Balance de dos años

julio 18, 2017

En este mes de julio se cumplen los dos años de andadura del actual Gobierno de Aragón. El “paso del Ecuador”, tanto en los asuntos privados como en los públicos, es siempre un momento oportuno para la reflexión, para analizar lo que se ha hecho en comparación con lo que se debería haber hecho, y para pasar revista también a esas cuestiones que nunca debieran haberse hecho y que, por desgracia, se hicieron.

En lo referente a Investigación e Innovación, desde el primer momento de existencia del Gobierno actual, el que esto suscribe mostró su consonancia con las líneas políticas por las que pretendía andar el Gobierno, dándose de entrada un consenso previo, producido de forma espontánea, sin ningún forzamiento, compartido, con los matices que fueran necesarios, por el conjunto de fuerzas políticas y que ha hecho posible que esta materia constituya una auténtica isla en medio de un océano de agudas discrepancias.

Bien mirado, este planteamiento no tiene nada de sorprendente, pues, en esta materia, el Gobierno actual está haciendo lo mismo que el anterior, y éste, a su vez, siguió la misma línea que el que le precedió, dándose prácticamente desde principio de siglo una coincidencia sustancial entre todos los grupos en lo referente a la línea política adoptada. Lo cual tampoco tiene nada de particular si se considera que esas líneas políticas que suscitan el consenso no son más que los planteamientos de la Unión Europea, materializados en distintos documentos, y en concreto, en la Estrategia 2020, que han sido asumidas en su plenitud por la Estrategia del Gobierno español, y que nadie en occidente critica ni discrepa.

Este es el escenario de fondo que ha hecho posible, sin gran esfuerzo por parte de nadie, la elaboración del Pacto por la Ciencia en Aragón, con unos contenidos frente a los cuales no es la asunción lo complicado, sino su rechazo, porque contienen, con una literatura más o menos interesante, lo que la doctrina europea dice en estos momentos en esta materia. Ese Pacto, al que el Gobierno se empeña en dar una importancia superior a la que tiene, con no ser ésta pequeña, está permitiendo que el Gobierno caiga complacientemente en la tentación de pensar que con él empieza el mundo en este campo, lanzándose a unos discursos grandilocuentes en los que solo falta la intención de hacer coincidir el arranque del calendario con el día de su toma de posesión.

Pero sin dejar de estar de acuerdo en los rumbos que está llevando el Gobierno en esta materia, me parece igualmente oportuno poner de manifiesto algunos defectos de gestión que pueden terminar, si no se corrigen, por hacer infecundo ese consenso inicial y dar al traste con las mismas pretensiones del Pacto por la Ciencia.

El primero es la escasez de apoyo público a las actividades de I+D+i, por más que la situación económica actual haya permitido llegar en los presupuestos a unas cotas imposibles en la época de la crisis, pero insuficiente a todas luces. Y precisamente en esa comparación con el tiempo pasado se escuda permanentemente el Gobierno para ocultar que la verdadera comparación debe ser con los retos planteados, precisamente ahora que hay nuevas posibilidades económicas.

A pesar de constituir esta materia el eje central de los discursos oficiales, a la hora de la verdad presupuestaria, el incremento no pasó del cuatro por ciento de todo el aumento que el presupuesto de 2017 representaba en comparación con el del año anterior, predicando el Gobierno que se había llegado a invertir el 1,4% del presupuesto no financiero, como si de una auténtica “Pica en Flandes” se tratara, cuando desde el principio de la legislatura, y por unanimidad, todos los gropos aprobaron la cifra del 2% como imprescindible para lograr los fines perseguidos.

El segundo defecto de gestión es la falta de información. Existen innumerables páginas web, estadísticas de diferentes grados, estudios del detalle que se quiera, pero todo esto, que proporciona datos interesantes, no alude a los fundamentales, en torno a los que existe un gran silencio y una opacidad digna de mejor causa. Sobre los diferentes grandes proyectos que están en curso o son materia de revisión anunciada, se ha pedido por activa y por pasiva que se clarifiquen sus respectivas situaciones, de forma que se pueda ver en qué punto se encuentran y qué perspectivas tienen, sin obtener repuestas que vayan más allá del “estamos trabajando” o expresiones por el estilo.

Y el tercer gran defecto de gestión, agrandado a mi entender porque el Gobierno no es ni siquiera consciente de él, con lo que ello supone de dificultad añadida para su solución, es el de la coordinación. Hay brillantes institutos de investigación repartidos por todo Aragón que albergan investigadores sistemáticamente premiados por instancias fueras de nuestra Comunidad; el potencial investigador sanitario es notable; lo es también el industrial; no lo es menos el agroalimentario; existen prestigiosos institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que, junto con los dependientes del Gobierno autonómico convierten a Aragón en una potencia investigadora, y otras muchas instancias dignas de mención. Pero no existe ninguna dirección colectiva, ninguna orientación estratégica unitaria del potencial investigador que, sin perjuicio de las estrategias técnicas de los distintos planes existentes y sin menoscabo de la libertad intelectual de los investigadores, pueda marcar unos rumos indicativos de por dónde debería ir el conjunto de la investigación en Aragón.

La imagen expresada en algún debate parlamentario de que, en este aspecto, la situación de Aragón sería comparable a la de una orquesta con brillantes profesores pero que careciera de batuta directiva me parece que visualiza de forma muy gráfica la situación.

Con todo lo anterior, y considerando como telón de fondo ese consenso existente en lo básico y el gran potencial investigador que existe en nuestra Comunidad, cabría terminar estas líneas trayendo a reflexión aquel verso del Cantar del Mío Cid, que decía: “¡Oh Dios que buen vasallo si hubiese gran señor!”

 

¿Los Estados Unidos de Europa?

junio 23, 2017

La elección de Macaron como presidente de la República francesa ha arrojado un soplo de aire fresco sobre los problemas de Europa. Hacía tiempo que no se oía a un mandatario continental hablar con tanta claridad y entusiasmo sobre la Unión Europea. La sombra de los nacionalismos de Estado, más o menos oculta, dejaba verse por detrás de las afirmaciones más aparentemente europeístas. Había, y lo sigue habiendo, una cierta contención dialéctica para no ir con las palabras más allá de lo “políticamente correcto” en materia europea, habida cuenta del complejo equilibrio de intereses puestos en juego. Pero la postura de Macron, por lo menos hasta el momento, ha supuesto una cierta ruptura con esa pusilanimidad política. Decir que hay que refundar la Unión Europea, aunque sea dicho en un contexto de frenar el populismo derechista de su contrincante Le Pen, tiene, o puede tener si se siguen de ello sus consecuencias, un gran valor político.

No es ocioso recordar en estos momentos las palabras de ese gran europeísta español que fue Ortega y Gasset cuando decía que de una institución lo más grande que puede decirse es que necesita ser reformada, porque eso es tanto como afirmar que su existencia es imprescindible y que, además, es capaz de nueva vida. Exactamente lo que, a mi juicio, puede predicarse en estos momentos de la Unión Europea.

A pesar de todas las crisis y sinsabores económicos de la actual situación, me alineo entre los que piensan que la existencia de la Unión Europea es imprescindible y que, además, es capaz de nueva vida. Y a eso quiero pensar que alude el espíritu de las palabras de Macron dando a entender que  es preciso refundar la Unión Europea, con toda esa carga que implica siempre todo volver a empezar, pero apoyándose también en logros que el tiempo ya ha confirmado como sustanciales y sobre los que puede articularse una nueva singladura.

Por otra parte, el Gobierno que ha formado Macron en Francia, incluyendo en torno a su mesa a conservadores, moderados, socialistas, liberales y ecologistas habla a las claras de su vocación, al menos inicial, de conducir la vida pública de Francia por el centro político, por esa confluencia de la izquierda y la derecha democráticas que, en alianza de acción, logren una gobernación realmente centrada, conveniente siempre, pero más aún en los grandes momentos de crisis, como está atravesando Europa en estos tiempos.

Salvando todas las distancias, a mí me recuerda de alguna manera aquella formación española de la Unión de Centro Democrático que tan buenos resultados dio para nuestro país, logrando una transición ejemplar de la dictadura a la democracia, y preparando el solar de la política española para muchos años de fecundidad que solo ciertas irresponsabilidades actuales quieren poner en entredicho.

La creación de los Estados Unidos de Europa, con un claro avance hacia el federalismo integrador puede ser el revulsivo que logre fomentar el necesario sentimiento cívico europeo, al tiempo que renueve las instituciones, fortaleciéndolas, y encauzando de manera definitiva una política económica superadora de los pasados errores.

El primero que habló en público sobre los Estados Unidos de Europa fue Aristide Briand, político francés de principios del siglo XX, y ministro de Asuntos Exteriores de ese país cuando lo propuso ante la Sociedad de Naciones, en 1929.

También Ortega y Gasset, europeísta convencido y militante, se refirió en numerosas ocasiones a esa expresión para sintetizar en ella la necesidad de dar forma a la unión de los europeos, porque, decía: “La unidad de Europa no es una fantasía, sino que es la realidad misma; la fantasía es precisamente lo otro, la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas e independientes”

Y Winston Churchill también se explayó en esa necesidad de la unión cuando, a partir de su famoso discurso en la Universidad de Zúrich, en 1946, inició su campaña por una Europa unida, alentando con su prestigio y su voz autorizada las primeras sesiones en Estrasburgo del Consejo de Europa.

Los Estados Unidos de Europa pueden ser una solución, pero pueden igualmente existir otras. Lo verdaderamente importante en estos momentos es que sea cual fuere la fórmula con la que se pretenda refundar la Unión se haga con el espíritu fundacional, con lo que algunos han calificado el “espíritu de Stresa”, aquella pequeña ciudad del norte de Italia en donde arrancó la primera política realmente europea, la Política Agraria Común.

Como lo definió el ministro italiano de Agricultura del Gobierno del democristiano Amintore Fanfani, Mario Ferrari-Aggradi, en el discurso final de la conferencia que dio origen a aquella política, se trataba de la voluntad sincera de los allí reunidos de convertirse en una unidad política real, a base de establecer lazos cada vez más estrechos a través de la mutua comprensión, la eliminación sistemática de absurdas barreras artificiales surgidas de prejuicios históricos, y la afirmación de una fe sincera en la futura Europa unida.

¿Dos velocidades?

mayo 28, 2017

En la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno europeos celebrada en Bruselas el pasado 10 de marzo se puso de manifiesto la predisposición de algunos Estados importantes como Francia, Alemania, Italia y España de encarar el desafío que representa la salida del Reino Unido de la Unión Europea con una intensificación de la integración en la forma que se ha dado en llamar de “dos velocidades”.

Es natural que a la mayor parte de los países del este no les entusiasme la idea y que tanto Hungría, como la República Checa o Eslovaquia, capitaneados en esa protesta por Polonia, muestren su desacuerdo y digan que esa fórmula podría poner en peligro la propia integridad de la Unión Europea.

No es fácil la solución de los actuales problemas europeos. La marcha del Reino Unido ha sido, sin duda alguna, un mazazo que ha puesto en cuestión gran parte de lo logrado hasta el momento y obliga, necesariamente, a reflexionar con parámetros distintos de los empleados hasta ahora. Hay situaciones en la vida de los pueblos, y de las instituciones en general, en las que no ir hacia adelante supone necesariamente retroceder. La Unión Europea se encuentra en esta angustiosa disyuntiva.

Como dijo el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, en la cumbre citada, las “dos velocidades” no pretenden levantar ningún tipo de “telón de acero entre el este y el oeste, sino permitir el progreso de aquellos que quieren hacer más”. Y este es, a mi juicio, el meollo de la cuestión. La Unión Europea no puede concebirse sólo como un mecanismo para obtener fondos, como unas fecundas ubres para nutrir el desarrollo de los países más atrasados, sino como un proyecto colectivo superador de viejos conceptos estatales y generador de una nueva ciudadanía que no tenga en el pasado sus elementos de referencias sino en una “voluntad de ser” lo que no se ha sido todavía.

Tal vez sea pronto para decirlo, y en esta posible prontitud podría radicar el error de un planteamiento precipitado, haciendo con ello cierta aquella máxima política de que “peor que no tener razón es tenerla antes de tiempo”. Pero, me encuentro entre los piensan que tendrá que llegar el día en que la Unión Europea deje de ser una unión de Estados para convertirse en algo completamente supranacional.

Son los Estados nacionales los que representan al pasado; es el nacionalismo de Estado el que obstruye la construcción europea; son las soberanías nacionales las que dificultan la aparición de una nueva Europa. Y hasta tal punto es así, que, a mi juicio, esa ha sido, precisamente, la razón última del “Brexit”: Inglaterra no soporta dejar de ser Inglaterra. No lo ha soportado nunca, y, a pesar de que ya no es lo que fue, podríamos evocar el título de aquella novela de Miguel Delibes para decir que la sombra del imperio es alargada, aunque ahora ya no tenga imperio y casi ni sombra.

Lo he dicho repetidamente a través de estas líneas y creo que es necesario repetirlo de nuevo. Para la verdadera construcción de Europa es preciso que deje de ser percibida exclusivamente como un asunto económico, como un mero mercado de intereses. Hace falta apelar al corazón, a los sentimientos, a los afanes vitales y culturales de los europeos, sobre todo de las generaciones jóvenes , las que no están ancladas en las estructuras del pasado y anhelan algo distinto, algo que les aporte una existencia mejor que la de sus padres o sus abuelos en todos los aspectos. No es seguro que para lograr esto la fórmula de las “dos velocidades” sea la solución, pero tampoco es seguro que lo contrario sea cierto. Y, desde luego, lo que, a mi juicio, está fuera de duda es que seguir como lo hacemos hasta ahora puede ser la mejor forma de llegar tranquilamente al desastre.

Algunos dicen que en esta hora de Europa hacen falta auténticos líderes, políticos que estén dispuestos a mirar por encima del horizonte de sus propias urnas electorales, que avizoren el futuro y sepan proyectar la idea de lo que no existe todavía. Yo estoy de acuerdo, pero considero que esa necesidad no es solo para esta hora de Europa, sino para cualquier hora. La exigencia de buenos políticos es permanente, no está constreñida a ningún momento concreto. Contemplando el panorama de los actuales líderes europeos, resalta todavía más la talla de los grandes líderes fundadores de la Unión Europea, y volver la vista hacia ellos para imbuirnos de su impulso no es mirar hacia el pasado, sino, al contrario, hacia ese futuro al que ellos apuntaron, y hacer votos porque surjan quienes puedan conducirnos a él.

Una ocasión perdida

abril 21, 2017

Los presupuestos para 2017 del Gobierno de Aragón, en materia de investigación y desarrollo, se pueden calificar como los correspondientes a “una ocasión perdida”. Y es lamentable que esto sea así porque en torno a esta temática, en la Comunidad Autónoma de Aragón existe un amplio consenso con respecto a lo que debe hacerse, hasta el punto de que dicha actitud se ha materializado en lo que se ha dado en llamar el “Pacto por la Ciencia, único entre todas las Comunidades Autónomas, y que plasma por escrito los deseos a los que todas las fuerzas políticas del arco parlamentario aragonés se han comprometido a dirigir su esfuerzo para que Aragón consiga, de acuerdo con los planteamientos de la Unión Europea, una situación de excelencia en esta materia.

Este pacto fija como objetivo medular de su existencia lograr, en el plazo de tiempo más breve posible, la media nacional española en lo referente al índice de medición de estos esfuerzos, que, según la nomenclatura oficial, se concreta en la proporción de los gastos a esta actividad dedicados en la Comunidad con relación a su Producto Interior Bruto. Si bien es cierto que el pacto, paradójicamente, concreta este objetivo sin concreción, es decir, diciendo que se consiga “cuanto antes”, no es menos cierto que una interpretación razonable de esa inconcreción podría ser que ese logro se consiga en la actual legislatura, o lo que es lo mismo, que lo consiga el Gobierno actual, porque si fuera diferido para otro gobierno tendría escaso sentido el empeño del actual por suscribir el mencionado acuerdo.

Pues bien, ante esta circunstancia, completamente nueva en la vida política aragonesa, el Gobierno en curso, en un año en el que, según su propio Consejero de Hacienda, se ha logrado un incremento histórico de las posibilidades de gasto, más de los doscientos cincuenta millones de euros, sólo dedica a este empeño algo menos del cuatro por ciento, desairando de forma clamorosa todos los discursos del presidente en los que no se cansa de predicar que para su Gobierno esta materia constituye un objetivo prioritario, glosando con pasión en esas prédicas toda la literatura internacional que sobre el advenimiento de la sociedad del conocimiento existe, y que él quiere ver referida a su mandato.

Para lograr lo que se pretende, y con lo que muchos estamos de acuerdo, es necesario pasar, como se aludía a las comedias de Lope de Vega, aunque en otro sentido, “de las musas al teatro”, es decir, de los discursos a las realidades, en este caso presupuestarias. Y para ello haría falta que el presupuesto para el año 2017 se viera en esta materia aumentado en unos quince o veinte millones, lo que, además de ser perfectamente posible, tampoco constituiría un exceso, pues supondría aumentar su esfuerzo presupuestario del escaso cuatro por ciento actual al diez o el doce por ciento, cifra que seguiría permitiendo cumplir con otras políticas igualmente anunciadas.

Y en este sentido, es preciso decir, que ninguno de los objetivos que el presidente pregona de manera incansable ve en este presupuesto dotación suficiente para lograrlo. La política social, a pesar del estrecho concepto con que la contempla el Gobierno actual, no sólo no aumenta, sino que pierde peso en el conjunto del presupuesto; los incentivos a la creación industrial descienden más de un cuarenta por ciento; el fomento del desarrollo económico se ve constreñido en más de un diez por ciento, y el esfuerzo en investigación y desarrollo, como he comentado, se queda a las puertas de lo necesario.

Ante esta situación, cabría preguntarse con qué criterios políticos está elaborado el presupuesto; y la respuesta más adecuada, por más que sea lamentable, tendría que ser que adolece de falta de criterios, o responde a un pacto extraño con ese grupo político que está empeñado en apoyar y destruir al mismo tiempo; o, tal vez, y quizá sea esto lo más probable, no responde a ninguna de esas causas, sino simplemente al azar, pues tal es la situación de desconcierto en que vive el Gobierno, tan sólo preocupado por alargar su existencia.

En materia de investigación y desarrollo, Aragón requiere un golpe de timón hacia arriba, terminar con la rutina en que está instalado desde el comienzo del siglo, y plantear una política nueva y audaz, compatible con la realidad actual pero encaminada a superarla, no a prolongarla. Si esto no se da, si la preocupación por estas materias no asciende en la escala de prioridades políticas del Gobierno, el Pacto por la Ciencia, tan aireado hace unos meses, podría quedar tan sólo, y el que esto suscribe no lo desea, en una vistosa operación de márquetin político.

 

Un ejército europeo

marzo 31, 2017

Las declaraciones del vicepresidente norteamericano, Mike Pence, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de días pasados, afirmando con claridad, en nombre de su presidente, que el apoyo de Estados Unidos al Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es inquebrantable y que también lo es el apoyo a la Unión Europea han supuesto un considerable alivio europeo e internacional.

De todas maneras, la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el actual Gobierno norteamericano de Donald Trump son circunstancias suficientemente preocupantes para la Unión Europea y que deberían provocar en ésta una vigorosa reacción para acentuar y profundizar su integración política

Una de los aspectos más importantes que debería abordarse cuanto antes, y cuya necesidad es palmaria a la vista sobre todo del actual grado de inseguridad mundial, es la creación de una auténtica política de Defensa de la Unión, que debiera tener su eje fundamental en la creación de un ejército europeo, superando el gran fracaso histórico que representó el abandono, en 1954, del proyecto de la Comunidad Europea de Defensa (CED)

Dicha comunidad fue propuesta cuatro años antes por el entonces jefe del Gobierno francés, René Pleven, y apoyada por dos de los padres fundadores de la naciente Comunidad Europea: Jean Monnet y Robert Schumman. El proyecto consistía en la creación de unas fuerzas armadas europeas con integración de los ejércitos de los distintos Estados miembros. El plan, fuertemente apoyado por los Estados Unidos y muy mal visto siempre por Gran Bretaña, fue derrotado en la Asamblea francesa, siendo jefe del Gobierno francés Pierre Mendès France, entre otras causas, por la oposición frontal del grupo gaullista en el Parlamento francés, y supuso la dimisión de Jean Monnet, Presidente entonces de la Alta Autoridad de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA)

La derrota del proyecto supuso un durísimo golpe a la construcción europea y el abandono de toda idea de cooperación militar continental formal hasta 1.999, cuando, a través del Tratado de Ámsterdam, se permitió una cierta colaboración de los ejércitos nacionales, como sucede hasta los días actuales.

En estos momentos, en ámbitos europeos, se acepta la necesidad de que sea el Consejo de la Unión Europea el órgano que defina los objetivos de las misiones conjunta los ejércitos de los diferentes Estados miembros. Igualmente se contempla la necesidad de replantear las relaciones de la Unión Europea con la OTAN y establecer un concepto estratégico basado en unas prioridades claramente definidas. Todas éstas son cuestiones necesarias, pero insuficientes para poder hablar de una auténtica política de defensa común. Lo que se precisa, junto con todo lo anterior y otras cuestiones similares, es, a mi juicio, dar el paso decisivo de la creación de ese ejército europeo, que superando aquel fracaso histórico comentado, sirva no solo de basamento de su política exterior sino también de catalizador de la verdadera unión.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea puede facilitar de manera notable el camino hacia ese ejército europeo. Gran Bretaña, en su tradicional línea de distanciamiento de todo lo continental, estuvo siempre en contra de él, a pesar de que, tras la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill fue el primero en reivindicar, en 1946, la creación de unos Estados Unidos de Europa.

Por más que, desde ángulos distintos, se quieran pronunciar palabras tranquilizadoras, lo cierto es que la Unión Europea se encuentra en una de esas críticas encrucijadas vitales en las que si no se avanza, se retrocede inexorablemente. La mera continuidad de lo establecido no conduce a ningún sitio, sino a hacer posible el cuestionamiento de su propia existencia en algún momento posterior. La ausencia en el presente de verdaderos líderes europeístas no hace sino agravar esta situación y dar pábulo a los movimientos separatistas para proclamar, con creciente insistencia, el orgullo del Estado nacional y de la propia soberanía, en un ejercicio tan anacrónico como preocupante.

La dureza de la crisis económica por la que está pasando la Unión Europea no debe ocultar la crisis política que viene arrastrando desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, supuso un gran impulso para todos aquellos europeos que quieren replegarse sobre sus propios Estados, debilitando, cuando no aguando, el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht. Es preciso avanzar de nuevo hacia un acto constituyente que, superando los actuales planteamientos del Tratado de Lisboa y fundamentándose en un pacto social, cree un poder constituyente que dote a Europa de una verdadera Constitución. Y para ello, la creación de un ejército europeo supondría un notable paso político

¡Europa, despierta!

febrero 19, 2017

Después del “Brexit”, que debiera haberse convertido en el aldabonazo que despertase las conciencias europeas, la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, calificando de reduccionista la construcción europea y anunciando que seguirán yéndose más países tras el Reino Unido, La Unión Europea no puede permanecer inactiva esperando que las aguas se calmen y que pase la tormenta.

La situación europea es muy grave. No solo la amenaza de los eurófobos, envalentonados tras el triunfo de Trump, y gritando desde Coblenza que hay que regresar a los Estados nación, sino la misma pasividad de los mandatarios europeos, que parecen confiar en que el paso del tiempo lo resuelva todo, están poniendo a la Unión Europea es una situación de enorme debilidad, de la que no podrá salir ninguna vigorosa acción en sentido contrario, si no hay un decidido golpe de timón.

“Quien se duerme en la democracia puede despertarse con una dictadura”, afirmaba con acierto el vicecanciller alemán Sigmar Gabriel, sumándose a la manifestación contra los ultraderechistas europeos reunidos a orillas del Rin para decir que “2017 será el año del despertar de los pueblos de la Europa continental”. La extrema derecha europea escucha encantada a Trump cuando afirma que los pueblos quieren seguir teniendo su propia identidad, y aprovecha su estela para lanzar con entusiasmo mensajes de desunión en Europa

No es el reverdecer autoritario de viejas identidades lo que Europa necesita, sino el cultivo y florecimiento sereno de la identidad europea, ese poso de ciudadanía basado en la concepción adecuada de la cultura europea, entendida como diálogo desde el respeto compartido e incluso desde admiración compartida, de sus diversas culturas. Lo que Europa necesita es fomentar la conciencia ilusionada de pertenecer no solo a un espacio político y geográfico concreto, sino, al mismo tiempo, a un elenco de valores profundos que le son consustanciales: la paz, la democracia y la entronización de la persona con sus derechos humanos como eje central de toda la acción pública.

La mayor urgencia de Europa en estos momentos es avanzar con paso firme en la integración, y una de sus piezas fundamentales para ello es la política de seguridad, que tiene en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) un basamento esencial, y más, si cabe todavía, con el cuestionamiento que de ella está haciendo Trump, al calificarla de “obsoleta”.

En esta materia, El Tratado de la Unión, como han puesto de manifiesto destacados expertos, contempla muchas medidas que todavía no se han desarrollado, sea por culpa de la crisis o por lo que fuere. Aumentar la cooperación en inteligencia es imprescindible para nuestra seguridad; la creación de un cuartel general estratégico para las operaciones conjuntas es de vital importancia; lograr una industria de defensa europea competitiva que nos proporciones autonomía estratégica  es de todo punto necesario; y aumentar la inversión colectiva en investigación tecnológica para la defensa es la forma de abordar el futuro.

Es preciso que todos los Estados, y no solo los que quieran, como permite el Tratado de Lisboa, refuercen su cooperación militar y puedan desplegar misiones rápidamente, aumentando con ello su peso en el mundo, y contribuyendo así a un reforzamiento de la propia  OTAN

Pero para lograr todo lo anterior, se precisa, como he dicho en otras ocasiones desde estas mismas líneas, que los políticos europeos estén dotados de un verdadero europeísmo y fomenten ese sentimiento entre los ciudadanos

Es necesario que los ciudadanos encuentren motivos no solo económicos, sino también culturales y sociales, para experimentar con vigor ese nuevo arraigo en lo europeo sin el cual nunca será posible una verdadera Unión. Para sentirse espontáneamente europeo, sin ningún tipo de imposición ni fingimiento, es necesario el entronque en las raíces profundas que nos unen a todos los europeos, con esa apertura hacia lo universal, que constituye la condición europea por excelencia, para humanizar la globalización, propagando a todo el mundo los valores de la igualdad, de los derechos humanos y del respeto a la persona. Es, por lo tanto, imprescindible que se cultive y florezca el verdadero europeísmo, porque sin europeístas nunca podrá lograse una auténtica Unión Europea, de la misma forma que sin demócratas resulta imposible articular una democracia verdadera.

Ojalá estos graves contratiempos por los que atraviesa la política europea sirvan para despertar las conciencias europeas, con el fin de asumir, con toda crudeza, que no se puede demorar por más tiempo el abordaje de los graves problemas que atenazan el proceso de construcción europea. Y reconocer que es preciso encararlos con diálogo abierto, pero también con todo rigor y determinación, y, sobre todo, con la disposición de poner en marcha cuantas medidas sean necesarias.

Por ello, a la petición que encabeza estas líneas, habría que añadir también: ¡Levántate y anda!

Administración Electrónica

enero 23, 2017

Como es sabido, la Administración Electrónica alude a la incorporación de las tecnologías de la información y las comunicaciones en las administraciones públicas para que, por una parte, desaparezcan los papeles en las oficinas tradicionales, sustituyéndolos por procesos electrónicos, y, por otra, el ciudadano pueda relacionarse con la Administración de esta misma forma, es decir, sin papeles

Para que una administración pase de su forma tradicional al modo electrónico no solo se requiere la informatización de lo que se está haciendo, sino que se precisa, al mismo tiempo, cambiar la forma de actuar tradicional por otra manera que recoja la idiosincrasia electrónica, que es tanto como traducir a mentalidad digital lo que antes existía en planteamientos analógicos.

Este cambio de mentalidad requiere que los empleados públicos, y también los ciudadanos, abandonen viejos esquemas, acendrados por el uso reiterativo de muchos años, y se abran a la novedad conceptual de otra forma no solo de hacer, sino fundamentalmente de pensar, obligando con ello a los poderes públicos a una amplia labor de formación y pedagogía ciudadanas, no siempre realizada con la extensión y finura requeridas.

La Agenda Digital para España marca la hoja de ruta en materia de tecnologías de la información y las comunicaciones y de Administración Electrónica para el cumplimiento de los objetivos de la Agenda Digital para Europa en 2020, e incorpora objetivos específicos para el desarrollo de la economía y la sociedad digital en España.

Desde la Unión Europea no se puede imponer un modelo específico de Administración Electrónica, ya que el principio de autonomía institucional y procedimental obliga a respetar la organización territorial interna y el funcionamiento propio de los Estados miembros, pero sí puede establecerse una especie de paradigma que, sin perjuicio de las especificidades de cada Estado, establezca un mínimo de servicios comunes y una orientación indicativa de las líneas más interesantes de desarrollo.

En Aragón, este proceso arrancó en el año 2009 por medio del Plan de Administración Electrónica del Gobierno de Aragón, en el que se estableció un marco estratégico de todos los servicios necesarios y un catálogo pormenorizado de las acciones a desarrollar, con un interesante calendario aproximado de realizaciones. Pero a pesar del impulso dado inicialmente y la decidida apuesta política por el asunto, los resultados en la actualidad distan mucho de los previstos, existiendo en estos momentos una escasa penetración de la electrónica en el conjunto de la Administración, con un uso mínimo de los servicios puestos en marcha, y además con un desigual reparto de los mismos entre los distintos Departamentos.

Según los últimos datos oficiales del Observatorio de la Administración Electrónica y Transformación Digital, en Aragón, sólo un 3% de los procedimientos administrativos que se desean realizar electrónicamente se encuentran en su máximo nivel de desarrollo, situando este porcentaje a la Comunidad aragonesa entre las más atrasadas de España en esta materia.

Todo ello debido, entre otras causas, a un planteamiento erróneo desde el principio que requiere, a mi juicio, un cambio radical de estrategia, como han apuntado distintos expertos en la materia, y que, según sus propias aseveraciones, debería descansar en entre otros, en las siguientes líneas de acción.

En primer lugar, es necesario proceder a una revisión exhaustiva de los servicios actuales, cuestionando con rigor, tanto desde el punto de vista técnico como funcional, su operatividad, y desechando aquellos cuyas prestaciones distan sustancialmente de lo que sería necesario. En segundo lugar, es preciso abandonar el afán de ampliar la oferta de servicios comunes en beneficio del despliegue de servicios nítidamente departamentales y que, al mismo tiempo, descansen sobre una adecuada gestión de proyectos en lugar de pretender la universalización de la producción de software propio, liberalizando los suministros con una clara opción por los productos consolidados. Y, por último, se requiere, una mayor flexibilidad en la política se servicios comunes.

Todo ello precisa, además, una gestión única y una unidad de mando, tanto en lo referente a los aspectos económicos, como a lo tocante a la calidad o a la tecnológica, centralizando la gestión de los proyectos y estableciendo técnicas concretas de seguimiento. Y todo el conjunto debe insertarse en un marco global en el que se expliciten todos los servicios y estrategias

Ante esta situación, urge que el Gobierno de Aragón clarifique la situación en que se encuentra realmente todo el proceso de creación de la Administración Electrónica, corrija los rumbos errados, intensifique las acciones de creación de los nuevos servicios, proceda a elaborar un catálogo de normas que es preciso cambiar para adecuarlas a la mentalidad digital, y ponga en marcha un suficiente programa de formación profesional.

 

 

Reflexión sobre la ciencia

diciembre 26, 2016

En las Cortes de Aragón, al hilo de una interpelación sobre la ecoinnovación, se ha planteado un interesante cambio de opiniones sobre la importancia de la ciencia, la conveniencia de darla a conocer al gran público y la oportunidad de debatir de manera permanente, rigurosa y democrática, sobre la gran problemática de sus límites, abriendo paso, con ello, a un proceso complejo, pero sumamente interesante. Al fin y al cabo, plantearse los límites de la ciencia, es tanto como plantearse los límites de la realidad misma y de la propia existencia humana, cuestiones de siempre, complejas por naturaleza y nunca resueltas, y que a la luz de los nuevos avances científicos adquieren un relieve y una importancia superiores.

La ecoinnovación es un concepto relativamente moderno que alude a esa intención de que la innovación se circunscriba a la consecución de productos que sean sostenibles, y lo logre por medio de procesos que también lo sean, y ello en la triple dimensión del concepto de sostenibilidad, es decir, que sean sostenibles ambiental, económica y socialmente. Pero este mismo concepto puede contemplarse también, como se aludió en aquel debate, desde otra perspectiva: la que expresa su carácter de restricción a su impulso ilimitado, y la que, por lo tanto, suscita la reflexión sobre los límites de la innovación, que es tanto como pensar sobre los límites de la ciencia, pues aunque se puede acceder a la innovación por distintas vías, es fundamentalmente por la científica por la que aparece en sus versiones más vanguardistas y transformadoras de la sociedad.

En los siglos XVIII y XIX se pensaba con entusiasmo que la ciencia era el gran motor de la historia, y que ésta, inexorablemente, llevada de la mano de la primera, conducía a la transformación de la sociedad en beneficio siempre de la humanidad. Esa concepción providencialista de la historia se truncó en el siglo XX cuando se vieron algunas de sus dramáticas consecuencias

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, superadas ya gran parte de las crisis, ha vuelto a renacer, con renovada fuerza, el entusiasmo por la innovación, por la ciencia, configurándose un estado de ideas en el que la ciencia aparece de nuevo como el gran motor del progreso, reforzada por el papel preponderante de las nuevas tecnologías y el avance hacia esa sociedad del conocimiento que se vislumbra en el horizonte de todas las esperanzas.

Como ha reconocido la Conferencia Mundial sobre la Ciencia, “son innegables los avances que el saber científico ha producido. La esperanza de vida ha aumentado de manera considerable y se han descubierto tratamientos para muchas enfermedades. La producción agrícola se ha incrementado enormemente en muchos lugares del mundo para atender las crecientes necesidades de la población. Está al alcance de la humanidad el liberarse de los trabajos penosos gracias al progreso tecnológico y a la explotación de nuevas fuentes de energía, que también han permitido que surgiera una gama compleja y cada vez mayor de productos y procedimientos industriales. Las tecnologías basadas en nuevos métodos de comunicación, tratamiento de la información e informática han suscitado oportunidades, tareas y problemas sin precedentes para el quehacer científico y para la sociedad en general. El avance ininterrumpido de los conocimientos científicos sobre el origen, las funciones y la evolución del universo y de la vida proporciona a la humanidad enfoques conceptuales y pragmáticos que ejercen una influencia profunda en su conducta y sus perspectivas”.

Pero igualmente es cierto, como esa misma Conferencia reconocía, que “las aplicaciones de los avances científicos y el desarrollo y la expansión de la actividad de los seres humanos han provocado también la degradación del medio ambiente y catástrofes tecnológicas, y han contribuido al desequilibrio social o la exclusión, habiéndose posibilitado la fabricación de armas de destrucción masiva”.

Y todo ello sin dejar de considerar que la ciencia debe ser un bien compartido por todos, que la enseñanza de la ciencia es fundamental para la plena realización del ser humano, y que su divulgación es una obligación de los poderes públicos

El Pacto por la Ciencia, suscrito en Aragón por todas las fuerzas políticas, aboga claramente por abrir la política pública de ciencia y tecnología a las sensibilidades y opiniones de los ciudadanos afectados e interesados, de forma que se facilite la viabilidad práctica de la innovación y se profundice en la democratización de los sistemas.

Y teniendo en cuenta, como en ese mismo Pacto se afirma, que los centros de generación de conocimiento, con el apoyo de los poderes públicos, deben prestar especial atención a la difusión del mismo, y hacerlo de forma sistemática y de manera accesible para el público, resulta, a mi juicio, sumamente interesante que surjan ámbitos estables de reflexión sobre la ciencia y de divulgación de sus potencialidades

Por eso, opino que, en nuestros días, en los que además se perfilan avances científicos sin precedentes, hace falta un debate democrático, vigoroso y bien fundado sobre la producción y la aplicación del saber científico, de forma que se fortalezca la confianza de los ciudadanos en la ciencia y se esclarezcan ante ellos todas estas cuestiones. Y para la contribución a este debate, que tiene dimensión mundial, considero que Aragón debiera contar con algún foro estable que lo hiciera posible.

 

Innovación en las ideas

noviembre 29, 2016

La liberación del individuo de los vínculos tradicionales, apuntada ya en la Baja Escolástica por la alta valoración que lo individual adquirió en ella, constituyó un elemento de innovación de primer orden en el desarrollo cultural europeo y en la transformación de las ideas.

La rotura del vínculo medieval entre la fe y el saber puso las bases para esa liberación y propició la aparición de poderosas fuerzas nuevas tanto en lo uno como en lo otro, iniciando un movimiento humanista que abogó por un contacto más profundo con las fuentes antiguas del espíritu europeo

Todo ello se produjo como consecuencia de las grandes innovaciones que tuvieron lugar por aquella época y que dieron lugar a importantes mutaciones de las fuerzas de desarrollo social. Entre estas innovaciones cabe citar, sin perjuicio de otras, la aparición de la brújula, que propició una mutación sustancial en el arte de la navegación por los océanos; el descubrimiento de la pólvora, que condujo a la superación de la posición hegemónica de la caballería en la guerra; y la invención de la imprenta, que dio lugar a una rápida y revolucionaria difusión de las ideas. Y ello, potenciado además por la amplitud del horizonte físico y mental que propiciaron los grandes descubrimientos geográficos.

El nuevo movimiento innovador, el humanismo, puso su acento en la mirada a la Antigüedad clásica, puramente humana, desligada de cualquier corsé teológico, y penetró todos los ámbitos de la vida dando forma al “Renacimiento”, ese volver a nacer de la humanidad por el renacer del hombre antiguo, del hombre clásico que alumbró la cultura griega y continuó la romana.

Y con ello, apareció el hombre renacentista, liberado de viejas ataduras, consciente, cada vez más, de los nuevos espacios y posibilidades que la vida ofrece, y dispuesto a desarrollar al máximo sus potencialidades desde una nueva visión del mundo, de la sociedad, del derecho y del estado, haciendo de ello una de las mayores innovaciones de la historia.

Muchos piensan que hoy en día nos encontramos en un momento de similares transformaciones económicas, sociales y culturales, debido, entre otras causas, a la revolución digital, las nuevas tecnologías, la introducción paulatina de la sociedad del conocimiento, y otros factores similares, que están cambiando la manera de pensar, actuar y vivir de la gente.

Se están poniendo en marcha nuevas modalidades de crear conocimientos, de educar a la población y de transmitir información. La forma de hacer negocios se está reestructurando y la economía, en consecuencia, está cambiando al mismo ritmo, como inevitablemente tendrán que cambiar también las estructuras políticas y sociales que sobre ella se apoyan.  Y toda esta revolución, inevitablemente, afectará a la propia persona, al concepto que tenga de sí misma y de su destino, a la forma en que conciba su misión en este mundo, y a la percepción que adquiera de sus propios desasosiegos vitales.

Por todo ello, es importante que el campo de la innovación no quede circunscrito a la esfera económica y productiva, sino que se extienda también, y con la máxima plenitud, al ámbito humano, al cúmulo de preocupaciones existenciales de la persona. Y para ello se requiere que, al margen de cualquier genialidad, la investigación se extienda también por esos campos

 

Pero, además, la innovación, como casi todas las cosas de la vida pública y privada, puede ser un arma de doble filo. Puede mejorar la productividad de muchos procesos, pero puede empeorar otras cosas, haciéndose necesario un marco conceptual, ideológico, que sirva de elemento de referencia para juzgar la bondad o la perversión de la innovación.

Por eso, innovar en las ideas supone enfrentarse con toda la realidad circundante, no solo en el exterior de la persona, sino en su propio interior, haciéndolo desde la propia circunstancia histórica, adentrándose con ello, con las categorías de nuestro tiempo, en campos que son propios de los planteamientos filosóficos o religiosos; en definitiva: acercarse a saberes que le valgan a la persona para vivir mejor, en el sentido más profundo de su dimensión existencial, en esta época que le ha tocado vivir.

Una parte de la sabiduría de la historia consiste, más que en comprender lo que se puede hacer, en ser consciente de lo que ya no se puede hacer, abocando con ello a la persona a la búsqueda de la novedad, de lo que no existe todavía, en definitiva, a investigar en esa dirección futuriza que procurará inevitablemente innovación en las ideas.

Por todo lo anterior, me parece una excelente noticia que el rector de la Universidad de Zaragoza anunciase días pasados, en una comparecencia ante las Cortes de Aragón, que se van a poner en marcha un instituto de investigación de Ciencias Sociales y otro de Humanidades, áreas ambas donde esa universidad es muy competente y cuenta ya con varias líneas de trabajo

Las dimensiones de la innovación

octubre 24, 2016

Hace ya tiempo, la Comisión Europea declaró que, tras haber atravesado la peor crisis económica desde los años treinta del pasado siglo, la única forma para conseguir la restauración de los puestos de trabajo destruidos y lograr prosperidad consiste en mejorar la innovación en todos los aspectos, desarrollando nuevos productos y servicios.

Esta solemne afirmación, aceptada ya de forma general, constituye una de las bases más extendidas del actual pensamiento económico, y obliga a utilizar adecuadamente el potencial científico y tecnológico de cualquier Comunidad o país para la generación de innovaciones, de forma que su ausencia lastra indefectiblemente las posibilidades de crecimiento sostenido y de creación de empleo de calidad.

Nadie duda de que la creación de puestos de trabajo, que es inherente al desarrollo económico, es una condición necesaria para el logro del bienestar humano, y que en esa tarea la innovación, como motor de la riqueza económica, es un factor primordial tanto por su capacidad para aumentar la competitividad empresarial como por su virtualidad para ser la base de nuevas industrias tecnológicas de diseño hasta ahora desconocido.

Sin perjuicio de lo anterior, es preciso considerar también que, a mi modo de ver, no hay en estos momentos, o existe en muy escasa proporción, ninguna discusión sobre la relación del avance tecnológico y la estructura moral de la sociedad, como si la preocupación moral fuera por naturaleza incompatible con la inquietud sobre la innovación tecnológica.

A mi juicio, el desarrollo tecnológico, todo desarrollo, tiene que ser sostenible para que se pueda decir de él que es desarrollo realmente para el progreso y no para la involución. Pero ese concepto de sostenibilidad no es algo lineal, algo que se pueda sustanciar en una única dirección, como desde algunos ángulos se propugna, relacionándolo exclusivamente con lo ambiental, con lo medioambiental. Por el contrario, opino que la sostenibilidad es un concepto, por lo menos, tridimensional, y junto a la dimensión ambiental, conviven también la dimensión económica y la social. Y si en la dimensión económica podría caber de lleno ese providencialismo que a la innovación se le otorga por su virtualidad creadora de competitividad, no cabe extenderlo sin más a la dimensión social, porque lo social está integrado por personas y el bienestar de las personas no se rige por la ley de la competitividad. Esta consideración nos lleva, a mi juicio, a insertar de lleno la reflexión sobre la innovación, también, en la órbita de los planteamientos morales.

El deseo de pasar a una economía del conocimiento sin cambiar la estructura productiva actual tiene el riesgo de convertir el conocimiento en una mercancía más, con lo que no solo no se cambia el actual sistema productivo sino que se ahonda en él de una forma más refinada y sofisticada, perpetuando las injusticias estructurales que tiene, como todo sistema, y eludiendo la reflexión profunda sobre su verdadera transformación.

Todo ello, sin perder de vista, además, que los cambios de los sistemas productivos no son nunca el resultado de la acción de unos políticos concretos, salvo en el caso de las revoluciones, sino la consecuencia de unas modificaciones estructurales operadas por una gran infinidad de agentes, en unos ámbitos temporales más o menos largos y en función de situaciones históricas no controlables por nadie en particular, sino por el propio devenir de la modernidad de los tiempos.

Por todo ello, es necesario decir que el culto abstracto a la innovación es preciso atemperarlo con una visión más crítica de las realidades que haga posible la distinción entre esas vertientes suyas claramente benefactoras del progreso humano de aquellas otras que requieren el paso por un tamiz de consideraciones morales no fáciles de definir en todo momento ni comúnmente aceptadas por todos los grupos sociales, dando así a la innovación una profundidad filosófica y multidireccional que enriquece, sin duda alguna, la preocupación social por la misma.

El providencialismo histórico que desde muchos ángulos económicos se concede a la innovación tecnológica lleva implícita la creencia de que es superflua la relación entre tecnología y moralidad, con el riesgo de convertir este pensamiento en pensamiento único, y privar, con ello, a la innovación de su verdadera capacidad de ahondar en el auténtico progreso humano.

La crisis que padecemos no es solo una crisis financiera o de modelo productivo, sino, y muy fundamentalmente, una crisis de valores, de creencias, en el sentido más profundo de esas palabras, aquel que evoca su condición de sustento último de la personalidad, de marco orientador para saber a qué atenerse en la vida.

Y es en esta necesidad de encontrar nuevos valores, nuevos cuadros de referencia vital, y no solo económica, donde la palabra innovación, con toda la carga de incertidumbre y desafío humanos que conlleva, puede adquirir una dimensión de importancia fundamental en la vida de la sociedad y de las personas.