Mal comienzo del Alcalde de Zaragoza

(Artículo publicado en el periódico “Empresarios de Aragón”)

No hay peor comienzo para cualquier andadura política que establecer sus bases sobre las propias contradicciones. Nada más terminar las elecciones dijo el Alcalde que para hacer un pacto con alguien y no tener mayoría, era mejor estar sólo. Poco tiempo ha tardado en mudar de opinión. Pero, a pesar de ello, y de lo poco que dice en la consideración de cualquier gobernante el desdecirse de forma tan abrupta de las propias opiniones, lo más importante radica en otras consideraciones.
A mi juicio, lo verdaderamente decisivo para Zaragoza no es si se logran o no mayorías para gobernar el Ayuntamiento, sino si se es capaz de orientar el Gobierno municipal para encarar con acierto los desafíos que tiene la ciudad, y dirigirla por rumbos ampliamente consensuados y cargados de sentido común, ó si, por el contrario, se diseña el futuro en función de espurios intereses políticos. En el primer caso, con cualquier tipo de mayoría, no faltarían nunca apoyos abundantes para gobernar adecuadamente; y en el segundo, cualquier composición está condenada al fracaso.
La estabilidad matemática no es un valor en sí mismo, no es un valor absoluto; como tampoco la inestabilidad numérica es un factor negativo si da paso a una estabilidad política lograda por el acierto de la gobernación. Ambas modalidades no son mas que medios para lograr fines, y sólo por los resultados podrá finalmente decirse si fue o no acertado el curso de acción elegido.
Ejemplos de estabilidad inservible los tenemos muy próximos: el Gobierno de Aragón y el saliente Gobierno municipal. El primero tiene a Aragón anclado en la parálisis, y el segundo ha cosechado en las urnas un correctivo doble del que en Europa suele considerarse como desastre, perdiendo cerca del diez por ciento de su apoyo inicial y dejando graves asuntos, como el modelo de ciudad y la movilidad empantanados. Y ejemplos de gobiernos en minoría buenos para los gobernados también existen en número suficiente, siendo el primer Gobierno de Aznar tal vez uno de los más paradigmáticos.
Un Gobierno municipal minoritario en Zaragoza que abordase con decisión el planteamiento de una moderna red de metro, sin prisas, analizando bien las distintas posibilidades, calibrando con prudencia los tiempos de realización, dialogando con la ciudadanía sus mejores trazados y olvidándose de dogmatismos antiguos, podría contar con todos los apoyos necesarios, y sin contrapartidas de poder, para afrontar la modernidad de Zaragoza y elevar su calidad de vida.
Sabido es que el proyecto que más ha envenenado la solución de la movilidad del futuro y que de manera más poderosa ha contribuido al fracaso actual del tráfico zaragozano y a su planteamiento de futuro ha sido el de la línea de tranvía norte-sur, que ha conseguido colorear con su dogmatismo el Plan Intermodal del Transporte, haciendo de esa pretendida “Biblia” de la movilidad de los socialistas un documento inservible en su globalidad para un adecuado planteamiento de la movilidad del futuro
Pues bien, una vez que el partido que más ha insistido en ese proyecto, llevando su fanatismo doctrinal hasta el dogmatismo municipal, ha renunciado a formar parte del Gobierno, el Alcalde debería haberse sentido liberado de toda hipoteca para abordar en esta materia soluciones de futuro, y, dando un inteligente volantazo, haber encauzado la movilidad de Zaragoza por una senda acertada.
En lugar de ello, ha cometido lo que es peor que el error: la contumacia, la perseverancia en el error, cerrándose a sí mismo las puertas de un cambio saludable, formando un gobierno que ni consigue la estabilidad ni cambia rumbos erróneos, y ofreciendo además un consenso acompañado de las condiciones necesarias para hacerlo imposible.
Es ésta la primera gran ocasión perdida por el Alcalde, que sin duda va a lastrar muy considerablemente el devenir de esta Corporación, y cuyo error no puede ocultarse tras los oropeles de la Exposición Internacional ni tras la laudable intención de poner a Zaragoza en el mapa
Se equivoca, a mi juicio, el Alcalde, y muy gravemente, si pretende confundir la ciudad con la Expo, esperando que el brillo de la segunda pueda ocultar el vacío de la gobernación de la primera, o los errores de bulto en el diseño de su futuro. Y supondría también un desprecio a la inteligencia de los zaragozanos considerarles incapaces de distinguir entre lo uno y lo otro, pensando que él, como un moderno flautista de Hamelín pudiera conducirles alegremente por las calles de la ilusión al despeñadero de su futuro ciudadano con los sones seductores de su flauta municipal.
Haría muy bien el Alcalde en reconsiderar este punto referente a la movilidad en su nuevo programa de coalición, y, abandonado apriorismos dogmáticos y condiciones previas, abrir, ahora que hay tiempo, un diálogo sincero, pausado y fecundo con los demás grupos políticos y con la ciudadanía, para lograr por consenso el mejor proyecto para la movilidad del futuro.



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