Archive for 31 diciembre 2007

El Tratado de Lisboa

diciembre 31, 2007

A mi modo de ver, uno de los acontecimientos políticos más importantes de este 2007 que termina ha sido la firma del Tratado de Lisboa, que ha puesto fin a cerca de dos años de incertidumbres europeas y, aunque sea, a mi juicio, insatisfactorio, puede suponer un punto de arranque para seguir avanzando en el proceso de construcción europea.
Pasados ya los momentos de los grandes líderes europeístas, es posible que haya que acostumbrarse al perfil tecnocrático de los actuales y armarse de paciencia para poder contemplar en un futuro más distante lo que algunos quisiéramos ver en un momento más próximo. Éste es, a mi modo de ver, el mensaje tácito que se envió desde el magistral claustro del Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, esa joya arquitectónica portuguesa que evoca el esplendor de su siglo XVI, donde tuvo lugar, con toda la pompa posible, la firma del tratado número dieciocho del proceso de construcción europea.
Europa se ha desbloqueado, ciertamente. Se ha creado la figura del presidente del Consejo Europeo, elegible por un periodo de dos años y medio y renovable una vez; aumentan los poderes del Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, con un “ministerio” que tendrá 122 representaciones exteriores; y se han incrementado las competencias del Parlamento Europeo. Todo esto supone, innegablemente, un paso adelante. Pero se ha renunciado a los símbolos, a la bandera, al himno, a la divisa y al Día de Europa, aplazando el debate sobre la identidad europea, y poniendo de manifiesto una cierta tibieza sobre los verdaderos fines últimos de la Unión, que no son sólo de carácter económico, como quieren los británicos, sino eminentemente políticos, en el sentido más noble de la palabra, el que apunta al mejor gobierno de la cosa pública, de la cosa pública europea en este caso.
No es una cuestión baladí la de los símbolos, porque refleja la verdadera crisis por la que atraviesa el proceso de construcción europea, y de cuyo bloqueo quiere salirse con el Tratado de Lisboa. Crisis consistente en la lejanía creciente de la ciudadanía sobre lo que debe representar Europa en materia de modernidad, de democracia y de apertura hacia una nueva concepción del espacio común de los europeos, hacia esa Europa supranacional que relegue a la historia los viejos nacionalismos de otros siglos que tanta sangre hicieron derramar, y se abra al mundo en defensa de los grandes valores de la persona y de una convivencia más humana. Y aunque es interesante que España, Alemania, Italia y trece Estados más hayan firmado una declaración unilateral en defensa de los símbolos, resulta decepcionante que éstos hayan tenido que ceder su puesto a las exigencias británicas, polacas y checas de impedir cualquier gesto que apunte a una identidad colectiva.
Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional. El método tecnocrático de construir Europa que se ha seguido durante estos pasados cincuenta años ha dado, ciertamente, resultados valiosos, pero está agotado, como lo ha puesto clamorosamente de manifiesto la crisis de la que ahora se pretende salir.
Para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para ello es preciso que su gobierno sea próximo, abierto, democrático; que sus instituciones transmitan el sentir de las gentes, no sólo el de los Estados; que sus objetivos sean discutidos y compartidos por todos, no sólo por la burocracia de Bruselas; y, en definitiva, que su futuro se articule por la voluntad de los europeos, libremente expresada. Por eso, que la ratificación de este Tratado se hurte al sistema de referéndum tal vez sea una medida prudente a la vista de las últimas experiencias, pero no deja de poner de manifiesto la falta de calor popular que todavía existe en las población y señala el asunto más urgente que es preciso rectificar con decisión.
Aunque se camine hacia la “Europa de los ciudadanos”, estamos todavía lejos de ella, y la ruta hacia su consecución debe superar aún muchos obstáculos y requiere muchos esfuerzos. Personalmente, me considero entre aquellos que piensan que todos esos esfuerzos merecen la pena porque Europa es el proyecto político más apasionante de la época presente. Y por ello, deseo sinceramente que el próximo año vea un renacimiento vigoroso del espíritu europeo

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El discurso político de Zaragoza

diciembre 23, 2007

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios”)

La actual coyuntura pública nacional, con la pretensión de cambiar de régimen político por parte de algunos nacionalismos periféricos y la anuencia interesada del Partido Socialista, que no sólo no pone freno a ello, sino que brinda las alas necesarias para su consecución, está desviando la atención de los mejores esfuerzos políticos de lo que, a mi juicio, deberían constituir los grandes retos de las hora presente.
Los verdaderos problemas de España en estos momentos son la modernización de la vida pública y la intensificación de la competitividad económica, de forma que se propicie un incremento generalizado de la calidad de vida y un aumento de la productividad en todos los niveles. Y en esta modernización de la vida española, los ayuntamientos tienen un papel decisivo que desarrollar, constituyendo lo municipal la base de esa nueva etapa de la vida nacional que urge abordar cuanto antes.
Puede afirmarse con toda claridad que el intenso proceso descentralizador iniciado en España a partir de la aprobación de la Constitución de 1978 ha alcanzado su madurez, y el proceso de traspaso de competencias en beneficio de las Comunidades Autónomas ha marcado un hito histórico, pudiendo calificarse de espectacular, tanto por su amplitud como por su rapidez. Con ello, España se ha puesto a la vanguardia de Europa en materia de descentralización, con unos beneficios sociales palpables en todos los órdenes y que han contribuido poderosamente al hecho de que sea España el país europeo que más crecimiento ha experimentado en los últimos años, erigiéndose como ejemplo y paradigma de modernidad y desarrollo.
Pero este notable avance en la configuración del Estado de las Autonomías, este éxito colectivo como Nación, del que debemos sentirnos todos orgullosos, y cuya revisión unidireccional por exigencias nacionalistas constituiría un error histórico, no ha tenido, por desgracia, un reflejo similar en el siguiente escalón territorial, los Entes Locales, cuya configuración se ha visto inalterada en todos estos años pasados, y cuya reforma, para llevarlos a ese punto de plenitud que reclama la Constitución, constituye la gran asignatura pendiente del actual régimen democrático, haciendo de la “segunda descentralización”, es decir, del traspaso de competencias desde los gobiernos autonómicos a los ayuntamientos de las capitales, la más apremiante de las urgencias políticas españolas. En ello, y no en satisfacer las pretensiones inconstitucionales nacionalistas, tendría que empeñar el Gobierno sus mejores esfuerzos.
La actual globalidad de los planteamientos económicos, y el elevado grado de competitividad que esta situación impone a todos los agentes, hacen que el mundo moderno se articule hoy no tanto sobre escenarios nacionales, superados en gran parte por la dimensión multinacional de las grandes empresas, sino sobre el interés y las posibilidades que despiertan los distintos territorios, y cuya importancia estratégica es directamente dependiente de la pujanza de sus cabeceras, es decir, de la pujanza de sus ciudades.
Las ciudades constituyen, a mi juicio, la clave esencial del desarrollo de la modernidad en todos los órdenes. No sólo en el aspecto económico o institucional tienen las ciudades un papel decisivo en la configuración del futuro; también en las dimensiones culturales, intelectuales, e incluso psicológicas, desarrollan un papel de vanguardia, propiciando la apertura de los espíritus y el afán superador de fronteras y prejuicios. Fueron las ciudades las que dieron a Europa el esplendor sin igual del Renacimiento, y pueden ser ahora también las ciudades las que propicien ese nuevo renacimiento europeo que haga de la persona y del progreso humano una bandera universal.
En estos momentos en que España se encuentra zarandeada por la fiebre nacionalista, convendría levantar desde las ciudades, y con vigor, esta bandera que, a mi juicio, constituye la verdadera modernidad, y dotarla de suficiente impulso político para que fuera en torno a ella, más que en torno a otras banderas caducas, donde se pudieran articular los mejores esfuerzos colectivos.
Y éste es, a mi modo de ver, el discurso político que debería enarbolarse con particular intensidad desde el Ayuntamiento de Zaragoza en estos momentos en que la atención internacional recae sobre nuestra ciudad con motivo de la Exposición Internacional para el año 2008. Y este discurso, integrador de cuantos planteamientos económicos o de generación de riqueza pudieran hacerse, pero superador, por su propia naturaleza, de todos ellos, es el que puede, a mi juicio, dar un sentido político elevado al papel que Zaragoza debe jugar, en estos momentos, en España y en Europa.

“Vencerán pero no convencerán”

diciembre 8, 2007

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios”)

Esta famosa frase histórica, por supuesto desconectada del contexto en que se pronunció y de la carga ideológica que portaba, pero aprovechada en lo que tiene de expresión formal de hasta qué punto la fuerza no hace la razón, es la que podría decirse hoy de los socialistas, en el Ayuntamiento de Zaragoza, con respecto al tranvía.
Al cumplirse prácticamente medio año ya de la nueva Corporación, Juan Alberto Belloch parece dar por cerrada la posibilidad de enmendar uno de sus más grandes yerros políticos y obstinarse en mantener un proyecto, el del tranvía, que tiene dividida por el eje a la ciudadanía, y para cuya realización, aunque tiene el suficiente amparo legal, carece del necesario apoyo político
Una vez más, el Alcalde, en el último Pleno y con una manifiesta intención de solemnidad, ha vuelto a desdecir con los hechos lo que pregona con las palabras. Todavía resuenan en el ánimo de todos cuantos le escuchamos los solemnes planteamientos de consenso con los que adornó su discurso inaugural de la presente Corporación, en los que pretendía proyectarse como el Alcalde que está por encima de los partidos y se ocupa tan sólo del bien de la ciudad, comprometido con la voluntad de la enorme mayoría de la población.
Su categórica afirmación en el pasado Pleno municipal de que Zaragoza tendrá la línea de tranvía que la parte por la mitad echa por tierra su voluntad real de consenso con la representación política de un amplísimo número de zaragozanos que expresaron en las urnas su rechazo, haciendo buenos los temores de que aquel discursos inaugural no fuera más que una nueva edición de los juegos florales con los que pretende dotarse de una imagen de gobernante que no se ajusta a la realidad.
El conjunto de ciudadanos que en la capital del Ebro dio su voto en las pasadas elecciones a los programas electorales que se oponían a esa línea de tranvía y proponían como alternativa una red de metro para Zaragoza fue superior al 42 %, mientras que los que apoyaron los programas del actual Gobierno para realizarla sólo llegan al 38 %.
Aunque esto no le quita al Gobierno local legalidad alguna para hacer lo que considere oportuno en esta materia, sí le priva de autoridad moral y democrática para laminar por completo la voluntad de más del 42 % de los zaragozanos y tratarlos como si no existiesen en la ciudad. El respeto a las minorías es algo consustancial con la vida democrática, y su importancia adquiere un rango mayor cuando esas minorías representan a más del 42% del electorado.
Si a ello le unimos el hecho de que todas las encuestas ciudadanas existentes en la actualidad han mostrado la preferencia por lo contrario de lo que propone el Gobierno local, nos encontramos ante una situación que arroja razones suficientes para la prudencia a la hora de aplicar mecánicamente la mayoría gubernamental en un proyecto de tanta trascendencia y que, como el Alcalde ha dicho en repetidas ocasiones, va a hipotecar las próximas décadas.
Prudencia que, dicho sea de paso, se encuentra en las antípodas de la arrogante postura que en el referido último Pleno mostró el Partido Socialista, al negarse a dar ninguna explicación al rechazo a la moción del Partido Popular que pedía al Gobierno local recapacitar. Ese alarde de indigencia argumental, que, de manera involuntaria pero muy fiel, pone al desnudo la carencia auténtica de razones para lo que se pretende hacer, es tal vez el reflejo más expresivo de la ausencia de rumbo que lleva el actual Gobierno local en esta materia, y del oscuro futuro que espera a la movilidad zaragozana
Pero no es sólo la voluntad de consenso lo que se arruina con la decisión del Alcalde en el último Pleno, es también el prometido estudio de la red de metro aprobado por el Ayuntamiento de Zaragoza hace dos meses.
La pretensión de instalar una línea de tranvía norte sur en la ciudad condiciona por completo cualquier solución posterior que pretenda darse a la movilidad zaragozana, tanto si es posterior en el tiempo como si lo es en el concepto, pues dicha línea supone un pie forzado para cualquier planteamiento global.
Diseñar una red de metro partiendo de la premisa del tranvía implica necesariamente elaborar una red complementaria de dicho tranvía y, por lo tanto, no la mejor red para servir los intereses de la movilidad de Zaragoza, sino la que mejor cuadre a las pretensiones del tranvía, supeditando conceptualmente el primero al segundo, en un ejercicio que sólo conduce a la elaboración de un estudio más, inservible para los fines que se pretenden.
La búsqueda sincera de las soluciones de la movilidad de Zaragoza requiere plantear con rigor conceptual no sólo los fines, sino los métodos, porque un desacertado enfoque de éstos condiciona inevitablemente el resultado y no contribuiría más que a incrementar el escepticismo de la ciudadanía sobre las intenciones municipales, a agravar la mala situación de la movilidad del presente y a trazar una perspectiva todavía peor para el futuro. Y a ese desenfoque, y a ese desacierto, conduce, a mi juicio, la decisión del Gobierno local en el último Pleno municipal.