede afirmarse con toda claridad que el intenso proceso descentralizador iniciado en España a partir de la aprobación de la Constitución de 1978 ha alcanzado su madurez, y el proceso de traspaso de competencias en beneficio de las Comunidades Autónomas ha marcado un hito histórico, pudiendo calificarse de espectacular, tanto por su amplitud como por su rapidez. Con ello, España se ha puesto a la vanguardia de Europa en materia de descentralización, con unos beneficios sociales palpables en todos los órdenes y que han contribuido poderosamente al hecho de que sea España el país europeo que más crecimiento ha experimentado en los últimos años, erigiéndose como ejemplo y paradigma de modernidad y desarrollo.
Pero este notable avance en la configuración del Estado de las Autonomías, este éxito colectivo como Nación, del que debemos sentirnos todos orgullosos, y cuya revisión unidireccional por exigencias nacionalistas constituiría un error histórico, no ha tenido, por desgracia, un reflejo similar en el siguiente escalón territorial, los Entes Locales, cuya configuración se ha visto inalterada en todos estos años pasados, y cuya reforma, para llevarlos a ese punto de plenitud que reclama la Constitución, constituye la gran asignatura pendiente del actual régimen democrático, haciendo de la “segunda descentralización”, es decir, del traspaso de competencias desde los gobiernos autonómicos a los ayuntamientos de las capitales, la más apremiante de las urgencias políticas españolas. En ello, y no en satisfacer las pretensiones inconstitucionales nacionalistas, tendría que empeñar el Gobierno sus mejores esfuerzos.
La actual globalidad de los planteamientos económicos, y el elevado grado de competitividad que esta situación impone a todos los agentes, hacen que el mundo moderno se articule hoy no tanto sobre escenarios nacionales, superados en gran parte por la dimensión multinacional de las grandes empresas, sino sobre el interés y las posibilidades que despiertan los distintos territorios, y cuya importancia estratégica es directamente dependiente de la pujanza de sus cabeceras, es decir, de la pujanza de sus ciudades.
Las ciudades constituyen, a mi juicio, la clave esencial del desarrollo de la modernidad en todos los órdenes. No sólo en el aspecto económico o institucional tienen las ciudades un papel decisivo en la configuración del futuro; también en las dimensiones culturales, intelectuales, e incluso psicológicas, desarrollan un papel de vanguardia, propiciando la apertura de los espíritus y el afán superador de fronteras y prejuicios. Fueron las ciudades las que dieron a Europa el esplendor sin igual del Renacimiento, y pueden ser ahora también las ciudades las que propicien ese nuevo renacimiento europeo que haga de la persona y del progreso humano una bandera universal.
En estos momentos en que España se encuentra zarandeada por la fiebre nacionalista, convendría levantar desde las ciudades, y con vigor, esta bandera que, a mi juicio, constituye la verdadera modernidad, y dotarla de suficiente impulso político para que fuera en torno a ella, más que en torno a otras banderas caducas, donde se pudieran articular los mejores esfuerzos colectivos.
Y éste es, a mi modo de ver, el discurso político que debería enarbolarse con particular intensidad desde el Ayuntamiento de Zaragoza en estos momentos en que la atención internacional recae sobre nuestra ciudad con motivo de la Exposición Internacional para el año 2008. Y este discurso, integrador de cuantos planteamientos económicos o de generación de riqueza pudieran hacerse, pero superador, por su propia naturaleza, de todos ellos, es el que puede, a mi juicio, dar un sentido político elevado al papel que Zaragoza debe jugar, en estos momentos, en España y en Europa.

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