La Universidad

agosto 25, 2016

Después de las grandes escuelas de Grecia y Roma, con los ilustres maestros de la época y las cumbres universales de Platón y Aristóteles cuyo pensamiento ha llegado hasta nuestros días, la aparición de la burguesía medieval y su espíritu asociativo de corporación autónoma, articulado en torno al conocimiento, propiciaron el nacimiento de las universidades

La Universidad medieval, impregnada del espíritu de la Cristiandad y fuertemente enraizada en la sociedad de su época, constituye el arranque de lo que hoy en día entendemos por universidad. Y sin perjuicio de los distintos matices que en las sucesivas épocas medievales fue asumiendo y de los diferentes países en los que fue surgiendo, acrisoló, antes de la aparición de los Estados nacionales, una línea básica de modo de ser, la expresión de su condición de organismo espiritual supranacional, que abarcaba todos los ámbitos del saber, con el fin de conducirlos juntos a la teología cristiana, que lo coronaba todo.

Como organizaciones libres, participando en común del espíritu de la Cristiandad, la voz de las universidades, apuntalada por su saber, trascendió en todo momento sus particulares ámbitos para incidir de lleno en la vida política de la época, haciendo realidad ese deseo de que nada de lo social le fuera ajeno

Ese espíritu de la Cristiandad se perdió con la aparición del mundo moderno. Las ideas del Renacimiento, la Reforma y la ruptura de la unidad religiosa, así como las secuelas de las guerras de religión subsiguientes, mutaron su carácter, dando, en gran parte, paso a su conversión en organismos al servicio del Estado, como lo puso de manifiesto la Universidad napoleónica, con gran influjo en otros países europeos.

Posteriormente, con la reforma de las universidades de Oxford y Cambridge, y la fundación de la Universidad de Berlín, surgen distintos planeamientos de lo que debe ser una universidad y de cuál es su fin primordial.

El cardenal Newman, acentuando su concepto de educación liberal como término medio entre la educación confesional y la educación meramente pragmática, consideró que la finalidad universitaria era dotar al hombre del conjunto de conocimientos precisos y la necesaria disciplina intelectual para que pudiera desenvolverse de forma adecuada en la vida, con independencia de su concreta actividad profesional, elevando de esta forma la educación universitaria al rango de fin en sí mismo y no como un mero instrumento para otros fines. Puso con ello de manifiesto que la misión fundamental de la universidad no era moral, ni utilitaria ni profesional, sino fundamentalmente intelectual.

Para Karl Jaspers la universidad estaba de manera primordial al servicio de la Ciencia y la Investigación, exigiendo para ello la libertad en la búsqueda de la verdad, y entronizando la libertad como elemento sustancial del espíritu universitario. Ningún monopolio ideológico debía sobreponerse a este fin fundamental de dar formación científica.

Ortega y Gasset, sin embargo, colocó la Cultura y no la Ciencia en el centro de las tareas universitarias, entendiendo por Cultura lo que Ortega entendía por tal, es decir, el sistema de ideas vivas sobre las que se asienta cada tiempo, alejándose con ello del concepto de cultura como una mera suma de conocimientos, y contemplándola como ese conjunto de ideas vitales que sostiene la existencia humana y justifica sus decisiones. Para Ortega, el culto a la Ciencia producía la desintegración cultural de la persona

Todas estas reflexiones históricas, y muchas otras de similar calibre e importancia que podrían verterse, no me parecen ociosas en un momento, como el actual, en el que el Gobierno de Aragón, dentro del marco autonómico español, tiene por delante la intención de elaborar una nueva ley de ordenación de su sistema universitario. Y de una manera particular, tras unos meses en que una visión alicorta de lo que la universidad debe ser ha propiciado la adopción de medidas, a mi juicio, inconstitucionales, que atentan contra la libertad de enseñanza y empañan los verdaderos fines de la educación universitaria.

Sin perjuicio de todos los debates que para el buen término de la ley hayan de producirse, a mi juicio, hay cuestiones fundamentales que es preciso salvaguardar y entre las que podrían citarse la adopción de los criterios de calidad y excelencia del Espacio Europeo de Educación Superior, el fomento de los valores democráticos y la educación para la paz, el respeto a la libertad de pensamiento, y los derechos constitucionales en materia de educación, entre otros del mismo rango de importancia.

¡Ojala los partidos que sustentan actualmente al Gobierno de Aragón hagan posible que la dialéctica parlamentaria permita dar nacimiento a una buena ley que, alejada de dogmatismos anticuados y abrazando la modernidad intelectual y constitucional, pueda propiciar el fortalecimiento de la institución universitaria en beneficio de todos los ciudadanos!

Ante el “Brexit”

julio 27, 2016

Cuando se produjo la “crisis griega”, con la elevación al primer plano de la actualidad periodística de los asuntos europeos, afirmé, a través de estas mismas líneas, que tal vez fuera esa circunstancia la única consecuencia positiva de dicha crisis, porque trasladaba a la calle la preocupación por los asuntos de la construcción europea. Con incomparablemente más fuerza puede hoy decirse lo mismo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Y digo esto porque uno de los mayores problemas que ha tenido siempre, y lo sigue teniendo ahora, la construcción europea es la distancia con la que los ciudadanos consideran ese proceso y el alejamiento que en sus inquietudes tienen los problemas que la afectan.

El “Brexit”, al margen del desastre europeo que representa y de las gravísimas consecuencias que va a tener, puede, y debe, a mi juicio, convertirse en el aldabonazo que despierte las conciencias europeas, las de la calle y las de los gobiernos, y obligue a plantearse con toda seriedad si de verdad se desea una auténtica Unión Europea.

Hace mucho tiempo que había que haber asumido con determinación los graves problemas que atenazan a la Unión, pero resulta estéril lamentarse del pasado si no es para retomar el presente con la suficiente corrección de actitudes. El “Brexit” pone de manifiesto, con toda crudeza, que no se puede demorar por más tiempo el abordaje de los graves problemas que atenazan el proceso de construcción europea. Y es preciso encararlos con diálogo abierto, ciertamente, pero también con todo rigor y determinación, y, sobre todo, con la disposición de poner en marcha cuantas medidas sean necesarias.

Son muchos y muy graves los problemas que atenazan a la Unión Europea, y sin ánimo de ser exhaustivo me permito apuntar tres de los que yo considero más apremiantes.

En primer lugar, como se ha dicho desde muchos ángulos y en repetidas ocasiones, para que el euro pueda cumplir su función de columna vertebral económica de la Unión se precisa un verdadero gobierno económico, la unión bancaria, una adecuada fiscalidad europea propiciadora de las necesarias redistribuciones de riqueza y el conjunto de medidas que permitan extender la solidaridad a todos los rincones de la Unión. Y ello sin perder de vista que el euro no es un fin en sí mismo, sino un medio para la prosperidad colectiva, que es el verdadero fin.

En segundo lugar, es preciso avanzar con paso decidido hacia la ciudadanía europea plena. Es necesario que los ciudadanos encuentren motivos no solo económicos, sino también culturales y sociales, para experimentar con vigor ese nuevo arraigo en lo europeo sin el cual nunca será posible una verdadera Unión. Ese entronque en las raíces profundas que nos unen a todos los europeos, con esa apertura hacia lo universal, que constituye la condición europea por excelencia, para humanizar la globalización, propagando a todo el mundo los valores de la igualdad, de los derechos humanos y del respeto a la persona, es necesario para sentirse espontáneamente europeo sin ningún tipo de imposición ni fingimiento. He ahí la clave de bóveda de la comprensión de la ciudadanía europea, sin la cual puede que haya alemanes, españoles o franceses, o de otras nacionalidades, pero nunca ciudadanos europeos.

La idea fundadora de la Unión Europea es la creación de una nueva comunidad superadora de los Estados actuales. Que en su día se eligiera para su consecución el itinerario inicial de la economía no concede a ésta el rango de fin, sino de medio. Y dicho esto, conviene subrayar que aquí radica, a mi juicio, una de las desavenencias históricas que pueden haber conducido al “Brexit”. El desafortunado desenlace del referéndum es, en gran parte, la consecuencia de la actitud mantenida desde siempre por Gran Bretaña, para quien Bruselas y lo europeo no eran sino una fuente propiciatoria de ventajas para su país, sin preocuparse verdaderamente por el conjunto, sin el convencimiento de existir un bien común superior a cualquier interés nacional. Es, por lo tanto, imprescindible que se cultive y florezca el verdadero europeísmo, porque sin europeístas nunca podrá lograse una auténtica Unión Europea, de la misma forma que sin demócratas resulta imposible articular una democracia verdadera.

El europeísmo es la conciencia ilusionada de pertenecer no solo a un espacio político y geográfico concreto, sino, al mismo tiempo, a un elenco de valores profundos que le son consustanciales. La paz, la democracia, la entronización de la persona como eje central de toda la acción pública y todo cuanto de ello se deriva constituyen el núcleo de esa cosmovisión que caracteriza a lo europeo.

Y por último, en este breve recorrido por algunas de las apremiantes urgencias europeas, conviene resaltar el déficit democrático. Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional y que supone en sí misma una cierta contradicción con los principios democráticos que figuran en el frontispicio de su ideario. Porque no basta con que los países que la integran sean democráticos; es preciso que lo sea también, e íntegramente, la propia Unión; que todas sus instituciones, y su presidente a la cabeza, salgan directamente elegidos por el voto popular, y que el Parlamento Europeo sea realmente la cámara de la soberanía europea, y no un mero órgano colegislador.

Éstas y otras varias cuestiones apremian en el proceso de construcción de la Unión Europea. ¡Ojalá el “Brexit” sirva para despertar y espolear a los líderes verdaderamente europeístas, y hacer que lo que, en principio, es una grave contrariedad pueda convertirse en una oportunidad!

Volver a empezar

junio 28, 2016

Existe una tentación en la que a veces caen muchos políticos cuando acceden al poder, sobre todo si lo hacen por primera vez, consistente en pensar que con ellos comienza el mundo, que nada de lo anterior es válido y que tienen que partir de cero para pergeñar un futuro esplendoroso.

Dicho afán suele traducirse en proyectos estratégicos para todas las materias, en planes majestuosos para cubrir imperfecciones del pasado, y en discursos grandilocuentes en los que solo falta la intención de hacer coincidir el arranque del calendario con el día de su toma de posesión.

Y esto, que es general en todas las materias de la actividad pública, resulta particularmente notorio en aquellos ámbitos que pueden considerarse insertos en la modernidad, como, por ejemplo, todo lo referente a la sociedad del conocimiento.

Es difícil encontrar un discurso de los gobernantes regionales actuales en el que no se haga alusión al cambio del sistema productivo, al asentamiento en una economía basada en el conocimiento, y a la búsqueda de ciudades o territorios inteligentes, como si todo esto pudiera llevarse a cabo en los cuatro años de una legislatura, y además de ámbito regional.

Los cambios de los sistemas productivos no son nunca el resultado de la acción de unos políticos concretos, salvo en el caso de las revoluciones, sino la consecuencia de unas modificaciones estructurales operadas por una gran infinidad de agentes, en unos ámbitos temporales más o menos largos y en función de situaciones históricas no controlables por nadie en particular, sino por el propio devenir de la modernidad de los tiempos. Todo ello, naturalmente, sin despreciar la contribución que las distintas políticas concretas pueden tener para adelantar o retardar esos cambios, pero siempre desde la asunción de la relativa incidencia en el proceso global.

Traigo estas reflexiones a colación con motivo de la pretensión del Gobierno aragonés de lanzar lo que él llama el Pacto por la Ciencia en Aragón. Y no lo cito para criticarlo, y menos aún para oponerme a él, sino para poner de manifiesto que cuanto en él, hasta el momento, está contenido no representa ninguna novedad, sino más bien el afán de envolver en declaración grandilocuente y altisonante, con pretensión casi de marcar un comienzo del calendario histórico de Aragón, lo que ya se viene haciendo por el Gobierno actual, que, en el fondo, no es sino la continuación de lo que ya se venía haciendo por los gobiernos anteriores.

Es cierto que la gestión del conocimiento es fundamental en esta economía competitiva y global, pues la tecnología, el capital y los medios de producción ya no son elementos diferenciales en un mundo globalizado.

Es igualmente verdad que con los países emergentes ya no podemos competir en costes, sino solo en calidad, en formación y en alta tecnología. Por eso, la gestión del conocimiento y la excelencia en esa formación y esa alta tecnología son claves para estar entre los mejores.

No es menos riguroso afirmar que la posición de Aragón en cuanto al gasto en porcentaje del PIB dedicado a la investigación debe mejorarse sustancialmente, superando la media nacional, y buscando sinergias con otros sectores productivos, para situar a nuestra Comunidad entre las regiones europeas con mayor nivel investigador.

Resulta siempre conveniente pregonar que las telecomunicaciones, la informática, la robótica, la nanotecnología, la salud, la biotecnología, las energías renovables, los transportes y la seguridad son áreas estratégicas de investigación y desarrollo para Aragón. Y es un motivo de orgullo contemplar que, en estos momentos, nuestra Comunidad ya es un referente en la investigación relativa a la nanotecnología, la biorrobótica y la tecnología de fibra óptica.; y afirmar que en torno a estos tres ámbitos, junto con la biotecnología y las ciencias cognitivas, se pueden impulsar proyectos tecnológicos ambiciosos que hagan de Aragón una Comunidad líder.

A nadie se le oculta que es necesario aprovechar esta situación de excelencia, este indiscutible punto fuerte, para intensificar la colaboración universidad-empresa, identificar los proyectos actuales nacionales y europeos en los que participan entidades aragonesas, e incentivar los foros de encuentro y de intercambio de conocimiento.

Y, por supuesto, la Administración debe crear condiciones para hacer proyectos de investigación a largo plazo no solo con los centros de investigación de Aragón, sino también involucrando a las empresas, favoreciendo que la financiación se dirija a los nichos de excelencia y a los grupos emergentes, y organizando la formación de acuerdo con las necesidades empresariales.

Todo esto, y mucho más de lo que se podría hablar, y que con unas u otras palabras, se encuentra espolvoreado por el documento actual del Pacto, está dicho, recogiendo el sentir general de los expertos, en la Estrategia Aragón 2025 que el Partido Popular de Aragón lanzó hace años.

Si me he referido a ello no es, como ya he dicho, para desprestigiar el pretendido Pacto por la Ciencia, sino para ubicarlo en su sitio correcto y poner de manifiesto que lo verdaderamente interesante y necesario, al margen de la agradable literatura que contiene, es que la política de Innovación e Investigación dé el salto necesario que requiere en el ranquin de dotaciones presupuestarias, y que, hasta la fecha, no ha dado.

La Política de Innovación en Aragón

mayo 27, 2016

La innovación en Aragón está caracterizada por una gran estabilidad a lo largo de lo que va de siglo. Analizando los datos que depara el Instituto Nacional de Estadística desde comienzos de los años 2000, puede observarse que el lugar que ocupa Aragón en el conjunto de las Comunidades Autónomas, según los indicadores más característicos con los que se suele medir la innovación, se mantiene prácticamente en la misma posición desde hace más de una década

En cuanto al número de empresas con actividad innovadora, ocupando Aragón en 2006 la séptima posición, tras pasar los años 2009, 2010 y 2011 a la octava, en 2014 ha vuelto a estar en la séptima, en una muestra elocuente de su relativa inmovilidad.

En intensidad de innovación de las empresas, entendida ésta como el porcentaje que representan los gastos totales en actividades innovadoras en el monto total de la cifra de negocio de las mismas, tras una pequeña disminución desde el 2006 al 2011, pasando de la tercera posición nacional a la quinta, sigue estando en estos momentos en la quinta.

Y con respecto al número de empresas tecnológicamente innovadoras, Aragón se encuentra en el octavo puesto prácticamente desde el año 2008, idéntica situación a la contemplada si se atiendo al monto de los gastos totales en innovación.

Todo ello, y sin perjuicio del relativismo con el que hay que tomar siempre los análisis estadísticos, pero sin prescindir tampoco del valor orientativo que tienen, permite abundar en lo que decía al principio, en la relativa estabilidad de la innovación en Aragón a lo largo de este siglo, poniendo de manifiesto que, en líneas generales, la política de innovación que ha mantenido el Gobierno de Aragón ha sido sustancialmente la misma con independencia de los partidos que en las distintas épocas lo han sustentado

Esta circunstancia de estabilidad al margen de los colores políticos de los agentes públicos, que puede ser muy benefactora y deseable para ciertos asuntos, no lo es, a mi juicio, cuando se pretende, como es el caso de la innovación, convertir a Aragón en una Comunidad líder en la materia. Esa condición de liderazgo, que se mide por la ventaja de una Comunidad Autónoma frente a las demás, es incompatible con el estancamiento en el tiempo que las cifras antes comentadas ponen de manifiesto.

Si se pretende que Aragón ascienda sustancialmente en el ranquin de Comunidades Autónomas en esta materia se requiere un potente revulsivo, que no se ha dado hasta el momento. La mera continuidad de la política seguida hasta ahora por todos los gobiernos no conduce a esa posición de liderazgo deseada, sino simplemente a mantener las posiciones que ya se tienen. Solo un cambio auténtico cuantitativo y cualitativo, y no meramente literario, como se percibe en los discursos actualmente, puede generar el golpe de timón que la política de innovación requiere, si se quiere lograr lo que se predica.

Y para ese golpe de timón estratégico hay en la dimensión innovadora de Aragón puntos fuertes en los que poder apoyarse. En lo referente al porcentaje de la cifra de negocios de las empresas que representan los productos nuevos o mejorados, Aragón está la segunda Comunidad, solo superada por el País Vasco. Y en lo tocante al porcentaje de empresas con innovación no tecnológica, tan solo es superada por Cataluña, Madrid y Valencia.

Hace ya más de cinco años, la Comisión Europea declaraba que, tras haber atravesado la peor crisis económica desde los años treinta del pasado siglo, la única forma para conseguir la restauración de los puestos de trabajo destruidos y lograr prosperidad consiste en mejorar la innovación en todos los aspectos, desarrollando nuevos productos y servicios.

Esta solemne afirmación, aceptada ya de forma general, constituye una de las bases del actual pensamiento económico, y obliga a utilizar adecuadamente el potencial científico y tecnológico de cualquier Comunidad o país para la generación de innovaciones.

El desafío de Aragón en esta hora de España y de Europa, como todos los grandes desafíos vitales, tanto personales como sociales, no es unidireccional, sino mucho más complejo. Requiere una amplitud de miras suficiente para contemplar simultáneamente todas las dimensiones en que descansa. Pero sin duda alguna, una de esas dimensiones, en el aspecto económico, es la innovación. Pasar de las palabras a los hechos, superar la política de meros discursos para adentrarse con realismo y decisión en la modificación de la realidad actual, y sentar bases sólidas para un vigoroso futuro es lo que, a mi juicio, requiere una política de innovación que cambie realmente la situación.

La libertad de enseñanza

mayo 2, 2016

El Gobierno de Aragón ha introducido en la Ley de Ordenación del Sistema Universitario de Aragón una disposición concerniente a la implantación de grados que, a mi juicio, es inconstitucional porque atenta contra la libertad de enseñanza consagrada en la Constitución.

Dicha disposición, que impide a los centros de educación superior privados la implantación de nuevas enseñanzas si ello supone duplicidad con las existentes en los centros universitarios públicos, establece una diferencia de requisitos y condiciones según se trate de una universidad pública o privada, contraviniendo lo dispuesto en la Ley Orgánica de Universidades, de rango superior a la normativa aragonesa, que impide cualquier diferencia a esos efectos entre un tipo y otro de universidad.

Ese cambio en la legislación aragonesa establece una discriminación entre universidades, supeditando la autonomía académica de una de ellas a la autonomía académica de la otra, imponiendo, por esa vía, una especie de subordinación o dependencia jerárquica, hasta el punto de llegar a prohibir, en la práctica, que unas determinadas enseñanzas se puedan implantar en una universidad por razón de su titularidad, en este caso privada.

Dicho afán de supeditación universitaria, impropio de un Gobierno democrático, pone de manifiesto que no se entiende, o no se quiere entender, lo que son las universidades privadas, ni el papel que juegan en la sociedad ni el reconocimiento que de ellas hace la legislación básica española en la materia.

Las universidades, todas ellas, realizan el mismo servicio público de educación superior. Es cierto que hay requisitos que pueden exigirse a la universidad pública a los efectos de garantizar plenamente el derecho a la educación de los ciudadanos en el ámbito superior; pero a las universidades privadas no les corresponde ni natural ni jurídicamente, al menos en igual medida, esa tarea, debiendo estar más atentas a la voluntad del fundador, al ideario que inspiró su creación y determinó el elenco de sus fines, que a otras consideraciones de política educativa que pueden regir imperativamente para la universidad pública.

El ideario de las universidades privadas puede ser tan variado como admite la legislación básica universitaria para su creación y autorización. La defensa de los valores occidentales, la acentuación de la personalidad emprendedora, la defensa del humanismo cristiano o el concepto religioso de la vida son algunos de los variados fines que pueden inspirar la creación de una universidad privada. Y al cumplimiento de estos fines, junto con la calidad educativa exigida por la legislación, se debe la instancia última de su programación universitaria y no a ninguna otra pretensión de la política educativa del Gobierno de turno, al que sí tiene que atender inexorablemente la universidad pública.

Resultan falaces ciertos argumentos con los que algunos pretenden diferenciar la universidad pública de la privada, aduciendo que la primera existe para garantizar un derecho ciudadano y la segunda no deja de ser un negocio privado, otorgando con ello un nivel ético superior a la primera, justificador, a su juicio, de cualquier supeditación jerárquica. La falacia de dicho planteamiento, cargado de prejuicios doctrinales, es evidenciada por la propia legislación cuando sitúa a las dos universidades en el mismo nivel jurídico poniendo, claramente de manifiesto que su existencia no contrapone un derecho a un negocio, sino que ambas sirven al mismo derecho, haciendo compatible ese servicio con fines no exactamente iguales, pero igual de legítimos en todo caso.

La generación de conocimiento en todos los ámbitos, su difusión y su aplicación para la obtención de un beneficio social o económico, son actividades esenciales para la mejora de la sociedad en todos los órdenes. El avance hacia un modelo productivo basado en la innovación como una actividad sistemática que penetre todos los ámbitos de actividad humana es algo a lo que pueden contribuir de forma poderosa las universidades. Pero no solo desde el aspecto productivo o económico, sino también desde el más profundo de la transformación de la sociedad hacia valores más humanos que establezcan relaciones de mejor convivencia. La introducción del espíritu universitario de búsqueda de la verdad en todos los ámbitos de la sociedad constituye, a mi juicio, un elemento clave en la mejora de la vida colectiva. Y no se puede hablar de un verdadero espíritu universitario buscador de la verdad si esa búsqueda no se realiza en libertad.

Por ello, el paso dado por el Gobierno de Aragón al introducir en la vida universitaria lo que, a mi juicio, atenta contra el principio de la libertad, libertad de educación en este caso, supone un grave paso atrás, una regresión a un oscurantismo alejado no solo del verdadero espíritu universitario, sino del auténtico talante democrático, envolviendo en una sombra de desprestigio a todo el sistema universitario aragonés, incluida la universidad pública a quien supuestamente se pretende ayudar con esa medida.

Hay situaciones en la vida personal y en la vida pública en las que, como asegura esa famosa sentencia de la filosofía popular, “rectificar es de sabios”. Yo creo que éste es uno de los momentos en que el Gobierno aragonés debería aplicarse a esa “sabiduría” y, haciendo caso a la petición de la oposición, desandar el camino torpemente andado y restaurar en Aragón la libertad de enseñanza.

 

 

Los libros de los Macabeos

marzo 28, 2016

Hace unos días, y dentro del ciclo de conferencias que viene organizando la Acción Católica de Zaragoza sobre los distintos libros de la Biblia, tuvo lugar la relacionada con los Libros de los Macabeos. Las exposiciones de dicho ciclo, además del natural interés que la propia temática suscita, tienen el atractivo adicional de estar desarrolladas por aficionados, es decir, por personas que no son expertas en la materia y que, por lo tanto, no se acercan a esa tribuna a impartir ninguna lección magistral, sino a dar testimonio personal de sus reflexiones ante la lectura y meditación de dichos textos.

Los Libros de los Macabeos, completamente históricos a pesar del estilo literario de su escritura, constituyen una de las últimas aportaciones del pensamiento judío antes del advenimiento del cristianismo y gozan, por lo tanto, del interés de la proximidad en el tiempo a los acontecimientos iniciales de la era cristiana.

Son libros que no se consideran sagrados por los judíos, ni por los protestantes, únicamente los católicos admiten su carácter inspirado, aunque no desde siempre, tan solo desde que los declaró de esa forma el concilio de Florencia, en 1441.

Al margen de los contenidos religiosos comentados en la mencionada conferencia, se puso también de manifiesto la dimensión política de los mismos, no solo por la tensión que traslucen entre modernidad y tradición, común a cualquier época histórica, sino también por la complicada relación existente en todo momento entre política y religión.

El núcleo de cuanto a lo anterior hace referencia lo constituyen las tensiones existentes en el pueblo judío del momento entre el helenismo, como cultura dominante de la época, y las tradiciones hebreas.

Tras las conquistas de Alejandro Magno, la cultura griega, el helenismo, arraigó enseguida en el oriente próximo. En Jerusalén había un grupo fuerte de judíos helenizantes que optaban por la modernidad y el progreso que representaban los valores griegos. Consideraban que la causa de los desastres acaecidos al pueblo hebreo en los últimos tiempos, el destierro de Babilonia y el sucesivo sometimiento a poderes extranjeros, se debía al hecho de haberse aferrado a sus antiguas leyes religiosas. Muchos de ellos incluso propugnaban nuevos comportamientos cívicos, sociales y religiosos, abogando por transformar sus propias costumbres, y, abrazando el espíritu sincretista del helenismo, pugnaban por abrirse a un nuevo enfoque del judaísmo y gozar de un estatuto religioso más acorde con la nueva cultura.

La rebelión de los Macabeos significó una lucha dentro del pueblo judío, un enfrentamiento entre dos grupos claramente delimitados: el de los defensores del helenismo y el de los partidarios de la tradición, abanderados estos por los Macabeos; confrontación que, al principio, no se dirigió contra el Imperio seléucida, la potencia dominante de su territorio, sino entre los propios judíos, con muchos rasgos de guerra civil. Solo más tarde, cuando los reyes seléucidas ayudaron a los helenistas, se convirtió en una guerra contra la potencia invasora. Y lo que comenzó siendo una lucha por la libertad religiosa terminó en una batalla por el poder político.

Tal vez fuera inevitable porque puede que, en aquella época, resultase imposible la libertad religiosa sin independencia política. Esto es lo que pensaban los Macabeos, pero otros grupos no lo pensaban así y fueron desenganchándose paulatinamente del movimiento macabeo, insatisfechos con su matiz político.

De la conferencia, y naturalmente de la lectura reposada de los libros, se pueden extraer reflexiones muy diversas, de las que, en estas líneas, me propongo resaltar tan solo dos de ellas: la fuerza actuante de las convicciones profundas y el destino de las disidencias.

Las convicciones profundas, esas creencias en las que se está arraigado y que constituyen el basamento de la visión personal del mundo y de las cosas, en la medida en que son auténticas, es decir, si están realmente encarnadas en la persona, mueven a las acción no solo por defenderlas, sino también por acomodar las circunstancias, y el mundo en general, según los patrones que ellas dictan.

Los Macabeos defendían una cierta visión del judaísmo mientras que los judíos helenistas sostenían otra distinta. Y los dos bandos lucharon, y lo hicieron a muerte, dando como resultado que unos ganaron y otros perdieron.

Y esta lucha, con el resultado inevitable de vencedores y vencidos, se repite a través de la historia siempre que hay una confrontación de antagonismos profundos. Y suele suceder que, al ser escrita por lo general la historia por los vencedores, que por razón de su victoria son los poderosos, los derrotados pasan a engrosar para siempre las filas de los disidentes, o de los herejes si se habla en términos religiosos, siendo el resultado de la lucha el causante de su ya inamovible condición. Por eso, toda herejía o disidencia, tanto en el terreno religioso como el aspecto laico, es, en el fondo, una opción que no ha triunfado y que ha sido condenada a ese calificativo precisamente por su derrota.

El yo humano

febrero 27, 2016

El Yo humano es el tema central y objeto de reflexión del último libro filosófico del profesor Ángel Cristóbal Montes, en el que, bajo el título Los Giros del Yo Humano Occidental, hace un recorrido por los distintos aspectos y circunstancias históricas de este concepto para desembocar en lo que puede considerarse la plenitud humana a través de lo que él llama “la mirada esencial”

El libro, como todos los libros filosóficos del profesor Cristóbal Montes, además de disertar con finura sobre una pléyade de conceptos sutiles, está escrito en un lenguaje elegante, casi sonoro, articulado en tríadas conceptuales de forma que las ideas aparecen casi en tres dimensiones, en relieve, aunando de esa forma la profundidad de pensamiento con la belleza expositiva, y procurando un placer exquisito al espíritu del lector

En su disertación aparece la idea medular del esfuerzo como categoría humana fundamental que, alejándose de las comodidades mentales de la vida moderna mal entendida, se erige como la base de la verdadera aristocracia espiritual. Como él mismo dice:“El yo humano que estamos tratando es el que alcanza con esfuerzo una etapa superior y al día siguiente ya está inquieto en ella, el inconformista, el dubitativo, el que ora acepta y ora rechaza, el que con una mano sujeta lo que con la otra afloja, el que está dispuesto al mayor esfuerzo y el que considera que siempre hay lugar para aquello que es superior”

Frente al pesimismo generalizado en amplias capas de nuestra sociedad por la crisis, la evolución de los acontecimientos internacionales, el terrorismo o la angustia vital que atenaza a gran parte de los países desarrollados, el libro es un canto a la esperanza activa, aquella que se apoya en lo logrado para seguir conquistando nuevas metas, según sus propias palabras: “Estoy convencido de que en Occidente el tipo humano normal de nuestros días tiene unas características tales que están produciendo un despegue vital que permite superar la visión catastrofista que durante el siglo XX atrapó a Occidente. La extensión del modelo democrático prácticamente a todo Occidente, la casi desaparición del modelo totalizante nazi y soviético que llevó a la humanidad al borde de la catástrofe, y la Unión Europea han logrado ya cosas que hasta hace poco parecían imposibles, y permite albergar la esperanza”

El canto a la persona y a las posibilidades humanas, lejos de aproximarle a cualquier concepción megalómana o supra humana, le lleva precisamente al reconocimiento humilde de sus limitaciones, y ello como condición indispensable para superarlas, basando la verdadera esperanza en el realismo, no en ninguna ensoñación artificial. Solo la verdad nos hará libres, insiste en repetidas ocasiones, y es esa verdad de nuestra pequeñez la que precisamente, cabalmente reconocida, nos posibilita para la grandeza en el sentido más humano de la palabra.

Pero a pesar de lo insondable del pensamiento humano y de sus posibilidades, el profesor Cristóbal Montes no se deja deslumbrar por ningún espejismo, sino que, asumiendo con valentía la realidad, se sitúa en la línea de los grandes pensadores, como él mismo dice

“Todos los egregios pensadores nos recuerdan que podemos avanzar hasta cierto punto y que podemos rondar las puertas del misterio, pero que no somos capaces de dar un solo paso en la dirección de desvelar la incógnita humana, quizá porque en permanentes palabras del patriarca Gadamer, “la verdadera experiencia es aquella en que el hombre se hace consciente de su finitud”

El libro, al llegar a este punto, parece como si estuviera preparando el camino para dar el salto hacia la trascendencia, como esperaba, al menos, el que estas palabras escribe. Pero no se puede perder de vista en ningún momento que se trata de un libro de filosofía, no de teología, y que ese salto en el vacío que la fe reclama para avanzar en el misterio de lo humano no es propio de aquella disciplina

Y sin embargo esa trascendencia la roza precisamente desde la frontera de humano, desde ese punto en que lo humano se atreve a vislumbrar lo que ya no es humano pero en cuyo vislumbre puede instalarse sin perjuicio de su propia humanidad. Y así aparece la cultura como ese lugar privilegiado para otear el insondable misterio de nuestra condición. O, según sus propias palabras:“La cultura es, probablemente, el fruto más exquisito y la realización más admirable que los hombres y los pueblos son capaces de producir, ya que, mediante ella, el ser humano alcanza la mayor altura espiritual e intelectual que es capaz de conseguir. Sin ella, todo lo demás se disminuye porque le falta el líquido vital para crecer y desarrollarse, y la vida colectiva misma se torna insulsa, bárbara y rutinaria porque no circula por sus venas ese impulso sagrado y sublime que eleva a los pueblos y los hace probar la ambrosía y el néctar de los dioses”

Los Giros del Yo Humano Occidental es un libro, a mi juicio, para leer con calma, meditar con sosiego y saborear con delectación.

La gran coalición

enero 11, 2016

Las elecciones generales del pasado mes de diciembre han dado un resultado que sitúa la vida política española en una encrucijada inédita y la gobernación del país con el mayor grado de complejidad conocido hasta el momento.

Es, sin duda, la hora de los grandes políticos, de los que tienen altura pública para encarar los acontecimientos alambicados, de los que saben trascender su propio partido para entroncar con los planteamientos históricamente necesarios que suelen desbordar siempre los márgenes de sus propias formaciones, por amplios que estos sean. Más que de políticos, habría que hablar de estadistas, de ese género particular de hombres, o mujeres, públicos que saben avizorar a través de la niebla del momento, que anteponen el bien general a sus propias ambiciones, o a las de su partido, y que aciertan con lo que puede y debe perdurar, con aquello que supera la inmediatez del titular benévolo de los medios de comunicación para asentarse en el juicio favorable de los libros de historia.

Ese tipo el políticos es el que yo creo que hace falta en estos momentos para llevar a cabo lo que a mí me parece la mejor solución para superar y resolver la crisis de estancamiento en que han dejado a España las últimas elecciones generales: una gran coalición entre los tres partidos que no cuestionan la estructura del Estado actual ni la unidad del país al que ese Estado sirve

Me encuentro entre los que opinan que una coalición de gobierno formada por el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos es la mejor solución para lograr la estabilidad institucional que la salida de la crisis requiere, para llevar a efecto una reforma constitucional sensata, que preserve los valores fundamentales de la actual carta magna, que ponga en marcha los grandes pactos de Estado que en asuntos fundamentales el Estado de Bienestar reclama, que embride las ambiciones separatistas garantizando la unidad de España, y que lance el prestigio de una España moderna y de vanguardia a los cuatro puntos cardinales.

Me refiero a una coalición de gobierno, no a meros pactos de gobernación, sino a un ejecutivo integrado por los tres partidos mencionados, con ministros de las tres formaciones y un programa concreto de actuación en todas las materias afectadas.

Un gobierno de esta naturaleza supondría elevar a la categoría política de normal en España lo que es normal en el resto del Europa; representaría la verdadera novedad, la auténtica “nueva política” frente a la “vieja política”, entendidos estos términos en su valor más genuino, el que supera el mero reclamo propagandístico; y propiciaría un auténtico gobierno de centro, centrado como ninguno de los tres partidos en solitario podría garantizar por más apoyos que tuviera.

Para ello hace falta visión de Estado, grandeza política e inteligencia histórica, y que los partidos implicados sean capaces de ablandar las rigideces de sus estructuras para hacer posible lo que en condiciones normales parece impensable, superando antagonismos personales, pasando por encima de anteriores reyertas doctrinales y encorsetamientos ideológicos, y mostrando con claridad que el núcleo de lo irrenunciable es compatible con la elasticidad en lo que no es tan trascendente.

A través de esta tribuna periodística vengo defendiendo desde hace algún tiempo, en contra de lo que afirman algunos partidos que pretenden hacer ver que solo con ellos comienza la democracia, que no es necesaria una Segunda Transición en España. La transición que desembocó en la Constitución de 1978 consistió básicamente en pasar de un sistema dictatorial a un sistema democrático, al sistema de la democracia representativa. Y desde la democracia representativa no hay que transitar a ningún sitio, a ningún otro sistema, salvo que, bajo el señuelo de progreso, se pretenda regresar, con ropaje moderno y discurso falsamente ilustrado, a algún tipo de sistema parecido al viejo.

El sistema político que tenemos, el de la democracia representativa, es el mejor de los posibles, y el que permite las combinaciones que sean precisas para la mejor gobernación de cada momento. Si éstas no se producen no es por culpa del sistema, sino de sus políticos, y son éstos los que precisan ser renovados, no las estructuras del sistema

Por eso me parece oportuno poner el énfasis en la responsabilidad de los partidos que defienden el sistema frente a los antisistema, tanto si éstos son de ámbito regional como nacional. Y ello, porque, en última instancia, el fondo de la dialéctica política en esta hora de España, la nueva polarización de las ideas políticas gira en torno a mantener o cambiar el sistema. Esta es la nueva dicotomía básica de la vida política española. Y por eso, ante esta polarización, reitero que un gobierno de gran coalición entre los que defienden el sistema es la mejor solución para este momento español.

 

La política común de seguridad y defensa

enero 2, 2016

Los atentados de noviembre pasado en París han venido a añadir nuevos elementos de reflexión a la ya cargada agenda de preocupaciones europeas, poniendo de manifiesto que la crisis por la que atraviesa la Unión Europea no solo es de economía, de competitividad, de soberanía o de inmigración, sino también una crisis de seguridad y de relaciones internacionales.

Dichos atentados, además de exigir una urgente movilización para garantizar la seguridad de los ciudadanos, obligan también a una profunda reflexión sobre el momento en que se encuentra la Unión. Las reacciones políticas que se han producido, sin perjuicio de reconocer su valor con nitidez, han evidenciado también la inexistencia, en el grado necesario, de una de las piezas fundamentales de la construcción europea: la Política Común de Seguridad y Defensa, sin la cual no puede llegarse a una verdadera unión política.

Es cierto que la Unión Europea necesita un mercado digital y financiero único, renegociar adecuadamente con el Reino Unido para evitar el triunfo del no en el referéndum que Cameron ha anunciado, lograr con eficiencia la unión bancaria y fiscal, y muchas otras cuestiones de índole semejante. Pero, junto a todo eso, es necesario plantearse, con un rigor y una fuerza que hasta ahora no se ha hecho, la necesidad de redoblar el paso y el esfuerzo hacia esa completa unión política, de la que se habla, pero no se llega.

El cántico espontáneo y vibrante de la Marsellesa por un grupo de personas a la salida del estadio el día del atentado de París resultó emocionante por lo que ese himno tiene de cántico a la libertad. Pero es preciso no confundir ese sentimiento, consustancial con la Unión Europea, con la evocación que tiene también sobre la pervivencia de Francia como Estado soberano.

No es la vuelta a los nacionalismos de Estado lo que la Unión Europea necesita en este dramático momento, sin duda uno de los peores desde su fundación, sino, precisamente, todo lo contrario: su superación, el impulso de avanzar con decisión a esa unión supranacional que es mucho más que la unión económica, bancaria o fiscal, y que pasa por lo que todavía no existe, por esa común seguridad, tal como está contemplada en sus tratados fundamentales.

Para que exista una verdadera política de defensa europea se precisan muchos pasos. Es necesario poner en disposición común la fuerza militar de los Estados Miembros, activar el papel de la Agencia Europea de Defensa como organismo facilitador de dicha tarea, aprovechar en común la investigación en tecnologías de defensa, fortalecer la base industrial y tecnológica del sector y mejorar la eficacia de su gasto.

Es necesario también que el Consejo de la Unión Europea sea quien defina los objetivos de las misiones y no la jefatura de uno de los Estados, por atribulado que en ese momento pueda encontrarse. Hace falta replantear las relaciones de la Unión Europea con la OTAN y establecer un concepto estratégico basado en unas prioridades claramente definidas. Todas éstas son cuestiones necesarias, pero insuficientes para poder hablar de una auténtica política defensa común. Lo que se precisa, junto con todo lo anterior y otras cuestiones similares, y es lo verdaderamente determinante, es la voluntad política de lograrlo

La actual falta de confianza en el desarrollo de la Política Común de Seguridad y Defensa ha conducido, entre otras disfunciones, al establecimiento de una triple representación exterior de la Unión personificada en el Comisario de Relaciones Exteriores, el Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común y la Presidencia, con la consiguiente pérdida global de eficacia.

El espectáculo del jefe del Estado francés, tras su apelación a la cláusula de asistencia mutua del Tratado de Unión Europea y la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, peregrinando por distintos países en busca de aliados para una guerra que él ha declarado, puede ser emocionante por la carga afectiva de solidaridad con todas las víctimas de los atentados de días pasados y por el deseo de que eso nunca más vuelva a ocurrir. Pero pasados los momentos de las emociones, lo que pone claramente de manifiesto es la ausencia clamorosa de una autentica política de defensa común europea.

No es la Marsellesa, a pesar de su indudable belleza musical y su evocación de libertad, el himno que debe salir de los corazones de los europeos, sino la Oda a la Alegría compuesta por Beethoven para su novena sinfonía, el Himno Europeo, que no sustituye a ningún himno nacional sino que celebra los valores que todos los europeos compartimos

 

Recordando a Ortega

noviembre 26, 2015

La actualidad política nacional se encuentra atravesada hace ya tiempo por la incalificable actuación del presidente de la Generalitat de Cataluña y el conjunto de despropósitos políticos que viene propiciando en aras de un soberanismo que, a mi modo de ver, no tiene ninguna salida en estos comienzos del siglo XXI.

Es inadmisible que quien ostenta la máxima autoridad del Estado en un territorio se dedique precisamente a intentar destruirlo. Resulta igualmente condenable que quien, por su cargo, está obligado a guardar y hacer guardar la Constitución ocupe toda su actividad política en vilipendiarla y toda su imaginación en zafarse de ella. Y constituye una vergüenza democrática, y es prueba de un cinismo incomprensible, que se invoquen los deseos de un sector de la población para subvertir el orden democrático alegando que dichos deseos tiene capacidad de soberanía para destruir la democracia.

Ante esta situación, caracterizada también por otros muchas acciones igualmente detestables, algunos proponen reformar la Constitución, como si ello fuera el bálsamo de Fierabrás, para buscar un supuesto encaje de Cataluña en España a base del reconocimiento de no se sabe qué características especiales que, según ellos, diferencian a los catalanes del resto de los españoles. Y todo ello dentro de un debate nacional en el que, a mi juicio, convine tener, junto con el sosiego, la luz suficiente para discernir los acontecimientos y situarlos en el verdadero marco de dimensión.

Y en esta labor de discernimiento, considerando además que toda ilustración nunca es ociosa, me parece muy oportuno recordar aquel famoso discurso de Ortega Y Gasset en las Cortes de 1.932, cuando se pretendía  resolver “de una vez por todas” el problema catalán, y reflexionar sobre cuanto en él se contiene, por más que la sola mención de aquella pieza oratoria irrite a una parte de los actuales políticos nacionalistas catalanes.

Ortega sostenía que era ilusoria esa pretensión  de resolver el problema porque, sencillamente, no tenía solución, y que, por lo tanto, lo que había que hacer es aprender a “conllevarlo”. Y fundamentaba esa afirmación catalogando el problema catalán como el creado por cualquier nacionalismo particularista, definiendo éste como “un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades… y que siente, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos.”

Pero junto a los catalanes que no quieren ser españoles, existen aquellos que se sienten al mismo tiempo catalanes y españoles y que, por lo tanto, quieren vivir en España y con España; de ahí la  disociación perdurable de la vida catalana que hace que su llaga histórica perviva y rebrote de vez en cuando con intensidad variable.

Y para ir conllevando el problema proponía Ortega lo que la Constitución española de 1978 entronizó con tanto éxito: la autonomía del conjunto de las regiones españolas.

Me encuentro entre los que piensan que reafirmar con vigor el Estado Autonómico que la Constitución proclama es la tarea verdaderamente urgente de este momentio político, pero reafirmarlo con la valentía de corregir los desajustes que el paso del tiempo haya podido ocasionar, y sin menospreciar ninguno de los artículos fundamentales y menos aún aquellos que garantizan la salud del conjunto aunque sea con aplicaciones de un rigor excepcional.

Pero es cierto que con ello no se resuelve la parte insoluble del problema catalán, la que se deriva del nacionalismo irreductible. Y en este asunto aquel discurso alcanza también cumbres dignas de reflexión.

Decía Ortega: “La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos leyes ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y los reabsorbe.”

Y continuaba diciendo: “Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Tenemos delante la empresa de hacer un gran Estado español. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi todos ha faltado hasta aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”

Este afán por un gran Estado español, adecuadamente imbricado hoy en la construcción de una vigorosa Unión Europea, por la que también Ortega abogó planteándola bajo la forma de los Estados Unidos de Europa, me parece el horizonte de ilusión política más alto que puede tenerse en esta hora de España.