Reflexiones aragonesas

marzo 18, 2019

Al término de la novena legislatura de las Cortes de Aragón, me parece oportuno reflexionar sobre algunas de las grandes cuestiones que, a mi juicio, deben estar presentes en las preocupaciones del próximo Gobierno de Aragón, sin perjuicio del realismo que los planteamientos concretos de la política diaria impone.

Aragón no puede seguir siendo para la Unión Europea sólo una región secundaria. Por su historia, por sus gentes, por su posición geoestratégica como nexo de unión entre dos Estados, Aragón necesita crecer en Europa, asumir el protagonismo que le corresponde en el proceso de construcción europea y aumentar su capacidad de influencia en las instituciones comunitarias.

La unidad política española establecida hace quinientos años mediante la unión de las Coronas de Castilla y Aragón y el Reino de Navarra, confirió a nuestra Comunidad un papel histórico de singular importancia en la articulación de la Nación española. Me parece del todo conveniente actualizar al momento presente esa singularidad para lograr que la voz y la presencia de Aragón cuenten con la misma fuerza en la articulación de la España del siglo XXI

Aragón ha participado de forma destacada en la historia occidental y, de una manera particular, en el desarrollo de la mentalidad europea. La Corona de Aragón fue una institución pionera en su época, que supo aunar la libertad y autonomía de los pueblos que la integraban con su articulación vigorosa en la expansión de la cultura de la época por el Mediterráneo, sirviendo posteriormente de pilar sólido para el nacimiento de España, y garante de su continuidad. La personalidad política de Aragón no descansa en maniobras artificiales para forzar identidades inexistentes, sino en el reconocimiento sereno de su realidad histórica y la adecuación al momento presente de aquellos valores de libertad, tolerancia y apertura que caracterizaron su mayor esplendor.

Por otra parte, nuestra Comunidad debe prepararse para abordar con el mayor éxito la ley actual de la competitividad global y asumir con plenitud el desafío de la digitalización, lanzándose de lleno a la economía del conocimiento. Y para ello la educación, la innovación y el espíritu de empresa deben ser opciones fundamentales y permanentemente mejoradas de forma que proporcionen los elementos competitivos que esta hora del mundo reclama.

Se debe mantener e incluso reforzar la ambición de convertir a Aragón en emplazamiento altamente deseable para las empresas extranjeras que desarrollen procesos y productos de alto contenido tecnológico. El vanguardismo de sus universidades, su ubicación estratégica en el sur de Europa, su centralidad en la zona más altamente productiva de España e incluso el carácter abierto de los aragoneses son condiciones que, adecuadamente tratadas e impulsadas, pueden incrementar poderosamente las ventajas competitivas de nuestra Comunidad.

Zaragoza se encuentra en la Diagonal continental que une Berlín con Lisboa, pasando por París y Madrid. Puede formar con Toulouse un eje de articulación de las dos más grandes plataformas logísticas del Sur de Europa y constituirse en puente entre los arcos atlántico y mediterráneo. Su aeropuerto goza de características técnicas de vanguardia y se encuentra a una hora y cuarto de distancia de Madrid y Barcelona, y en el centro, de una zona aeroportuaria que sumando los flujos de pasajeros de esas ciudades sería el equivalente a la quinta aglomeración aérea de Europa y la novena del mundo.

Ante esta situación estratégica, es preciso pugnar por el abandono del encorsetamiento tradicional de la política del Estado en esta materia, para quien sólo parecen existir las realidades de Madrid y Barcelona, con el fin de intentar abrir nuevas posibilidades para que el aeropuerto de Zaragoza, aprovechando esta excelencia estratégica que posee la Comunidad, se convierta en un nuevo centro aeroportuario del sur de Europa con un papel similar al que Luxemburgo juega en el centro de Europa.

Y por último, deseo recordar que este año se cumple el vigésimo aniversario de la concesión a la capital de Aragón del título de “Sitio Emblemático de la Cultura de la Paz”, otorgado por la UNESCO como reconocimiento a los trabajos y esfuerzos que viene realizando por la paz y el entendimiento entre los pueblos y las personas. Considero que el nuevo Gobierno de Aragón, siguiendo el mandato estatutario y el sentimiento generalizado de sus gentes, debe promover con ahínco cuantas medidas sean necesarias para fomentar los valores de la no violencia, la tolerancia, la solidaridad y la justicia, incorporándolos al sistema educativo.

 

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Reflexiones españolas

febrero 22, 2019

La vida política española se encuentra instalada en una grave encrucijada, una situación inédita, cargada de complejidad, que no solo desborda la capacidad de gobierno del Partido Socialista, sino que está distorsionando el desarrollo general de la vida política y partidaria del conjunto de la nación; está conduciendo al país a un peligroso deterioro económico, a un creciente desprestigio internacional y a una grave disminución de la confianza ciudadana en el sistema político.

Las elecciones generales de 2015 y 2016 dieron lugar a un escenario parlamentario muy poco propicio a la formación por parte de un único partido de un gobierno estable con la fuerza suficiente para abordar los grandes retos españoles. El rechazo del Partido Socialista a la oferta de coalición hecha por Mariano Rajoy, ha conducido al país a una inestabilidad crónica que solo beneficia a las fuerzas que desean la desaparición del actual sistema político, tanto por la derecha como por la izquierda.

La famosa y lamentable frase que acuñó como eslogan Pedro Sánchez “no es no” ha conducido a la vida política a una inestabilidad crónica, llevando al Partido Socialista a una radicalidad alejada de la moderación y centrismo del que hace gala el mejor socialismo europeo del siglo XXI. Por otra parte, no resulta por desgracia tan sorprendente si se analiza la trayectoria personal del líder socialista desde que está en la primera línea de la vida política. Ya en las elecciones municipales y autonómicas de 2015 no tuvo ningún empacho en aliarse con el populismo de izquierda exclusivamente para desalojar al partido ganador, el Partido Popular, de ayuntamientos y Comunidades Autónomas importantes, propiciando para dicho populismo un auge que las urnas no le dieron. Y, siguiendo con esa filosofía de conseguir el poder al margen de cualquier razonabilidad política, hace seis meses, con la moción de censura, rizó hasta el paroxismo el rizo del sinsentido, aliándose no solo con los populismos, sino también con los independentistas catalanes para gobernar un Estado que precisamente éstos y aquellos pretenden destruir.

Cuando la política se concibe exclusivamente como mera ambición de poder y para su satisfacción se considera asumible cualquier tipo de actuación, es difícil que la vida colectiva de un país se desarrolle por los cauces más razonables para conseguir el bienestar general.

Siempre son necesarios, pero lo son de una manera particular en estos momentos, los grandes políticos, esos que tienen altura pública para encarar los acontecimientos alambicados, los que saben trascender su propio partido para entroncar con los planteamientos históricamente necesarios, y son capaces de comunicar al pueblo lo que es realmente importante por encima de cualquier tipo de veleidad. Y esos grandes políticos son también necesarios en el Partido Socialista.

Urge que la vida política nacional no se oriente exclusivamente por estrategias electoralistas, sino que propicie la reflexión serena sobre los grandes problemas españoles y la actuación consecuente con esta reflexión.

Una coalición de gobierno entre los dos grandes partidos constitucionales, a la que podría unirse Ciudadanos, sigue siendo, a mi juicio, la mejor fórmula para encauzar el país, por más que su mera propuesta parezca encontrarse en las antípodas de lo que se percibe en la actual vida nacional.

Un gobierno de este tipo hubiera propiciado entonces, y lo propiciaría también ahora, un auténtico gobierno de centro, centrado como ninguno de los tres partidos en solitario podría garantizar por más apoyos que tuviera. Pero para ello hace falta visión de Estado, grandeza política e inteligencia histórica, algo que parece encontrarse en las antípodas políticas de la actual dirección del Partido Socialista.

Como se está viendo, por desgracia, la situación actual solo favorece políticamente las posturas extremas, tanto por la izquierda como por la derecha, lo mismo a quienes postulan una Segunda Transición para terminar con el régimen de la Constitución de 1978, como a los que, con otras palabras, abogan por desandar el camino del Estado Autonómico que ha logrado para España las mayores cotas de libertad y bienestar de su historia.

El sistema político que tenemos, el de la democracia representativa, es el mejor de los posibles, y el que permite las combinaciones que sean precisas para la mejor gobernación de cada momento. Si éstas no se producen no es por culpa del sistema, sino de sus políticos, y son éstos los que precisan ser renovados, no las estructuras del sistema.

 

 

Reflexiones europeas

enero 25, 2019

Al comienzo de este año 2019 es interesante pasar la vista, aunque sea muy someramente, por algunos de los problemas y esperanzas que se ciernen sobre la Unión Europea, deseando que los próximos meses vayan resolviendo los primeros y acentuando las segundas.

En primer lugar, llama la atención la continua crisis de liderazgo de la primera ministra británica y los agónicos esfuerzos que está realizando para evitar la creación de una frontera con controles aduaneros que divida de forma permanente el Reino Unido, todo ello dentro de una profunda división del partido conservador por la cuestión del Brexit y también de la oposición, del partido laborista. De esta forma, aparece el Brexit como una especie de cuchillo de doble filo que corta por la mitad a unos y a otros partidos y, lo que es peor, a la misma sociedad británica. Convocar un segundo referéndum porque a unos no les gustó el resultado del primero, aunque a mí personalmente me parece muy interesante, hay quienes opinan que sería jugar con fuego. El odio a la Unión Europea de los que quieren salirse de ella es más intenso que el amor de los que desean permanecer, y si estos últimos ganaran ese hipotético segundo referéndum, la situación política británica se agriaría considerablemente durante años con un resentimiento de tipo pasional, que es de los perores que existe.

Con Italia, la situación, aunque se ha atemperado algo últimamente, no mejora de forma sustancial. La Comisión Europea, después de tensas, intensas y difíciles negociaciones, y haciendo gala de un proverbial, y casi tradicional, pragmatismo, ha resuelto el conflicto presupuestario evitando una ruptura que hubiera sido fatal para ambas partes. Aunque la solución que se ha dado dista de ser ideal, porque mantiene un fondo de tensión permanente, supone un respiro en espera de tiempos mejores. Al final, se ha llegado al acuerdo de que el déficit público de Italia para el 2019 sea el 2,04% del PIB, frente al 2,4% que preconizaba el Gobierno italiano, sin que esto les haga salir de su mala situación, con una previsión de crecimiento económico del 1% en un país que tiene una deuda del 130,7% del PIB.

Ha favorecido bastante la flexibilidad de las autoridades europeas la circunstancia de que el Gobierno francés, a raíz de los disturbios de los “chalecos amarillos”, haya elevado la previsión del déficit al 3,4%, el más alto de todos los países de la Unión, así como la proximidad de las elecciones al Parlamento Europeo y el temor a que una cierta rigidez pudiera dar más votos de los que ya tienen a los partidos de la extrema derecha, los populistas y los euroescépticos.

En España, el déficit público está fijado en el 1,3%, pero el actual Gobierno español quiere elevarlo hasta el 1,8% con el fin de facilitar unos presupuestos para cuya aprobación el presidente está haciendo concesiones sucesivas a los partidos separatistas catalanes, actitud que no solo supone una indignidad en sí misma, sino que puede llevar a la ruina electoral a su propio partido, el partido socialista, y todo ello tan solo por perpetuarse unos meses más en la degustación del poder.

Pero junto a estas nubes oscuras, que presentan un panorama preocupante, existen también motivos para la esperanza. En su balance del año que acaba de terminar, el presidente de la Comisión Europea ha recalcado el hecho de que Grecia, con gran esfuerzo, ha vuelto a levantarse; que la Unión es el mercado único más grande del mundo, representando su economía una quinta parte de la economía global del planeta; y que el acuerdo de París sobre el cambio climático merece la pena defenderse con denuedo para poder dejar a las generaciones futuras un mundo más limpio, poniendo de manifiesto, al mismo tiempo, que los objetivos de reducción de emisiones de anhídrido carbónico marcados para el 2030 son completamente rigurosos en su vertiente científica y necesarios desde el punto de vista político.

Junto a lo anterior, ha puesto también de manifiesto las grandes necesidades que es preciso cubrir cuanto antes. Y, en ese sentido, ha afirmado que se precisa evitar las guerras comerciales, que hacen falta unas relaciones monetarias más estables, y que es necesario llevar a su plena operatividad el Fondo Europeo de Defensa y la Cooperación Estructural Permanente. Ha resaltado igualmente la necesidad de abordar el desafío de la digitalización mundial, la inteligencia artificial y la automatización, y se ha enorgullecido del papel que juega el proyecto Galileo con veintiséis satélites que benefician a más de cuatrocientos millones de usuarios en todo el mundo.

Pero de lo que no ha hablado, y a mi juicio constituye una enorme carencia que viene arrastrando desde siempre la Unión Europea, y que he denunciado repetidamente a través de estas líneas, es de la necesidad de llevar a cabo, por parte de los diferentes Estados Miembros, una decidida política de divulgación de las dimensiones culturales y humanas de la Unión. Porque para que Europa sea querida por los ciudadanos es preciso que no se vea solo como un asunto económico o estratégico, sino, fundamentalmente, como un asunto cultural, vital, que ilusione desde el punto de vista humano. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada, y para estos pasos la pedagogía social que los partidos que se consideran europeístas deberían realizar, y no están realizando, resulta fundamental.

¡Ojala 2019 sea el comienzo de la superación de este gran déficit humano que es lo único que, a largo plazo, puede conseguir que la Unión Europea desarrolle realmente su más noble papel: humanizar la globalización!

Manual de sabiduría

enero 22, 2019

De nuevo, el profesor Ángel Cristóbal Montes, con su último libro de filosofía, Manual de Sabiduría, nos ofrece, siguiendo la línea de pensamiento que viene desarrollando en los últimos años, un amplio abanico de reflexiones sobre las grandes preguntas de vida. Y lo hace con un estilo literario brillante, en su ya tradicional modo expositivo de tríadas conceptuales que dan a las frases una cadencia y sonoridad propias de los discursos de los grandes oradores, como es su caso, poniendo de manifiesto, además,  la estrecha y necesaria relación que existe entre de la literatura y la filosofía, basada en el valor de la palabra.

La palabra, ese misterio humano, incomprensible pero maravilloso, que hace andar al mundo, tiene un valor que, además de producir belleza, evoca ideas, suscita reflexiones y hace pensar por sí misma, cumpliendo con ello precisamente el destino de la filosofía: pensar, repensar y volver a pensar, y no dejar nunca de pensar.

Manual de Sabiduría, a través de ochenta apartados, encabezados cada uno por un pensamiento propio, es un paseo intelectual sumamente bello y placentero por las altas veredas del espíritu humano, mostrando con prosa exquisita, a veces con exaltación poética, el braceo sincero de una persona ante la inmensidad de los problemas existenciales, ofrecido con finura a nuestra consideración personal.

Aunque el libro versa fundamentalmente sobre cuestiones filosóficas, incluye también algunas reflexiones generales sobre aspectos políticos, convencido al autor de que la visión filosófica tiene que incidir también en todo lo que afecta a la vida del hombre en el mundo y, por lo tanto, en su dimensión política. De esa forma, el libro reflexiona sobre la relación entre las leyes y la actividad política, la batalla democrática española o la inserción de la filosofía en la utopía política, entre otras cuestiones generales.

En el aspecto filosófico, el libro supone una ayuda inestimable para cuantos se afanan, con independencia de sus creencias últimas, en el desasosiego vital buscando con sinceridad luces orientadoras en el devenir de la propia existencia.

Convencido el autor de que la verdad absoluta es inaccesible y que el hombre no puede penetrar su sustancia, nos sitúa con honradez intelectual ante el abismo de nuestro propio misterio reconociendo que la filosofía no puede acceder a él, pero abriendo la puerta a otras vías al manifestar que nuestro espíritu tiene unas posibilidades infinitas y el pensamiento puede detectar el más allá.  Con grandeza de miras, el libro invita a cualquier lector, al margen de su visión trascendente o no trascendente de la vida, a recorrer la trayectoria de la autenticidad personal pertrechado con la duda sistemática como actitud humana que nos pone en el camino de la verdad.

De esa forma, el filósofo aparece como un caminante hacia la verdad, pero con el convencimiento de que nunca va a llegar porque no existe la verdad absoluta en filosofía, recalcando que la sabiduría es siempre “camino hacia”, nunca meta, ya que ésta es inexistente. Por eso, continúa el autor diciendo, el verdadero filósofo no tiene prisa porque sabe que nunca llegará. Lo suyo es una andadura sin límite, pensando y repensando, cuestionando lo pensado para llegar a nuevos horizontes y luego ponerlos de nuevo en cuestión.

El libro es, en el fondo, una invitación a emprender un alto camino delicioso, pausado, tranquilo, sin ansiedad por llegar a nada pero deleitándose en ese paseo por las alturas, por encima de las minucias de la vida cotidiana, por lo que podríamos llamar la trascendencia inmanente, pero con la vista puesta siempre en el futuro porque “al fin y al cabo vivir sólo puede significar moverse hacia adelante y apoyarse en el báculo que proporcionan la experiencia propia y la ajena”

Manual de Sabiduría constituye un sólido báculo para toda persona, cualesquiera que sean sus creencias, pues “la razón no está reñida con la fe, y a ésta, en muchos casos, sobre todo en los más valiosos, se llega a través del raciocinio”. Quien así actúa es “una persona que se coloca frente a un conjunto de planteamientos mentales, por lo general pero no por necesidad, religiosos, y decide que se adhiere a ellos, que participa en su sustancia y que quiere quedar dentro de su credo, sea éste cristiano, musulmán, budista o el que sea”.

Y aunque la fe no sea cuestión de racionalidad pura, lo es, a mi juicio, de racionalidad vital, en el sentido que Ortega daba al término razón vital, es decir, la vida misma en su función de hacernos comprender la realidad.

Con estos planteamientos, el libro nos acompaña en ese paseo permanente por las altas veredas del espíritu, revestidos con el ropaje de la duda, pero con la certeza de la orientación del camino, y apelando, con el debido respeto y tolerancia, a la buena voluntad de los que quieren transitar por la vida planteándose sinceramente las grandes cuestiones existenciales en ese ámbito común de diálogo que forman la agnosis del creyente y las creencias del agnóstico.

 

La política universitaria

diciembre 28, 2018

La política desarrollada por el Gobierno de Aragón con respecto a la Universidad de Zaragoza es la parte de su actuación durante esta legislatura que se acaba con la que he mostrado siempre mi mayor grado de sintonía. El Gobierno llegó, al principio de la legislatura, a un acuerdo de financiación con ella basado en los trazos y en la estructura ya acordada por el Gobierno anterior, en virtud del cual se le aportarían setecientos ochenta millones de euros en cinco años, así como los catorce millones de su deuda, acordándose una dotación anual de dos millones y medio para infraestructuras, con independencia de las obras de la Facultad de Filosofía y Letras, que se pagarían de otra forma. Esta financiación, posible en estos momentos por la actual bonanza de la situación económica general, que está permitiendo al actual Gobierno contar con más de mil doscientos millones por encima de lo que pudo disponer el anterior, se está manteniendo en las dotaciones presupuestarias anuales y ello ha permitido el incremento de las partidas de la financiación básica de la Universidad. Las becas de distinto tipo han aumentado también, aunque por debajo de lo que la nueva situación económica podría permitir, y la creación de nuevos másteres representa igualmente un aspecto positivo.

Ello constituye, sin duda, un elemento de mantenimiento del prestigio de la Universidad de Zaragoza, que se encuentra por encima de la media nacional en cuanto a rendimiento tanto docente como de investigación, innovación y desarrollo tecnológico, y mantiene una gran incidencia internacional, particularmente en el mundo iberoamericano. Igualmente, junto con las universidades Pública de Navarra, La Rioja y Lleida está desarrollando el llamado “Campus Iberus”, Campus del Valle del Ebro, distinguido con la mención de Campus de Excelencia Internacional. Existe para ello un consorcio que supera los límites geográficos y administrativos de las cuatro autonomías participantes y han sido elegidos los ámbitos de especialización acordes con sus capacidades de forma que se pueda revindicar su vocación internacional con retos científicos definidos y actuaciones de vanguardia en energía sostenible, tecnología al servicio de la salud, alimentación y nutrición, y conservación del patrimonio cultural.

Pero, sin menoscabo del juicio positivo en términos generales hacia la política universitaria que está desarrollando el Gobierno, hay dos asuntos que empañan lamentablemente la consideración general. Se trata de la globalidad de los planteamientos de la programación académica, y la actual rebaja de matrículas que se ha implantado en este curso académico.

La programación académica para el período 2016-2019 incluye, entre otros, el requisito de adecuación de las nuevas enseñanzas a la potencial demanda social de la Comunidad Autónoma, la exigencia de compatibilidad de las nuevas enseñanzas con la oferta educativa previa, prohibiendo con ello las posibles duplicidades, y la necesidad de demostración explícita de solvencia y viabilidad económica de las nuevas enseñanzas.

Para la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia estos requisitos son contrarios a la ley y, tras comunicarlo al Gobierno de Aragón y hacer éste caso omiso, presentó un recurso ante la Audiencia Nacional, quien los suspendió por “ser contrarios a la libre iniciativa económica y libertad de establecimiento y circulación de los operadores económicos”.

Uno de esos requisitos, el de la no duplicidad, aludiendo en concreto a los campus de Huesca, Teruel y la Almunia, ha sido introducido en la Ley de Ordenación del Sistema Universitario de Aragón (LOSUA) por medio de una enmienda a la ley de acompañamiento de los presupuestos de 2016. A mi juicio, la LOSUA así reformada resulta inconstitucional al introducir una limitación discriminatoria entre las universidades supeditando la autonomía académica de la Universidad San Jorge a la autonomía académica de la Universidad de Zaragoza, imponiendo de hecho una subordinación de la primera con respecto a la segunda, opinión que coincide con la del Gobierno de la nación que ha denunciado el asunto ante el Tribunal Constitucional y se está a la espera de su resolución.

El segundo asunto que enturbia la política universitaria, comentado ampliamente en estas mismas páginas hace unos meses, es la decisión del Gobierno de premiar con una cierta bonificación del precio de la matrícula de los grados universitarios a todos aquellos estudiantes aragoneses que hayan aprobado, como mínimo, la mitad de los créditos académicos, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. Dicha medida está lejos de impulsar la excelencia, como debería ser el caso y se ha expresado en los foros pertinentes, y apunta más bien a fomentar la mediocridad, situándose ello en las antípodas que el esfuerzo de prestigio requiere para toda universidad.

Por otra parte, la intención de que la bonificación sea indiscriminada, es decir, solo tenga en cuenta el resultado de los estudiantes sin atender a la situación económica, resulta injusto al tratar por igual a los desiguales, ya que la circunstancia económica es, por desgracia, muy determinante, y no tenerlo en cuenta priva a la medida del Gobierno de una dimensión de justicia que es siempre conveniente.

Con estas dos manchas en el conjunto de una política acertada, no es ocioso decir que, mirando al futuro, se necesitan planteamientos nuevos y más ambiciosos, uno de los cuales es la potenciación de la investigación. Y ello por una doble razón. Por una parte, la Universidad de Zaragoza es un gran motor investigador que consigue proyectos muy interesantes en distintas materias; es un punto fuerte de la investigación en Aragón, y fortalecer los puntos fuertes es siempre, en cualquier estrategia, más rentable que intentar corregir los débiles. Por otra parte, a pesar de los logros obtenidos por la Universidad a lo largo de esta última década, se puede apreciar que su nivel general de inversión en investigación está algo estancado, y por debajo del que tuvo en 2010, que fue el mejor año de la década. Esta pretensión requiere, a mi juicio, introducir en los presupuestos del Gobierno para la Universidad una partida específica de financiación básica dirigida exclusivamente a la investigación. La reciente aprobación por el Gobierno de un Contrato Programa plurianual para los nueve institutos universitarios, con exigencia de cumplimiento de objetivos medibles con indicadores adecuados, va en esa dirección, si bien su cuantía está muy alejada de lo que hace falta para acercarnos cuantitativamente al cumplimiento del Pacto por Ciencia

Y por último, sería muy conveniente que se llevara a cabo algo que se prometió al principio de la legislatura y que ni se ha hecho ni parece razonable pensar que pueda llegar a hacerse en el escaso tiempo que queda de gobernación. Se trata de la reforma de la Ley de Ordenación del Sistema Universitario de Aragón (LOSUA), en la que habría que desandar el camino erróneo que se anduvo en el año 2016 con la introducción en la actual ley del criterio de la no duplicidad.

 

Europeísmo español

noviembre 23, 2018

Llamo con este nombre “europeísmo español” al sentimiento de aquellos que, considerándose plenamente europeístas, es decir, partidarios de la construcción cabal de la Europa política superadora de los actuales Estados nacionales, lo hacen desde el orgullo de ser españoles, convencidos de la gran obra histórica de España y de su enorme aportación en todos los tiempos a la civilización occidental.

Siguiendo a Julián Marías, que lo ha expuesto en numerosos escritos y conferencias, podemos decir que, aunque España como nación apareció con el matrimonio de los Reyes Católicos, como unidad de pueblo surgió de la romanización de la península Ibérica. La acción romana dio lugar en nuestro solar a una provincia, Hispania, profundamente romana, pero al mismo tiempo con características muy singulares, participando en el proyecto del Imperio pero con una modalidad y un estilo distintos de Roma, anticipando de esa forma lo que un día llegaría a ser España.

Las invasiones bárbaras fragmentaron el Imperio y en Hispania se produjo el gran fenómeno de constituirse la monarquía visigoda por unos germanos, en número escaso en comparación con la población hispanorromana existente, de menor nivel cultural, y que, paulatinamente, fueron asumiendo los valores de esa población hasta el punto de terminar siendo ellos los realmente conquistados. Aparecieron ciudades espléndidas como Toledo, Zaragoza, Tarragona, Sevilla o Mérida y otras, que dieron vida a una cultura poderosa, engendrándose una cierta conciencia de grandeza basada en el tesoro de la antigüedad clásica, brillando San Isidoro como el gran faro de la cultura grecorromana en Europa.

Así nació una cierta idea de España, una conciencia de unidad y un orgullo de pertenencia, que resistió a la invasión musulmana y recuperó al cabo de ocho siglos la España aparentemente perdida, pero que nunca fue tal porque durante ese espacio su reconquista aleteó siempre como proyecto colectivo. A partir de ese momento, constituida ya en la primera nación europea,  España se convirtió en el elemento catalizador del desarrollo de Europa, obligando a los europeos a modernizarse en muchos sentidos, al tiempo que con su obra creadora en América daba nacimiento, no a un imperio, sino a una supernación en dos continentes.

Mientras en el norte de América los descubrimientos dieron lugar a trasplantes al territorio americano de sociedades europeas sin relación directa con sus habitantes, en el caso español se produjo algo muy distinto, se produjo un injerto, es decir, la introducción de un elemento vivo en otro igualmente vivo, que sigue siendo lo que era y al mismo tiempo queda modificado dando frutos diferentes y mejores. Esta fue la gran obra de España, erigiéndose con ella en país constructor por antonomasia, y creando de esa forma un mundo hispánico que ni ha tenido ni tiene equivalente. Estableció una comunidad lingüística, religiosa, cultural y de costumbres, de forma que cuando se recorren sus territorios, donde más de 400 millones de personas hablan español, uno se encuentra en casa, en la patria común.

España demostró entonces ser la comunidad menos racista del mundo. El mestizaje, el hecho de que los españoles se unieran a las indias y después también a las mujeres africanas, daba claramente a entender que no había asco, que no había repugnancia a otra forma de humanidad, haciendo con ello posible  la convivencia íntima. Esa comunidad de pueblos en los dos hemisferios ha sido el gran acierto español de todos los tiempos, dando lugar a un tipo de construcción como el que se está buscando ahora.

Desde este orgullo sano y legítimo como españoles, nuestro país, con su rico bagaje de engendrador de comunidades, puede contribuir de una manera decisiva a la construcción política de Europa, no como un mero amontonamiento de Estados empujados simplemente por intereses, sino como un auténtico pueblo dotado de un alma singular, engendrada por injertos vivificantes, superadora de viejos prejuicios y rencillas y abierta a la cosmovisión globalizadora del mundo actual.

A este espíritu es a lo que yo quiero llamar europeísmo español. Y de la misma forma que en el siglo XVI hubo aragoneses y castellanos que dejaron de pensar en aragonés y castellano para pensar en español, sin dejar de ser aragoneses o castellanos, así también, en esta hora del mundo, sería conveniente que haya cada vez más españoles que piensen en europeo sin dejar de ser españoles.

“La lengua es la sangre de mi espíritu y mi patria es allí donde resuena poderoso su verbo”. Estas hermosas palabras de Miguel de Unamuno, extendiéndolas a nuestra lengua hermana, la portuguesa, pueden dar poética idea de la gran dimensión del papel que la península Ibérica puede tener en el proyecto europeo al considerar la importancia creciente en todos los aspectos del mundo iberoamericano.

España y Portugal, por geografía y vocación, pertenecen al gran proyecto político de la Unión Europea, ese proyecto que se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, el Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos. Pero pertenecen también, por exigencia de la “sangre del espíritu” a un gran proyecto cultural en unión con los países iberoamericanos, todavía no satisfactoriamente desarrollado. Y en la confluencia de ambos proyectos pueden convertirse en puente privilegiado de La Unión Europea con Iberoamérica, abriendo con ello un espacio mundial de resonancias incalculables.

 

El estado de la Comunidad

octubre 25, 2018

En el debate sobre el estado de la Comunidad del pasado mes, el presidente del Gobierno de Aragón comenzó su discurso glosando los que a su juicio son los graves problemas no solo de España sino también del mundo occidental, y puso un especial énfasis en calificar uno de ellos, el populismo, como uno de los más perniciosos, incompatible a la larga con la democracia, y abogando por la lucha contra ellos. Estando completamente de acuerdo con esas afirmaciones, no puedo por menos de resaltar la incongruencia que supone escucharlas por boca de un político que ha alcanzado la presidencia autonómica precisamente por su acuerdo con los populistas y ha propiciado que sea para ellos la alcaldía de Zaragoza.

Por otra parte, en su amplio prólogo, lanzado al diagnóstico de la situación española, el presidente incidió en afirmaciones con las que el que esto suscribe está completamente de acuerdo, situando el separatismo catalán como uno de los más angustiosos problemas de la hora presente, censurando la ausencia de verdadero diálogo político en todos los ámbitos de la vida parlamentaria y abogando por recuperar el espíritu de la transición española que tan fecundos y buenos años de vida democrática nos está dando.

Al descender al terreno aragonés, pienso yo que de forma involuntaria pero muy clara, el presidente confesó el verdadero pecado original de su Gobierno al hablar de la coalición que lo forma y los pactos que lo sustentan. A través de sus palabras se puso claramente de manifiesto que el Gobierno actual no se había constituido para ir hacia el futuro, sino, precisamente, para lo contrario, para mirar atrás, para luchar contra el Gobierno anterior, erigido por ellos mismos en fantasma redentor de su ausencia de planteamientos de esperanza. Esa muletilla de culpar al anterior de todo lo que ellos no son capaces de hacer, empleada hasta el extremo del ridículo por todos los Consejeros de su Gobierno, no solo carece de la más mínima solidez intelectual sino que pone de manifiesto la impotencia de quienes tales prácticas dialécticas emplean.

En el terreno de las cuestiones más concretas, el discurso del presidente se caracterizó por lo que podría llamarse “el ruido del silencio” en uno de los asuntos que con más énfasis ha predicado en discursos y momentos anteriores. El presidente comenzó la legislatura hablando de su voluntad de hacer de Aragón una Comunidad puntera en la sociedad del conocimiento, poniendo de manifiesto la necesidad de intensificar la transición hacia ella, asumiendo con ello la modernidad más transformadora de la hora presente, y situando ese objetivo entre la cúpula de sus preocupaciones políticas. Ya en el discurso del año pasado, a los tres años de andadura, sobre esta materia se limitó a decir que para resolver ese problema iba a crear la figura de un comisionado de presidencia. Con esa afirmación daba a  entender de forma clara que se habían perdido casi tres años y, simultáneamente, además, que no sabía  qué hacer para resolver la situación, pues pretender que un nuevo Director General, pues tal es el rango del comisionado, pudiera articular políticamente la acción de cinco Consejeros es un despropósito similar a la pretensión militar de que un coronel mande eficazmente a cinco generales.

La ausencia en el discurso de toda referencia programática a la sociedad del conocimiento evidencia que en esta materia, como se dice vulgarmente en términos boxísticos, el presidente ha tirado de la toalla y ha optado por el silencio, que es la forma más digna de honrar a los muertos. Y hasta tal punto el silencio lo ha cubierto todo con su negro manto que la administración electrónica, esa imperiosa exigencia de la sociedad digital, de la calidad de vida de los administrados y de la eficacia de la administración pública, ni la ha mencionado en sus setenta y cinco minutos de discurso.

En todo lo relativo a la sociedad del conocimiento, a la digitalización, a la innovación y la investigación y en lo referente al impulso de la ciencia, que es algo transversal a varias Consejerías, es prácticamente imposible avanzar de forma sustancial si no existen las condiciones políticas que lo hagan posible.

Más del 20% del conjunto de la inversión realizada en materia de I+D+i se encuentra en el ámbito de la Consejería de Sanidad. Los parques tecnológicos y el empleo digital recaen sobre la Consejería de Economía e Industria. El Laboratorio Agroalimentario y el Centro de Sanidad y Certificación Vegetal dependen de la Consejería de Desarrollo Rural. La Estación Experimental de Aula Dei y el Instituto Pirenaico de Ecología dependen del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La digitalización, la administración electrónica y, en general, todas los elementos de transformación global que son típicos de esta materia, constituyen actividades transversales, no pudiéndose constreñir en exclusiva a un solo departamento clásico, desbordando, por su propia naturaleza, gran parte de los corsés administrativos de la estructura actual del Gobierno, y requiriendo, para su éxito, una dirección unitaria que rebase los actuales compartimentos estanco, cuyo aislamiento no termina de resolverse por la creación de comisiones interdepartamentales.

Esta percepción que, como he comentado antes, la tuvo también el presidente Lambán en el debate del estado de la Comunidad del año pasado, debe mover a un cambio en la estructura política del Gobierno. Se precisa, a mi juicio, la creación de un vicepresidente que pueda dirigir el conjunto de Consejerías que tienen competencias en esta materia, proporcionar una visión unitaria de la política a llevar, establecer una única estrategia que aglutine con sentido unitario las decenas de estrategias desperdigadas actualmente por los distintos Departamentos, y lograr un presupuesto que suponga realmente un salto adelante y no un mero maquillaje para salir airoso en los debates.

A mi juicio, en lo referente a la sociedad del conocimiento, ésta es la reflexión fundamental. Y si ello, ahora, a seis meses de las elecciones, no es posible hacerlo, debe quedar en el frontispicio de la voluntad de cambio para que lo ponga en práctica el nuevo Gobierno, sea del color que fuere.

 

“El instante más oscuro”

septiembre 25, 2018

“Churchill había pedido un informe a sus asesores acerca de las consecuencias que se derivarían en caso de que Francia se retirara de la guerra. Ese día recibió la respuesta. Decía que Gran Bretaña podría resistir si contaba con un apoyo cada vez más firme de Estados Unidos, y si la Marina y la Royal Air Force lograban mantener el control de Gran Bretaña impidiendo una invasión por mar. En cuanto a derrotar a Alemania, no era posible contemplar esa posibilidad ni remotamente.

Ante esa situación, Halifax era partidario de un acercamiento a Italia para sondear la posibilidad de conversaciones generales. Churchill estaba en contra de cualquier aproximación a Mussolini y de cualquier acuerdo general para Europa porque estaba convencido de que no podría tener como contrapeso la garantía de la libertad e independencia británicas. Para él, si se aceptaba el dominio alemán sobre Europa, Gran Bretaña se convertiría en un satélite de Alemania. Por lo demás, no tenía ningún plan: solo resistir y confiar en Estados Unidos. Halifax no se oponía a Churchill por ambición, sino por patriotismo, pero su oposición era muy fuerte. Él era un personaje típicamente inglés, en el sentido de que amoldaba su mente a las circunstancias en lugar de pretender adaptar las circunstancias a sus ideas. Churchill, por el contrario, sí tenía ambición por el poder.

Para muchos británicos, Hitler se estaba convirtiendo en un personaje mítico; consideraban que todo lo que prometía, lo cumplía. El Evening Standard publicó una caricatura en que aparecía Hitler oteando el Canal desde un autobús en cuyo costado podía leerse: en Londres, el 18 de agosto; y en la parte trasera una lista con capitales y fechas atravesadas por una barra en señal de éxito.

Hitler, aunque desconocía la oposición que Churchill tenía por parte de Halifax, confiaba en que los británicos se dieran cuenta de que era una insensatez continuar la lucha.

Y ese mismo criterio defendía Halifax en el Gabinete de Guerra, diciendo:

—La postura de muerte o gloria no encierra nada especialmente patriótico si la suerte se decanta por la primera, y no es de traidores intentar acortar honorablemente una guerra que Gran Bretaña está claramente condenada a perder.

Pero Churchill no daba su brazo a torcer y decidió no entablar ningún tipo de negociación, ni directa ni indirecta, y aprovechó la enérgica carta que le había enviado el cardenal Hinsley, primado de la Iglesia católica romana en Inglaterra, para comentar:

—El cardenal se muestra firme y enérgico, y creo que sería muy positivo que dejase bien claro a sus hermanos de allende los mares que, ocurra lo que ocurra, iremos hasta el final.

Terminada la sesión de la Cámara, volvió a reunirse el Gabinete de Guerra. Mientras esperaban noticias de las playas, Churchill escuchó, en el secreto de los cinco miembros allí reunidos, la sugerencia de Halifax de que Gran Bretaña debería aceptar una oferta de Mussolini para negociar una paz general. Chamberlain lo apoyó diciendo:

—Sin dejar de luchar hasta el final para preservar nuestra independencia, deberíamos considerar cualquier término que fuera decente que nos pudieran ofrecer.

Churchill, además de consternado al oír todo eso, estaba muy enfadado. Según él, era completamente improbable, con una probabilidad de uno a mil, que fueran ofrecidos términos decentes, y, por ello, les dijo:

—Las naciones que caen luchando, se levantan de nuevo; pero las que se rinden dócilmente, están acabadas.

Los miembros laboristas del Gabinete intervinieron en defensa suya, haciendo que su postura ganase por tres a dos. Fortalecido con esa votación, al terminar la reunión del Gabinete, convocó a todo el Gobierno para reiterarles su creencia de que Gran Berta debería antes caer luchando que negociar una paz.

A los veinticinco ministros que componían la totalidad del Gobierno, les dijo:

—He estado meditando durante estos dos últimos días con todo detenimiento si formaba parte de mi obligación considerar la posibilidad de entrar en negociaciones con ese hombre. Si lo hiciéramos, los alemanes nos pedirían nuestra flota, nuestras bases navales, y cualquier otra cosa; y Gran Bretaña se convertiría en un Estado esclavo con un Gobierno marioneta bajo la presidencia de Mosley o de cualquier otra persona semejante. Sin embargo Gran Bretaña tiene todavía inmensas reservas.

Continuó explicándoles los detalles de esas reservas que había que poner en funcionamiento, y luego, con un tono de voz aún más grave, concluyó:

—Estoy convencido de que cada uno de vosotros os levantarías y me arrojarías de esta silla si por un instante contemplase la posibilidad de parlamentar o rendirnos. Si la larga historia de estas islas tiene que tener un fin, que sea cuando cada uno de nosotros yazca sobre su propia sangre en el suelo.

Se produjeron inmediatos gritos de aprobación a lo largo de toda la mesa. Muchos de ellos se levantaron de su sitio y corrieron hacia donde estaba él para felicitarle y palmearle la espalda.”

(Fragmento de la novela Libertad o Tiranía)

 

Este verano he tenido ocasión de ver la película “El instante más oscuro”, del director Joe Wrigh, y me ha parecido oportuno traer a colación esta escena porque refleja de forma nítida lo que la película transmite con acierto expositivo y tensión dramática.

En unos pocos días de mayo de 1940, recientemente elegido Churchill Primer ministro de Gran Bretaña, se desarrolló el intenso pulso político entre él y Lord Halifax, como representantes más conspicuos de las dos corrientes que en el Reino Unido existían con respecto a la guerra y a la paz, que condicionó para la posteridad el futuro de Europa. Como es sabido, el pulso lo ganó Churchill, para desgracia de Hitler, como algunos alemanes reconocieron ya entonces, y a partir de ese momento ya nunca más se volvió en Gran Bretaña a hablar de paz, sino de victoria, de victoria a cualquier precio.

 

 

Valores fundacionales

agosto 20, 2018

Cuando España estaba naciendo a la democracia, en la segunda mitad de la década de los setenta del siglo pasado, los democristianos europeos tenían ya una gran preocupación por la marcha del proceso de unificación europea. Percibían la necesidad de reforzar las instituciones existentes, contemplaban, con gozo pero con preocupación también, la perspectiva de la ampliación a otros países, y avizoraban los problemas de la integración económica y monetaria junto con la necesaria unidad política completa.

Ante esa situación, los partidos democristianos europeos, piedra angular de la construcción europea, empezaron por ratificarse en sus convicciones reafirmando la Unión Europea Demócrata Cristiana como elemento aglutinador de los diferentes partidos democristianos existentes en Europa y como motor de actuación supranacional.

Por aquel entonces, abandonada hacía tiempo la orientación puramente confesional de muchos de ellos de antes de la Segunda Guerra Mundial y de la primera fase posterior a su fundación, dichos partidos se orientaban sobre bases cristianas no confesionales y llevaban una política que podría calificarse de “responsabilidad cristiana” guiada por la imagen cristiana del hombre y la sociedad, abiertos a todos los creyentes cualquiera que fuera su confesión, y a todas las mujeres y hombres de buena voluntad.

Entre sus valores fundamentales se encontraban, y se siguen actualmente encontrando, en primer lugar la dignidad de la persona humana dimanante de su dimensión trascendente, y su armoniosa y orgánica relación no solo con su desarrollo espiritual y material, sino también, y al mismo tiempo, con el desarrollo de la comunidad de la que inexorablemente forma parte. Para esos partidos, la visión de la persona humana no se detenía en una concepción meramente individualista, sino que se ampliaba hasta lo que podría llamarse “personalismo comunitario”, poniendo de manifiesto con ello que lo comunitario no es un simple añadido a la persona, sino un componente esencial de la misma.

Y de esta concepción brotó el impulso para su defensa ante las amenazas que podían acecharla: por una parte, el liberalismo individualista tendente a un capitalismo excesivo, con una concentración de poder que termina por agostar la libertad y extender la injusticia social; y por otra, el socialismo materialista que tiende igualmente, aunque por otros caminos, a limitar el espacio libre no solo de cada persona, sino también de pequeñas comunidades, la familia entre otras, a base de un intervencionismo excesivo.

Era este personalismo cristiano lo que daba fundamento a los principios de solidaridad y de universalismo que movían a la unión y la corresponsabilidad con todos los seres humanos y con todos los pueblos, por encima de cualquier frontera. Y ello constituyó, a su vez, la base del compromiso a favor de la integración supranacional y la paz, con la convicción de que sin libertad y sin justicia social estos principios son irrealizables.

Los partidos democristianos se declaraban también a favor de la planificación equilibrada, reflexiva y organizada de forma democrática, de manera que la participación de los poderes públicos en ella fuera compatible con la de las personas interesadas. Con ello, se intentaba, sin caer en el individualismo ni el colectivismo, asegurar a todos la libertad, la justicia y el desarrollo humano, oponiéndose a los fenómenos de aislamiento, concentración de poder y represión, y a todas las formas manifiestas u ocultas de restricción de la libertad.

Estos fueron los valores que dieron nacimiento al germen de lo que, a partir de 1992, fue la Unión Europea.

Desde el principio, los demócratas cristianos fueron siempre favorables a la idea de creación de un “partido popular”, es decir, un partido capaz de aglutinar a todas las capas y clases de la sociedad, considerando que tanto la idea de la lucha de clases como la del conflicto permanente son infecundas en el camino de intensificar la armonía, la colaboración y la solidaridad en la sociedad.

Desde el final de la Segunda Guerra mundial, y sin perjuicio de reconocer las diferencias que existían entre los distintos partidos democristiano de los países europeos, se ha manifestado siempre una corriente de fondo propicia a buscar las fórmulas de actuación conjunta de forma que pudiera desembocarse, como se logró en 1976, en la creación del  Partido Popular Europeo, ampliado posteriormente para incluir a conservadores y otras formaciones del centroderecha.

En estos momentos de enorme tribulación para la Unión Europea, asediada en su interior por el rebrote de los nacionalismos y el surgimiento de los populismos, y desde el exterior por el reverdecimiento de la singularidad política británica y la sorprendente deriva de un desconcertante presidente norteamericano, me parece oportuno recordar y reflexionar sobre los valores y convicciones que siempre han mantenido los partidos democristianos, y la determinación que en aquella década de los setenta del siglo pasado tuvieron para resolver la crisis de entonces con el fin de acertar en el ritmo y la dirección del camino de superación de la crisis actual de la Unión Europea.

 

 

Fomentar la excelencia

julio 19, 2018

Según el último estudio realizado por el Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), la Universidad de Zaragoza se encuentra por encima de la media nacional en cuanto a rendimiento tanto docente como de investigación, innovación y desarrollo tecnológico. Igualmente, en la consideración de otros parámetros, se encuentra también entre las universidades más prestigiadas de España y con una gran incidencia internacional, particularmente en el mundo iberoamericano.

Cuidar ese prestigio, y acrecentarlo de forma continua, debe ser tarea permanente del Gobierno de Aragón, que tiene en ese centro el mayor productor de investigación de la Comunidad y uno de sus mejores embajadores en el mundo. Y ese prestigio, ganado en gran parte por la categoría de los docentes, se aumenta también, entre otras acciones, por la excelencia de sus estudiantes. Fomentar esa excelencia debe ser una norma básica de actuación de cualquier gobernanza de la universidad.

Recientemente, el Gobierno de Aragón, en su afán por ayudar a los estudiantes, ha decidido premiar con una cierta bonificación del precio de la matrícula de los grados universitarios a todos aquellos estudiantes aragoneses que hayan aprobado, como mínimo, la mitad de los créditos académicos, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. Resulta siempre plausibble potenciar la universidad y premiar el esfuerzo de los estudiantes. Pero, estando de acuerdo con la intención de la medida, no puedo por menos de lamentar aspectos de la misma que son manifiestamente mejorables.

En primer lugar, y al contrario de la voluntad manifestada por el Presidente del Gobierno de avanzar hacia una sociedad meritocrática, premiar a quien aprueba solo la mitad de los créditos está lejos de impulsar hacia la excelencia, como debería ser el caso, y apunta más bien a fomentar la mediocridad. Los cinco o seis millones de euros que la medida va a costar al Gobierno de Aragón podrían emplearse mejor en establecer una escala más exigente en cuanto al resultado académico, de forma que incluso se llegase a premiar con la bonificación total de la matrícula a quien realmente tuviera un rendimiento excelente, y desde esa altura máxima se hiciera una gradación inteligente de bonificaciones acordes con otros parámetros más exigentes. Eso redundaría en beneficio de los buenos estudiantes y contribuiría a aumentar el prestigio de la universidad.

En segundo lugar, la intención de que la bonificación sea indiscriminada, es decir, solo tenga en cuenta el resultado de los estudiantes sin atender a la situación económica, me parece injusto al tratar por igual a los desiguales. Premiar el esfuerzo es algo altamente saludable, pero para conseguir un mismo nivel de rendimiento no es el mismo el esfuerzo que tiene que hacer un estudiante que, afortunadamente, goza en su familia de una situación acomodada, que le permite estudiar con tranquilidad y dedicación, que el que debe realizar quien, por no gozar su familia de ese desahogo, debe trabajar para hacer posible sus estudios, por poner uno de los distintos casos que pueden darse cuando la circunstancia económica no es favorable. Decía Ortega y Gasset que la persona es ella y su circunstancia, y la circunstancia económica resulta, por desgracia, muy determinante, y no tenerlo en cuenta priva a la medida del Gobierno de una dimensión de justicia que es siempre conveniente.

Y fundamentado en la misma lógica de no tratar igual a los desiguales, existe otra desigualdad que se debería contemplar: la diferencia entre los distintos grados. No tiene la misma dificultad una carrera que otra; es esta una realidad incuestionable, que está contemplada en todas partes, tanto por la nota de corte para entrar en los distintos grados como por otras circunstancias. Y en ello reside otra cuestión que debería tenerse en consideración. Como también debería contemplarse la circunstancia de aquellos estudiantes aragoneses que tienen que cursar sus estudios fuera de la Comunidad por no existir en Aragón el grado que desean estudiar. Son igual de merecedores de estímulos que los que cursan en Aragón sus estudios, y, sin embargo, la medida del Gobierno, a fecha de hoy, no lo contempla.

Pero, por encima, o al margen de estas consideraciones académicas, se dan en esta medida dos circunstancias políticas llamativas. La primera es que fue anunciada con toda la ampulosidad posible por la Consejera, acompañada del Presidente, en el Patio de la Sala de la Corona del Edificio Pignatelly, donde se suelen comunicar con solemnidad los asuntos de especial relevancia para la Comunidad, poniendo con ello de manifiesto la dimensión concreta de la bonificación que pensaba darse, y quince días más tarde esa concreta bonificación fue rebajada en su montante económico por el Director General de Universidades, alegando que se trataba de una simple puntualización.

Y la segunda circunstancia política llamativa es la que tiene que ver con el alcance social de la misma y el momento de su puesta en funcionamiento. La medida, como se dijo, supone ayudar a unas quince o dieciséis mil familias aragonesas, y se va a iniciar precisamente unos pocos meses antes de que tengan lugar las elecciones autonómicas en las que están llamadas a votar todas las familias aragonesas. Dada la solemnidad con la que se anunció por la máxima autoridad autonómica, la relativa rectificación que hubo de hacerse posteriormente que evoca prisas por anunciarla, y el momento en que va a ponerse en marcha, resulta casi inevitable atribuirla un calificativo cuyo adjetivo no quiero citar, pero que, probablemente, esté en la mente de muchos de los que lean estas líneas.