Rito oriental

Había pensado dedicar una parte importante de la mañana a mirar en perspectiva las obras de la Exposición Internacional de Zaragoza del año 2008. Cruzando el paseo de la Independencia, decidí llegar hasta la plaza de Europa a través del Mercado Central y la calle Predicadores, para poder contemplar desde el mismo inicio del puente de La Almozara, y a todo lo largo del parque de Ranillas, la perspectiva creciente y emocionante de esa parte de la ciudad que pretende erigirse, dentro de unos meses, en el gran escaparate de Zaragoza hacia el mundo
Mientras caminaba despacio por las calles, envueltas en el sol radiante de una mañana luminosa, iba pensando acerca de la conveniencia de que la Exposición no se quedase sólo en un hito de la apertura de Zaragoza al mundo, sino que fuera también, y sobre todo, una ocasión para que los zaragozanos se abriesen más a lo universal.
Y en éstas estaba, cuando, al acercarme a la plaza de Europa, al final de la calle Predicadores, dio mi vista con una iglesia muy bien remozada, con la puerta abierta, como invitando a entrar, y completamente solitaria. Azuzado por la curiosidad, me dispuse a visitarla, y, al acercarme a ella, un cartel claramente visible indicaba que se trataba de la Iglesia católica de Santa Teresa, de rito oriental.
Mi sorpresa fue enorme: no sabía que hubiera en Zaragoza este tipo de iglesias. Y con mi curiosidad completamente extremada ya, seguí leyendo y vi que anunciaba misa a las diez. Faltaban quince minutos para esa hora y decidí quedarme a ella, dando antes un par de vueltas a la manzana para hacer tiempo.
A las diez en punto estaba otra vez delante de la puerta. La iglesia seguía tan solitaria como antes. Sólo un hombre deambulaba de un lado para otro de la puerta como si esperase a alguien. Al cabo de observarle un poco y no ver a nadie más, decidí abordarle y preguntarle:
-¿Sabe usted si hay aquí misa a las diez?
-Si viene alguien, sí la habrá -me respondió encogiéndose un poco de hombros.
La perplejidad que debí demostrar yo ante la respuesta y algún gesto involuntario mío que debió traslucirle mi disposición, le hizo decir, al cabo de unos instantes:
-¡Pues vamos para adentro!
Comprendí enseguida que se trataba del sacerdote.
Mientras entrábamos, le dije que nunca había estado en una misa de ese rito, y que si ello constituía algún inconveniente para asistir. Según avanzaba hacia el altar, me respondió con un gesto de obviedad:
-¡No, en absoluto! ¡Qué inconveniente va a haber!
-¡No sé! -dije yo, por decir algo
En cuanto llegó al altar, empezó a revestirse con los hábitos que allí tenía. Yo me quedé a unos cuantos metros de distancia sin saber qué hacer ni dónde ponerme. La disposición de las sillas de la Iglesia era completamente distinta a la que se observa dentro de las de rito latino. Estaban pegadas a las paredes laterales y no miraban hacia el altar, sino hacia la pared de enfrente, como en una sala de baile, dejando prácticamente vacía toda la nave.
Por unos instantes, mientras el sacerdote se revestía con toda parsimonia, sentí el vértigo de encontrarme completamente solo y sin saber cómo actuar. Opté por sentarme en alguna de las sillas más próximas al altar, y mientras esto hacía, experimenté el enorme alivio de ver que una mujer entraba por la puerta. Decidí inmediatamente hacer lo que hiciera ella.
La seguí a coger una vela pequeña de un montón que descansaba sobre una mesita lateral. La encendí a continuación de ella y la instalé al lado de la que ella había instalado. Luego, siguiéndole los pasos, me dirigí a otra mesa que había en otro rincón y tomé unos papeles similares a los que ella tomaba. Y por último, me senté a su lado cuando ella se fue hacia el altar y se sentó en una silla próxima del lado derecho.
Comprendí enseguida por qué las sillas estaban pegadas a la pared. La misa empezó con una procesión del sacerdote por toda la iglesia, echando incienso a la hilera vacía de sillas y llegando hasta la puerta de entrada, para volver por el otro lado haciendo lo mismo a la otra hilera hasta el final, junto al altar, donde estábamos nosotros dos. Y esa procesión se repitió varias veces a lo largo de la misa, mientras el sacerdote iba cantando las preces correspondientes.
La mayor parte del rito, en los distintos momentos de la misa, era cantado. Todo estaba escrito en los papeles que teníamos en la mano. La mujer que estaba a mi lado cantaba con entonación y recogimiento. En esos momentos yo permanecía en silencio, rompiéndolo sólo en las partes rezadas, en las que su voz y la mía, dando la réplica al sacerdote, resonaban por toda la iglesia como si tuviéramos altavoces, sin duda ensalzada por las adecuadas características acústicas de su arquitectura.
Enseguida empecé a encontrarme cómodo. Los cánticos del sacerdote, la novedad de las preces que se iban desgranando y la tranquilidad que me aportaba la guía segura que representaba la mujer que tenía al lado, me fueron transportando a una emoción distinta de la experimentada en otras misas a las que estoy acostumbrado.
Al acercarse el momento de la comunión, volví a sentir un punto de inquietud al considerar que tendría que habérmelas solo si la mujer no pasaba a comulgar. Pero enseguida se disipó la preocupación. En cuanto el sacerdote abandonó el altar portando las dos especies, la mujer se dirigió a él, y yo detrás de ella.
El sacerdote, con notable habilidad, sostenía, con una sola mano, una bandeja con trozos de pan y el cáliz, dejando libre la otra para tomar uno de los trozos, mojarlo en el vino y dárselo al comulgante.
La comunión era personalizada. Cuando la mujer estuvo a la altura del sacerdote, éste, llamándola por su nombre de pila, le dio la comunión recordándole que se trataba del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando llegó mi turno, el sacerdote me preguntó cómo me llamaba. Nada más decírselo, incorporó mi nombre a la fórmula y continuó con el ritual.
Antes de terminar la misa, el sacerdote volvió a dar otra vuelta por la iglesia en procesión solitaria. Y cuando la mujer se fue, me fui yo también detrás de ella. Pero, tan pronto como estuve en la puerta, me detuve, esperé a que el sacerdote se quitase las vestiduras, y, cuando salía, le abordé para expresarle mi deseo de conocer un poco más todo ese ritual y las circunstancias por las que en Zaragoza había aparecido una iglesia así. Mientras cerraba con llave la puerta de la iglesia, convinimos en tomar un café en el bar de enfrente y charlar con calma de todo eso.
Me contó que fue iniciativa de un par de sacerdotes preocupados por aportar un ámbito cultural adecuado a los inmigrantes católicos del este de Europa que se encuentran en nuestra ciudad, y que contó con el permiso y apoyo de Don Elías Yanes, el arzobispo de entonces, que adscribió a dicho servicio esta iglesia, perteneciente a un antiguo convento.
En un momento dado, y luego de explicarme con algún detalle las distintas comunidades que con nosotros viven, y abogar por llegar a un mestizaje cultural, me dijo:
-Al principio, un día se decía la misa en ucraniano, otro en rumano, otro en ruso, y así sucesivamente en unas cuantas lenguas. Pero, ahora que la mayor parte de los inmigrantes ya van conociendo el castellano, se dicen casi todas en esta lengua, que ya va siendo la lengua común de todos los inmigrantes.
Al cabo de un rato, nos adentramos en algunas de las diferencias religiosas que acompañan a los distintos ritos, y así, poniendo mucho énfasis en lo que me explicada, me contó:
-El rito latino de la misa pone el acento de una manera preponderante en el aspecto sacrificial, en la pasión y muerte de Cristo. Sin embargo, en el oriental la acentuación se extiende a toda la vida de Jesús, porque Jesús no vino al mundo para morir, sino que murió como consecuencia de la vida que llevó.
Estuvo un rato todavía hablándome del contenido de la misa, de su no obligatoriedad como precepto dominical en otras latitudes eclesiales, y de que no tiene sentido decir misa si no hay nadie en la iglesia. Sólo entonces comprendí la respuesta que me dio cuando le abordé a la entrada.
Luego nos adentramos en consideraciones eclesiales, e, incitado por mi curiosidad, me contó que hay cinco patriarcados católicos en el mundo, con sede respectivamente en Roma, Constantinopla, Antioquia, Jerusalem y Alejandría, que viven todos en comunión, pero ninguno en subordinación de ningún otro, y que un concilio no puede considerarse ecuménico si no afecta a los cinco a la vez.
La conversación fluía con facilidad, y con delectación por mi parte, de unos temas a otros. Se prolongaba ya por espacio de casi una hora y hubiera continuado mucho más si las respectivas ocupaciones de ambos lo hubieran permitido. Al despedirnos, nos intercambiamos los números de los móviles y quedamos en seguir charlando en otra ocasión. El cogió la moto que tenía aparcada junto a la iglesia y se fue por la plaza de Europa. Yo, desistí de ir a ver las obras de la Expo y me volví para casa, pensando que también por esta vía de los diferentes ritos puede haber una puerta de acceso a lo universal.



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