Los “Estados Unidos de Europa”

Son muy numerosas las veces que la expresión “Estados Unidos de Europa” ha salido a la consideración pública, y son también muy reveladoras las circunstancias en que eso se ha producido.
En los tiempos que corren, a veces da la impresión de que esa forma de pensar el futuro de lo europeo constituye una especie de imposible necesario. Imposible para algunos, atenazados por la fuerza telúrica de los nacionalismos de Estado, que se resisten a admitir que la Historia no se detiene. Y necesario para otros, que miran esa misma Historia con ojos diferentes y consideran que los Estados son para los pueblos y no los pueblos para los Estados.
Y no me parece ocioso evocar estas cuestiones ahora que se viven los tiempos del fracaso de la primera Constitución europea, ésa que ni siquiera llegó a nacer.
El primero que habló en público sobre los Estados Unidos de Europa fue Aristide Briand, Primer Ministro francés a principios del siglo XX, y Ministro de Asuntos Exteriores de ese país cuando lo propuso ante la Sociedad de Naciones, en 1929.
También Ortega y Gasset, europeísta convencido y militante, se refirió en numerosas ocasiones a esa expresión para sintetizar en ella la necesidad de dar forma a la unión de los europeos, porque, decía: “la unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma; la fantasía es precisamente lo otro, la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes”
Y Winston Churchill también se explayó en esa necesidad de la unión cuando, a partir de su famoso discurso en la Universidad de Zurich, en 1946, inició su campaña por una Europa unida, alentando con su prestigio y su voz autorizada las primeras sesiones en Estrasburgo del Consejo de Europa.
Pero hay una evocación histórica de esa expresión que tiene un particular dramatismo e induce, a mi juicio, a reflexionar sobre el sentido último de esa construcción europea con la que muchos estamos seriamente comprometidos.
A mediados de junio de 1940, cuando los alemanes entraban en París, Churchill, que estaba desplegando cuantos esfuerzos fueran necesarios para evitar la rendición de Francia, envió al Presidente Roosevelt un telegrama urgente suplicando ayuda y alegando, con todo dramatismo, que “si ese país caía y luego posiblemente Inglaterra, se encontraría con unos Estados Unidos de Europa, bajo la tiranía nazi, más populosos, más fuertes y mejor armados que los Estados Unidos de América”
Afortunadamente, los Estados Unidos de América impidieron la creación de esos Estados Unidos de Europa, triunfando la libertad sobre la tiranía y la democracia sobre el fascismo. Y la construcción europea, en la que ahora, a pesar de todos los contratiempos, estamos embarcados, tiene en la consolidación de ese triunfo de la libertad y de la democracia su última razón de ser.



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