El ave enjaulada

La paradójica situación histórica en que se encuentra Europa en estos momentos radica en que habiendo llegado sus países al más alto nivel de fecundidad en todos los órdenes, se encuentran sumidos en un profundo desasosiego que les hace mirar hacia fuera de Europa en busca de sentido.
Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas puede solucionar a los europeos la grave crisis de identidad en la que se encuentran.
Y sin embargo, esta crisis de identidad, lejos de ser negativa, puede ser la ocasión de alborada de una nueva época de elevación en todos los órdenes, si se saben ver sus causas con claridad y obrar en consecuencia.
Los países europeos se encuentran atenazados por la contradicción que supone el hecho de que en el momento histórico en que han llegado a su nivel más alto de posibilidades en todos los órdenes, se ven más impedidos que nunca para realizarlas porque chocan con unas poderosas limitaciones que les paralizan.
Estas limitaciones son las fronteras políticas de los Estados respectivos. El problema radica en que la forma de vida pública en que han de moverse las capacidades europeas es incongruente con la dimensión de éstas. La actual impotencia que abruma a los países europeos en estos años de innegable vitalidad se debe a la desproporción entre el tamaño de sus potencialidades y el formato de la organización política en que tienen que desarrollarlas. Como una poderosa ave que, al haber crecido, sus alas topasen ya con los barrotes de su jaula, así la potencia europea en todos los órdenes se ve constreñida por los barrotes de sus propios Estados
Esto se percibe con claridad en la vida económica, y por eso nadie se opone al mercado único, a la moneda única y a la política económica prácticamente única ya. Pero lo que sucede en el ámbito económico acontece por igual en las restantes dimensiones de la vida, y de una manera muy acusada en aquella que aporta el sustrato profundo a todas los demás: la dimensión intelectual
Todo buen intelectual en España, Francia, Alemania o Gran Bretaña se siente hoy ahogado en los límites de su nación, siente su nacionalidad como un encorsetamiento, percibe que ser británico, alemán, francés o español es una forma de ser provinciano, y trata de batir las alas de su pensamiento más allá de los barrotes del rincón que le ha visto nacer.
Por eso, es preciso que la Unión Europea siga adelante, derribe fronteras, disuelva prejuicios, alumbre horizontes y ofrezca a los europeos un ámbito en el que puedan desenvolverse con arreglo a sus formidables posibilidades.



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