Dicen que el Alcalde de Zaragoza no recibe a nadie

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios de Aragón)

Ha llegado hasta mí el clamor de que el Alcalde de Zaragoza se niega sistemáticamente a recibir a los ciudadanos, que desvía las solicitudes de entrevista, que alarga hasta el infinito la fecha de encuentro con los vecinos que se lo piden, o simplemente que no responde a las solicitudes de audiencia.
Debo reconocer que me cuesta un enorme trabajo llegar a creerlo, porque la esencia de la vida democrática es el diálogo permanente, la consulta constante a todos los interlocutores, la auscultación de todos los sentimientos ciudadanos, y el ejercicio de la palabra continua con los vecinos para mejorar siempre los cursos de acción.
Y digo que me cuesta trabajo creerlo porque el Alcalde de Zaragoza, sin perjuicio de lo criticable de su política en muchos aspectos, es un Alcalde democrático, elegido en elecciones libres y democráticas, y al servicio, por exigencias de la propia Constitución de nuestro país y del ordenamiento municipal concreto, de los ciudadanos, de su bienestar y del florecimiento de sus vidas, y no de otros asuntos.
Todo cargo democrático, al margen del humor coyuntural en que la persona que lo ostente pueda encontrarse en un momento dado, e incluso por encima de los rasgos particulares de su carácter o de las aristas de su personalidad, tiene que cumplir, aunque fuera en grado mínimo, estas funciones que son inherentes a la condición de su cargo. Por eso me cuesta creer que el Alcalde de Zaragoza se sitúe extramuros de las exigencias democráticas que comporta su condición de primer regidor de la ciudad.
Pero, por otra parte, no puedo dudar de la honorabilidad de las personas que, en representación de asociaciones ciudadanas muy concretas y respetables, que se preocupan denodadamente de todos los asuntos ciudadanos, y con una particular atención a los problemas del Centro Histórico de Zaragoza, se han acercado hasta mí para denunciar, por esta vía política, el comportamiento de la máxima autoridad local zaragozana.
Ante esta situación, y puesto a conjeturar las motivaciones, que nunca serían razones, del supuesto proceder del Alcalde de Zaragoza, no puedo por menos de pensar la posibilidad de que fuera el asunto del tranvía la causa de tan antidemocrática aversión al diálogo ciudadano.
La oposición al tranvía es ciertamente una de las causas que con más ardor, a mi juicio completamente fundado, están defendiendo las aludidas asociaciones, y miles de ciudadanos en la Zaragoza consolidada que contemplan con pasmo la pretensión de dividir en dos mitades esa parte de la ciudad por medio de una línea de tranvía que lo atraviese de norte a sur.
El resultado previsible de una Zaragoza al este y otra al oeste de dicha línea de tranvía en la ciudad consolidada, y particularmente en su Casco Histórico, casi evoca, salvando naturalmente todas las distancias políticas, la función de aquel muro cuyo derribo feliz a finales del siglo pasado permitió la apertura a la libertad y a la modernidad de millones de personas.
Porque la línea de tranvía norte sur, para Zaragoza, y de una manera particularmente intensa para su Casco Histórico, supone levantar una barrera por sus calles más transitadas, incomunicar unas partes con otras, hacer imposible celebraciones populares tradicionales profundamente ancladas en el espíritu de la ciudad, y cercenar, por la vía fáctica, derechos de movilidad privada inherentes a todo ciudadano. Y contra todo ello, esas personas que dicen que no son recibidas por su Alcalde, y la gran mayoría del Centro Histórico zaragozano, vienen desde tiempo atrás sistemática y democráticamente clamando.
Y se me ocurre pensar que pudiera ser éste el motivo de la situación denunciada, porque el proyecto de la línea norte sur de tranvía, considerado también desde el ángulo apuesto, es decir, por lo que afecta al Alcalde de Zaragoza, constituye uno de sus mayores contrasentidos políticos, pues habiendo sido asumido fundamentalmente para satisfacer a su antiguo socio de Gobierno, ahora que está liberado de él y éste se encuentra en la oposición, se dispone a llevarlo a la práctica con un nuevo socio que, precisamente, es completamente contrario a dicho proyecto, y de cuya oposición ha hecho el eje de su última campaña electoral
Es comprensible que al Alcalde de Zaragoza le resulte incómodo hablar de todo esto, pero ello en modo alguno puede justificar la negativa a establecer el saludable lazo de comunicación permanente con la ciudadanía que todo alcalde que pretenda serlo cabalmente tiene que mantener.
Como decía al principio, me cuesta trabajo creer que el Alcalde de Zaragoza se instale en un proceder tan antidemocrático, y como me resulta igualmente difícil pensar que mis interlocutores faltan a la verdad, sólo me resta, situado en esta perplejidad, desear que estas palabras encuentren réplica por parte de dicho Alcalde si el supuesto de su proceder no fuera cierto, ó provoquen la rectificación de su actitud en caso contrario.



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