Ayer, con cuatro días de antelación y por tercer año consecutivo, se celebró en el Ayuntamiento de Zaragoza el Día de Europa. Me parece una saludable iniciativa, consolidada ya en el tiempo, y que puede contribuir de forma muy eficaz a divulgar el espíritu europeísta, siempre interesante pero más todavía en unos tiempos como los que corren marcados por una crisis del sentimiento europeo y por un cierto reverdecimiento de los nacionalismos de todo tipo, los de Estado y los otros.
Y fue muy acertado también el planteamiento de fondo de la celebración consistente en hacer recaer el protagonismo sustancial del acto en unos niños y unos colegios premiados por su contribución, con trabajos de distinta naturaleza, a divulgar en sus respectivos ámbitos la idea de la construcción europea. Y digo que me parece muy acertado porque en la educación reside una de las claves del proyecto europeo; y en los jóvenes, en los más jóvenes todavía, en los niños, reside, literal y moralmente, el futuro de Europa.
Y fue muy atinada también, a mi juicio, la referencia al papel fundamental que deben jugar las ciudades en este proceso, con Zaragoza a la vanguardia de todas ellas. No es solo que cuatro de cada cinco europeos vivamos en ciudades, sino que el espíritu de ciudadanía, con sus características intrínsecas de apertura a lo universal y abatimiento de fronteras, puede ser el mejor antídoto de los nacionalismos, regionalismos y cantonalismos de todo tipo, en los que aletea justo el espíritu contrario.
Lo único lamentable del acto del ayer en el Ayuntamiento de Zaragoza fue la intervención del representante del Gobierno central que aprovechó la ocasión para hacer una propaganda de su gobierno fuera de lugar, alejada del verdadero espíritu europeísta y en la que, además, confundiendo los deseos con las realidades, se vertieron afirmaciones muy concretas que, sencillamente, no se corresponden con la realidad.