Dª Suryakanthi Tripatthi

En sustitución de Domingo Buesa, que tenía compromisos previos ineludibles de la campaña electoral, tuve ayer ocasión de asistir a una de las comidas más deleitosas que se han celebrado con motivo del ciclo de conferencias que organiza el Club de las Naciones, del Colegio Mayor Miraflores, en unión con el Ayuntamiento de Zaragoza, según un convenio iniciado por el Partido Popular y continuado por el actual Gobierno municipal.
La excelentísima señora doña Suryakanthi Tripatthi, embajadora de la India en España, apareció en el comedor del Ayuntamiento con atuendo hindú, con solemnidad, moviéndose despacio sobre unas muletas que precisaba por su reciente operación en un pie.
Esa lentitud de movimientos, combinada con su cadenciosa forma de hablar, igualmente lenta por exigencias de su castellano, muy preciso en la dicción, crearon de golpe, ya en el aperitivo, un ambiente confortable, relajante, en el que la conversación fluyó desde todos los ángulos con una mezcla de curiosidad y fascinación no disimulada.
Sentados a la mesa, y luego de haber desglosado la embajadora las líneas maestras de la conferencia que iba a desarrollar, y expuesto con precisión todos los preparativos de su país para la Exposición Internacional, con fina elegancia, se apresuró a preguntar por qué había en nosotros tanta admiración por la India, a la que ella consideraba un país caótico, lleno de problemas y con ninguna belleza que superase a las que había en España. Prosiguió más tarde, haciendo gala de su diplomacia, diciéndonos lo muy conocidos que allí eran Cervantes, Velázquez y Lope de Vega, y, de una manera particularmente acusada en estos momentos, el Real Madrid.
A los postres, la conversación se adentró por vericuetos más profundos. Salió a relucir su conocimiento sobre autores cristianos como Anthony de Mello o Raimundo Pániker, empeñados en el diálogo entre el cristianismo y las religiones orientales. Nos contó la creencia que muchos sostienen en su país de que Jesús de Nazaret, a sus veinte o veintidós años, viajó a la India y allí se impregnó del espíritu oriental, que tanto aletea en el cristianismo. Alabó el proceso de la construcción europea como única forma para nuestros países de competir con los colosos nacientes, como China y la propia India, que ya tiene mil cien millones de habitantes, y los de antes, como Estados Unidos y Japón. Y se mostró convencida de que la Exposición Internacional, para la que India tiene reservado un amplio espacio, va a contribuir poderosamente a que España sea mucho más conocida por aquellas tierras.
Y así, saltando suavemente de asunto en asunto, pasaron dos horas largas que se hicieron cortas, al cabo de las cuales, con la misma elegancia y cadenciosa lentitud con que había entrado, se despidió, nos deseó a todos lo mejor en las próximas elecciones, y desapareció por el dintel del comedor que da al salón de recepciones, dejándome acrecentada mi admiración por lo oriental.



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