El desafío del aeropuerto

airport.jpgSi Zaragoza quiere ser una ciudad internacional tiene que tener un aeropuerto internacional; no bastan las comunicaciones por tierra, por buenas que éstas sean.
Con el tren de alta velocidad Zaragoza se encuentra en el centro, y a una hora y cuarto de distancia de los focos, de una zona aeroportuaria que, uniendo los flujos aéreos de Madrid y Barcelona, es la quinta de Europa y la novena del mundo. Esta realidad, y la función más característica de la alta velocidad ferroviaria, que es la de enhebrar aeropuertos, permiten, a mi juicio, plantear el futuro del Aeropuerto de Zaragoza con un discurso nuevo, inexistente hasta el momento, y cuyo último desarrollo conduciría a pensar que, con un adecuado planteamiento de la segunda estación del AVE, podría convertirse Zaragoza en aeropuerto de desconcentración simultánea de Madrid y Barcelona para todo tipo de vuelos, incluidos los intercontinentales.
La calidad de sus pistas, consideradas técnicamente entre las mejores de Europa, las condiciones de su orografía, la amplitud de terrenos circundantes, y la singularidad de su posición estratégica, puesta en valor por el AVE, podrían hacerlo posible si hubiera tras ello una decidida apuesta política y un pleno convencimiento social e institucional.
Es cierto que se ha dejado pasar la inmejorable ocasión de diseñar el trazado de la alta velocidad justo por debajo del Aeropuerto, haciendo de éste la segunda estación natural del AVE, y logrando con ello una intermodalidad perfecta, como se da en otros importantes aeropuertos europeos. Pero esta lamentable circunstancia puede ser en gran parte reparada con una adecuada conexión de dicha segunda estación con el Aeropuerto, como viene pidiendo insistentemente Domingo Buesa.
Pero, a mi juicio, el escollo más grande que existe para lograr algún día estos ambiciosos objetivos es la política de AENA, que no contempla ninguna estrategia nacional que pueda lesionar lo más mínimo los intereses de Madrid y Barcelona, entendidos ambos casi como si fueran por sí solos los intereses nacionales, sin reparar que puede haber para el conjunto de España otra forma de ver las cosas, que no tiene que remitirse necesariamente a la dialéctica centro-periferia, anticuada en cualquiera de sus dos polaridades, como viene afirmando el Partido Popular, y que puede resultar mucho más ventajosa no sólo para los intereses generales de España, sino también para los de Europa, sin cuya consideración de fondo no debe hoy concebirse ningún desarrollo estratégico de futuro.



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