A vueltas con la movilidad de Zaragoza

(Artículo publicado en El Periódico de Aragón)

La implantación de un tranvía o un metro en cualquier ciudad no es nunca una decisión técnica sino estratégica, es decir, entra de lleno en el ámbito de la discrecionalidad política, y está dotada de todas las características que a lo político, en el sentido más profundo de esta palabra, el que apela al arte de gobernar, corresponden.
La perversión intelectual que ha estado manejando con fruición el Gobierno local en este asunto ha sido la de pretender presentarlo como una cuestión eminentemente técnica, dotándolo además del atractivo emocional que la técnica avanzada tiene, dando a entender de manera indirecta que quienes no comulgasen con sus planteamientos eran sencillamente iletrados o atrasados.
Este fue el planteamiento de fondo de aquellas jornadas realizadas en octubre del año pasado, durante dos días, en las que el Gobierno hizo desfilar por el Auditorio todo un panel de eminentes y muy prestigiosos técnicos que cantaron al unísono las excelencias del tranvía, e incluso dedicaron media jornada entera a presentar las más hermosas fotografías de los últimos modelos de este medio de transporte, sin que ni una sola palabra ni un solo técnico se dedicase a glosar las bondades del metro.
Tal ejercicio de propaganda, explicable en parte por la proximidad de las elecciones locales, no contribuyó lo más mínimo a analizar con detenimiento las partes aprovechables del Plan Intermodal del Transporte, del que parecía extraerse como una lógica conclusión la bondad del tranvía, sino a complicar todavía más el planteamiento de la movilidad de Zaragoza y su entorno metropolitano, al presentar dicho Plan como la Biblia dogmática de cuanto en Zaragoza y su entorno había que hacer en esta materia.
Y nada más alejado de la realidad porque el citado Plan se elaboró después de adoptar la decisión del tranvía y con el pie forzado de que toda la intermodalidad que en la ciudad hubiera que hacer se llevase a cabo sobre esta premisa. Ni una palabra sobre el metro hay en dicho Plan, ni siquiera para esa línea este-oeste que el Alcalde, comprendiendo el error, se apresuró a presentar por sorpresa en el debate del estado de la ciudad para paliar, aunque solo fuera por la vía literaria, el equivocado planteamiento de fondo de toda la política de movilidad.
Se glosó con profusión en aquellas jornadas la categoría profesional de los técnicos que optaban por el tranvía en contra del metro, categoría profesional con la que estoy completamente de acuerdo, pero se omitió decir que existen otros técnicos, de la misma categoría que los anteriores, que opinan justamente lo contrario y abogan por el metro en contra del tranvía, cayendo en esa manipulación intelectual a la que antes me refería.
Puede que aquellas jornadas consiguieran en parte el efecto buscado, pues ganó las elecciones el mismo equipo que las organizó, pero lo que en absoluto consiguieron fue demostrar que el planteamiento de la movilidad de Zaragoza es acertado. Y toda esta situación viene, a mi juicio, motivada por la maraña en que se enredó el anterior Gobierno
Tengo para mí la percepción de que el Alcalde es consciente de la hondonada política en la que se encuentra la movilidad de Zaragoza. No en balde, hace unos años, antes de que este asunto ocupase la primera línea de la atención pública, el Alcalde se mostró claramente partidario del metro para Zaragoza, alegando tan sólo que si no lo proponía era únicamente por su carestía, no por la ausencia de bondades para resolver los problemas de esta ciudad.
Por otra parte, sabido es que el paladín del tranvía durante estos cuatro años pasados no fue el grupo mayoritario del Gobierno, sino, precisamente, el minoritario, que incluso llevó su fotografía a los carteles electorales. Y sabido es también, por éste y por otros asuntos de cuyo nombre no quiero acordarme ahora, que el Alcalde estuvo siempre más dispuesto a llevarse la contraria a sí mismo que a su socio minoritario, al margen del interés que las decisiones pudieran tener para la ciudad, en un estilo de ejercicio del poder comprensible, aunque no compartible.
Y con ello se desemboca en el enrevesado sentido político de la situación actual consistente en que el grupo mayoritario del Gobierno se ve abocado, en unión con un socio que no quiso el tranvía, a defender un proyecto de tranvía de otro socio que ya no está en el Gobierno, y a hacerlo compatible con lo contrario, que, al parecer, es lo que en su día deseaba el Alcalde que preside este Gobierno.
Ante esta situación, y teniendo en cuenta que se trata de decisiones cuyo completo desarrollo va a ocupar por lo menos una década y va a condicionar de manera importante el futuro de la ciudad, me encuentro entre los que opinan que lo mejor que el Alcalde podría hacer, ahora que está liberado de servidumbres del pasado, es detener el actual proyecto de tranvía, que condiciona inevitablemente la búsqueda de la mejor solución global para la movilidad de la ciudad, y propiciar con sinceridad un amplio consenso político y ciudadano en torno a esa red de metro que resuelva realmente los problemas de la movilidad de la ciudad, y cuya orden de estudio ya se ha dado, y hacerlo con el convencimiento de que, a la larga, en este tipo de planteamientos estructurales, lo más caro es no acertar.



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