Fracaso político de la estación de autobuses de Zaragoza

Todo lo concerniente a la estación de autobuses de Zaragoza puede ya considerarse un fracaso. Ha sido un fracaso el retraso de años en su puesta en funcionamiento. Es un fracaso la mala señalización existente, que desconcierta a los viajeros, y para cuya mejora habría que insistir con tenacidad ante el Gobierno central. Y es un fracaso la insuficiente conexión entre los andenes a distinto nivel, que requiere, por lo menos, duplicar el número de rampas entre la entrada principal y el andén de cercanías.
La deficiente funcionalidad de la estación ha sido incluso reconocida por el propio Director General de Transporte del Gobierno aragonés, que ha tenido que salir al paso, deprisa y corriendo, para intentar parchear con 1,2 millones de euros lo que no es mas que una incomprensible falta de previsión.
De poco vale que el Director General se explaye en detalles administrativos que escasamente interesan a los usuarios, presentados además como si fuera toda una hazaña política. Lo de menos es que haya o deje de haber una nueva licitación o que la obra salga a concurso mediante modificación de proyecto o de la forma que sea, como se ha recreado en explicar el Director General. Lo que él, o el Consejero, tendrían que explicar es cómo ha sido posible que después del retraso acumulado de años en su puesta en funcionamiento surjan ahora estos problemas, y qué tipo de política de aprovechamiento de la situación estratégica de Zaragoza y de creación de imagen de la ciudad y de la Comunidad tiene el Gobierno aragonés cuando está permitiendo que lo que iba a ser la tercera estación más importante de Europa esté estos días, por culpa suya, rayando los límites tercermundistas, sin que ello se pueda solucionan antes de octubre.
Por otra parte, es necesario que el Ayuntamiento se disponga a abordar la solución de su conexión con el centro de la ciudad por autobús urbano, largamente demandada por la ciudadanía y, hasta el momento, resuelta de manera insuficiente con las modificaciones parciales de las líneas que se han realizado.
Y por último, es preciso resolver el problema de su lejanía de diversos barrios de la ciudad, ya que a muchos zaragozanos les cuesta casi más llegar a ella desde su casa que desde ella a donde viajan. Se precisan suficientes intercambiadores que hagan posible la parada de los autobuses interurbanos en diferentes zonas de la ciudad.
Esta situación de la estación de autobuses debería ser objeto prioritario de la recientemente creada Comisión Mixta Gobierno de Aragón-Ayuntamiento de Zaragoza.
Gobernar es resolver problemas; no eternizarlos ni crearlos o aumentarlos. Y la estación de autobuses es un claro ejemplo de lo que no es gobernar.



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