El discurso de Zaragoza

Los verdaderos problemas de España en estos momentos son la modernización de la vida pública y la intensificación de la competitividad económica, de forma que se propicie un incremento generalizado de la calidad de vida y un aumento de la productividad en todos los niveles. Y en esta modernización de la vida española, los ayuntamientos tienen un papel decisivo que desarrollar, constituyendo lo municipal la base de esa nueva etapa de la vida nacional que urge abordar cuanto antes.
Las ciudades son, a mi juicio, la clave esencial del desarrollo de la modernidad en todos los órdenes. No sólo en el aspecto económico o institucional tienen las ciudades un papel decisivo en la configuración del futuro. También en las dimensiones culturales, intelectuales, e incluso psicológicas, desarrollan un papel de vanguardia, propiciando la apertura de los espíritus y el afán superador de fronteras y prejuicios. Fueron las ciudades las que dieron a Europa el esplendor sin igual del Renacimiento, y pueden ser ahora también las ciudades las que propicien ese nuevo renacimiento europeo que haga de la persona y del progreso humano una bandera universal.
En estos momentos en que España se encuentra zarandeada por la fiebre nacionalista, convendría levantar desde las ciudades, y con vigor, esta bandera que, a mi juicio, constituye la verdadera modernidad, y dotarla de suficiente impulso político para que fuera en torno a ella, más que en torno a otras banderas caducas, donde se pudieran articular los mejores esfuerzos colectivos.
Este planteamiento, que figura entre los pilares del modelo de ciudad que presentó hace más de un año Domingo Buesa, y que ha dado sustento al programa del Partido Popular para la Alcaldía, constituye, a mi juicio, el discurso político que debería enarbolarse con particular intensidad desde el Ayuntamiento de Zaragoza en estos momentos en que la atención internacional recae sobre nuestra ciudad con motivo de la Exposición del próximo año. Y este discurso, integrador de cuantos postulados económicos o de generación de riqueza pudieran hacerse, pero superador, por su propia naturaleza, de todos ellos, es el que puede dar un sentido político elevado al papel que Zaragoza debe jugar, en estos momentos, en España y en Europa.



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