Descentralizar Zaragoza

Noviembre 6, 2009 por modestolobon

Un asunto municipal de particular importancia para la calidad de vida de los zaragozanos, y en el que no se ha hecho absolutamente nada, es el referente a la descentralización municipal, en virtud de la cual los ciudadanos no tengan que desplazarse necesariamente al centro para resolver cualquier cuestión y puedan, incluso para asuntos de envergadura, realizarlos en instalaciones próximas a sus domicilios. Zaragoza ya es una ciudad suficientemente grande como para requerir con urgencia poner fin al actual sistema completamente centralizado de funcionamiento.
Las actuales juntas de distrito municipales tienen dos cometidos fundamentales: la participación ciudadana y la descentralización municipal.
En materia de participación ciudadana, las juntas están capacitadas para erigirse en canales de comunicación de los vecinos con el Gobierno en la doble dirección de elevar hasta el segundo las inquietudes y preocupaciones de los primeros, y viceversa, transmitir a los vecinos las respuestas del Gobierno. En este sentido, cuantos más canales de comunicación haya, mejor para el objetivo buscado, de forma que si en lugar de haber catorce juntas hubiera veintiocho podría duplicarse esa labor.
Pero de la misma forma que proclamo que son útiles para la participación ciudadana, proclamo igualmente que, en estos momentos, son inútiles para la otra función, la de desconcentración, y ello sencillamente porque carecen de las competencias adecuadas y del personal que esas competencias requeriría. Urge, por lo tanto abordar el proceso de reforma de las mismas, y, en consecuencia, de los distritos, para que, también en esta función, puedan cumplir con su cometido.
Esto obliga a establecer tres tipos de competencias municipales. En primer lugar, aquellas competencias que por su naturaleza global no pueden transferirse en modo alguno a los distritos; en segundo lugar, las que son completamente transferibles, de forma que los problemas que a ellas se refieran se resuelvan en los distritos y solo en los distritos; y en tercer lugar, una relación de competencias compartidas por el poder central del Ayuntamiento y los distritos.
Aplicado a la ciudad, sería un proceso similar al que se ha efectuado en España al pasar de un Estado centralista a otro autonómico. Todo esto supone un verdadero cambio en el funcionamiento municipal, pero es el cambio que está haciendo falta para que el Ayuntamiento sirva realmente mejor a los ciudadanos. Y para que las competencias transferidas por completo y las compartidas pudieran ejercerse cabalmente sería preciso también el traslado de funcionarios municipales de todo tipo a los distritos, de forma que en éstos pudieran existir equipos de ingenieros, arquitectos, abogados y demás.
Resulta impensable llevar a cabo esto en catorce distritos porque carecen del mínimo de población necesaria para que entren en juego las economías de escala que toda organización precisa, pero sí puede hacerse a base de dividir la ciudad en cuatro o cinco grandes distritos que por el volumen de población que cada uno de ellos tendría, en torno a los 160.000 habitantes, más que algunas capitales de provincia, justificaría con creces la operación. Este proceso de descentralización podría llegar a permitir que, aproximadamente, un 40% del Presupuesto municipal pasase a los distritos, con lo que podrían éstos contar con un presupuesto del orden de 60 ó 70 millones de euros.
El problema político que tiene esto, y, a mi juicio, la razón por la que no se aborda, es que supone un cambio profundo en el reparto de la estructura de poder dentro del Gobierno local, ya que algunas Delegaciones tendrían que desaparecer por completo, y es muy posible que el Alcalde, no tenga ganas de meterse en problemas con su propio grupo municipal por esta cuestión. Pero para la ciudad sería muy conveniente

El estado de Zaragoza

Octubre 6, 2009 por modestolobon

Zaragoza es en estos momentos una ciudad agobiada por un amontonamiento de obras que no responden ni a sus urgencias ni a su verdaderas necesidades; cuyos ciudadanos soportan unos impuestos abusivos al tiempo que tienen que padecer un deterioro continuo de su calidad de vida y de los servicios básicos urbanos; con un comercio empujado al deterioro en un porcentaje creciente de sus establecimientos; una administración municipal anclada en la ineficacia, y un Gobierno local insensible a los verdaderos problemas de los ciudadanos y dirigido por un alcalde que, instalado en la fantasía y de espaldas a la ciudad, solo se ocupa de lo que él piensa que pueda darle prestigio político. Y todo ello envuelto en un aparato de propaganda, pagado con fondos públicos, en un intento de anestesiar a los ciudadanos con la intención de que no perciban el verdadero perfil de la realidad.
Toda obra de mejora pública que se hace es siempre interesante y a la finalización de la misma, la ciudad, por lo general, se encuentra en una situación mejor que al principio. Pero el enjuiciamiento de una obra no puede hacerse nunca de manera aislada, sino en el contexto del conjunto de necesidades y dentro de un rango de prioridades.
Los más de cien millones de euros que el Plan Nacional de Empleo está espolvoreando por Zaragoza están dando lugar a un conjunto de obras que contempladas cada una de ellas en sí mismas resultan interesantes, pero consideradas en conjunto no responden ni a urgencias de Zaragoza ni a sus necesidades más perentorias, sino a la intención del Gobierno nacional de aparentar que se hace por el empleo lo que la incapacidad de su política económica no logra en su verdadero terreno, y ocultar de paso su falta de solución para el verdadero problemas de las ciudades españolas, que es la modernización del sistema de financiación municipal.
El caos que estas obras están ocasionando se encuentra agravado, en el caso de Zaragoza, por la superposición en el tiempo de otras que, a diferencia de las anteriores, no son ni individual ni colectivamente convenientes, sino todo lo contrario: claramente perjudiciales, porque tienen por finalidad poner en marcha un sistema de movilidad, el tranvía, que lejos de resolver ningún problema los va a crear mayores, al tiempo que hipoteca la solución a futuro de la verdadera problemática de la movilidad de Zaragoza y su área metropolitana.
Y todo esto, como decía al principio, en un estado de imposición que en pocos años ha hecho que los zaragozanos vean doblados sus impuestos más importantes a pesar de que el Gobierno haya ideado cobrarlos por mitades para intentar que lo vean lo menos posible.
Y mientras esto sucede, la ciudad sigue sucia a pesar de tener una de las contratas de limpieza comparativamente más caras de España; la calidad del transporte público disminuye, la imprescindible reforma de la estructura de su red urbana no se aborda, y los parkings prometidos no se construyen, componiendo con ello, y con otras carencias en el mismo ramo, un panorama se servicios públicos negativo que en modo alguno puede compensarse con el positivo sistema de alquiler de bici puesto en marcha.
Todo esto no solo disminuye la calida de vida de los zaragozanos en general, sino que deteriora seriamente una de las características más propias de toda ciudad: su vida comercial. Junto a la crisis económica, la insensibilidad del Gobierno local está agravando la situación del comercio en Zaragoza, de forma que, con la bajada de las ventas por encima en muchos casos del 50%, es muy posible que el número de puestos de trabajo creados por el Plan Nacional del Empleo termine por ser en nuestra ciudad menor que el número de desempleados creados por el cierre de comercios; mientras los mercadillos languidecen, el comercio de equipamiento personal en los barrios corre el riesgo de desaparecer, y el de equipamiento de hogar y alimentación ya ha desaparecido prácticamente.
Esta situación que afecta en Zaragoza a más de 15.000 comercios, que mantienen un total de unos 45.000 puestos de trabajo, puede ir deshaciendo por una lado la ciudad que se pretende construir por otro con los grandes acontecimientos, y terminar con lo que constituye un distintivo de nuestra ciudad, es decir, su continuidad comercial, que aquí existe de una forma que no se da en ninguna otra ciudad del norte de España
Mientras tanto la administración municipal sigue anclada en la ineficacia, con unos procedimientos y unos tiempos de concesión de licencias incompatibles con el dinamismo de la actividad empresarial y la creación de negocios; sin que la prometida descentralización municipal pase de las palabras a los hechos, manteniendo unas Juntas de Distrito que, desde el punto de vista de la desconcentración, son completamente inoperantes, y con unas dotaciones presupuestarias que poco más que verbenas permiten hacer.
Pero no solo la cotidianidad de la vida ciudadana está abandonada por el Gobierno y su alcalde, sino también el planteamiento de las grandes cuestiones metropolitanas que son de incumbencia de cualquier regidor de gran ciudad. Ni la Ley de Capitalidad de Zaragoza, ni la articulación de su Área Metropolitana, ni la creación de los grandes consorcios del Agua o el Medioambiente, por citar solo algunas de las grandes cuestiones que tendrían que ser lideradas por el alcalde, encuentran acomodo político.
Pasadas las Fiestas del Pilar, en el Ayuntamiento se celebrará el debate del Estado de la Ciudad. Éstas y otras muchas cuestiones de importancia similar saldrán, probablemente, a relucir a través de una dialéctica que sería deseable que no quedase reducida a la retórica, y menos aún a la mera propaganda política. Aunque el calendario apremia porque la Corporación ya va de caída, todavía hay tiempo para rectificar rumbos y salvar todo lo posible de la acción de un Gobierno que, pasada la Exposición Internacional, no está sabiendo contactar con la realidad de la ciudad y vive de la fantasía de un mundo ilusorio.
¡Ojalá se aproveche la ocasión!

Cambio de rumbo

Octubre 5, 2009 por modestolobon

El comienzo del curso político es siempre un momento muy adecuado para reflexionar sobre las grandes cuestiones que se plantean en la reanudación de la actividad institucional, pero lo es de una manera más acusada todavía cuando con ese comienzo coincide el inicio de la segunda parte de la Corporación, es decir, con tiempo suficiente para rectificar rumbos y corregir errores; y aún todavía más adecuado cuando, como es el caso que nos ocupa, el Ayuntamiento de Zaragoza se encuentra sumido en el desconcierto.
Tanto los datos económicos que van apareciendo sistemáticamente como los más importante indicadores sociales contribuyen a engrosar el conjunto de elementos que hacen aconsejable un cambio de rumbo en la política municipal.
Cada día que pasa resulta más patente que el Alcalde está envuelto en una nube de ilusión que no se corresponde con la realidad ciudadana. Su actual planteamiento de pretender gobernar a base de deslumbrantes acontecimiento está agotado y requiere su cancelación y su sustitución por una política realista que encare los verdaderos problemas de la ciudad
Cualquier especulación sobre grandes acontecimientos futuros hay que hacerla sobre una reflexión previa de lo que ha supuesto la Expo 2008 para Zaragoza, porque ha resultado el éxito que se deseaba antes de su realización. Ni en lo referente a la transformación de la ciudad, ni en la creación de un nuevo clima económico, ni en la pretensión de poner a Zaragoza en el mapa, la política orquestada en torno a la Expo ha dado los frutos deseables.
La transformación de la ciudad no la ha originado la Expo. Sí cabe atribuir a ella algunas actuaciones puntuales, interesantes en sí mismas, como lo referente a las riberas, y, en todo caso, el anticipo de inversiones proyectadas de antemano y abandonadas por el Gobierno central, pero es una falacia decir que la Expo ha transformado la ciudad; es más bien al contrario: porque la ciudad había experimentado una profunda transformación años atrás, entre otras cosas con la llegada del tren de alta velocidad, fue posible la Expo, como lo reconoció el propio presidente de Bureau International des Expositions en una visita previa a Zaragoza.
Que la situación económica de nuestra ciudad no se parece en nada a lo que se esperaba para la post-Expo salta, por desgracia, a la vista. Y, aunque ello es debido básicamente a la crisis que atraviesa el país, no es menos cierto que el hecho de haber pasado una Expo no ha hecho más tolerable la crisis a los zaragozanos, ni ha cambiado la estructura económica de la ciudad, como se empeña en decir el Alcalde en un permanente ejercicio de demagogia. Todos los indicadores económicos dicen lo contrario: que Zaragoza está como estaba antes de la Expo. Y ello por la sencilla razón de que las grandes cuestiones económicas de una población no dependen de su ayuntamiento, por más que la propaganda del mismo pretenda hace creer lo contrario.
Y en lo referente al difundido eslogan del Alcalde de “poner a Zaragoza en el mapa”, la Expo no sólo no ha sido un éxito, sino un fracaso, como lo reconoció también el propio Bureau Internacional des Expositions días antes incluso de terminar el certamen. Por la escasa afluencia de extranjeros, por la nada entusiasmadora presencia de nacionales no aragoneses, por la exigua repercusión en los medios de comunicación españoles y su prácticamente nula presencia en los internacionales, se puede calificar, con todo rigor, de fracaso su balance en esta vertiente. Y sirve también para aseverar esta afirmación el hecho de que el número de jefes de Estado o de gobierno que visitaron la muestra no llegó al 8% de los países con representación en la misma.
Para lo que realmente la Expo ha servido desde el punto de vista político ha sido para que el Alcalde se arropase con unos objetivos grandilocuentes, que quiere ahora perpetuar contra viento y marea, sin tener en cuenta la realidad de la ciudad, intentando llegar a las próximas elecciones con una nueva fantasía colectiva que le proporcione réditos electorales y distraiga al electorado de sus fracasos políticos.
Y es precisamente su contribución a esta fantasía colectiva, liberadora de la responsabilidad de gobernar eficazmente la ciudad, lo que pretende ahora inventándose “otra Expo”, y tratando de prolongar su efecto narcotizante sobre la ciudadanía.
Esta dinámica política es la que, a mi juicio, debe cambiar, haciendo girar las preocupaciones del gobierno de la ciudad hacia la realidad de los problemas de Zaragoza, y cuyo cambio debería sustanciarse, al menos, en las siguientes grandes líneas de actuación: una notable mejora de los servicios municipales, especialmente del transporte y la limpieza, abandonando de paso proyectos inoportunos; un incremento sustancial de la atención social a las nuevas necesidades sobrevenidas por la crisis; una decidida disminución de los impuesto; y una reorientación de las actividades urbanísticas hacia la terminación de la ciudad consolidada.
“Rectificar es de sabios”, viene diciendo desde siglos el viejo adagio. En este comienzo del curso, que lo es al mismo tiempo de la segunda parte de la Corporación, yo desearía, por el bien de los zaragozanos, que el Alcalde fuera capaz de hacer gala de esa sabiduría popular y cambiar vigorosamente la orientación de la política municipal.

El sentimiento europeo

Agosto 3, 2009 por modestolobon

Pasadas hace más de un mes las elecciones europeas y habiendo podido comprobar tanto la escasa participación ciudadana como la escasísima preocupación que han tenido los grandes partidos nacionales por hablar de los asuntos europeos, me parece oportuno, ahora que ya no existen las urgencias ni las exigencias electorales, reflexionar sobre lo que, a mi modo de ver, constituye una de las grandes carencias de la política nacional en España y en otro muchos países europeos, es decir, la ausencia de una decidida acción pública de pedagogía europea.
Porque, como he afirmado otras veces a través de estas mismas páginas, para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada.
Y esos pasos no son eficaces en los escasos días de una campaña electoral, y menos aún cuando ni siquiera se quieren dar, sino que requieren, para que vayan asentándose en la psicología de las gentes, de la quietud y tranquilidad del tiempo sosegado, de la lejanía de urgencias que los condicionen y, sobre todo, de la ausencia de intereses que los distorsionen.
Una política de pedagogía social de lo que es la Unión Europea, de lo que representa en el contexto del mundo moderno, de cuáles fueron sus orígenes, sus motivaciones profundas, y cuáles sus anhelos más irrenunciables, requiere una extensión temporal suficientemente dilatada para que, como la lluvia fina, penetre suavemente en quien quiera dejarse penetrar, y llegue a calar en lo más hondo de quien la perciba.
Y digo con toda intención “en quien quiera dejarse penetrar” porque aquello por lo que abogo a través de estas líneas no es nada semejante a un adoctrinamiento por parte de los poderes públicos, lo cual estaría en abierta contradicción con esa libertad suprema que constituye uno de los fundamentos de la Unión Europea, sino una amplia, pormenorizada, sostenida y diversificada información sobre Europa y sobre su historia que tenga el suficiente atractivo para que se acerquen a ella cuantos así lo deseen.
Un recorrido minucioso sobre el papel del cristianismo en la idea unificadora de la Edad Media; sobre las grandes ideas renacentistas e ilustradas de libertad, tolerancia y derechos humanos; sobre las aportaciones intelectuales de Saint-Simon, Victor Hugo y Pierre Dubois, entre otros; o sobre las ideas políticas de Briand, Ortega, Churchill, Monnet, Schumann, Adenauer o De Gasperi, por citar a los más sobresalientes, podría dar materia más que sobrada para organizar interminables actos de divulgación popular cuya vertebración constituiría el entramado de una auténtica oferta cultural explicativa de lo que, a mi juicio, constituye el proyecto político más importante de la hora presente.
Sentirse europeo y europeísta no requiere renunciar a ninguna identificación con comunidades de rango territorial inferior, ni mermar un ápice el afecto que por ellas pueda tenerse, sino integrarlo en un ámbito superior de experiencia, en una apertura liberadora de viejos prejuicios y, en definitiva, en un horizonte de construcción de un mundo mejor.
Y esto es un proceso lento al que solo una política continuada y de largo alcance puede ir dando cuerpo. Esta política es la que echo en falta tanto en el gobierno central español como en los gobiernos autonómicos y de las grandes ciudades, que, en la mayor parte de las veces solo ven en la Unión Europea aquel sitio del que hay que sacar todo lo que se pueda.
Da lo mismo que se abogue por una Europa de los Estados o por una Europa de las Regiones o de las Ciudades o de los Ciudadanos. Mientras no se cultive el sentimiento europeo no habrá ningún tipo de Europa más allá del mero interés coyuntural.

Casablanca

Julio 20, 2009 por modestolobon

(Entrevista publicada en la revista “Ecos de Casablanca”)

¿Por qué motivo entró en política?

Fundamentalmente por afición profunda, o por vocación, como se quiera decir, porque en el fondo son la misma cosa. Además lo hice en un momento apasionante para la historia de España, en la transición democrática, y formando parte de un partido, la Democracia Cristiana Aragonesa, cuyo planteamiento político no solo ha pervivido durante todo este tiempo, sino que constituye la mejor esperanza de futuro; un partido con una visión centrista de la vida política y un sentido autonómico de la estructura del Estado, lo que hoy es el Partido Popular de Aragón

¿Se ve Ud. con una larga vida política por delante?

Ni me veo ni me dejo de ver, porque no me miro en este aspecto. Como le digo, me gusta la política y estoy deseoso de ejercerla lo mejor posible en todo momento y con arreglo al puesto en que me coloquen las circunstancias. Solía decir Rodolfo Martín Villa que en política hay que estar siempre emocionalmente preparado para marcharse antes de acabar el día y al mismo tiempo dispuesto a continuar toda la vida. Procuro aplicarme esa máxima.

Principales virtudes de la ciudad de Zaragoza

A mi modo de ver, la principal virtud de Zaragoza es el cosmopolitismo de sus gentes. Los zaragozanos, por regla general, son cosmopolitas, es decir, no están apegados a ningún localismo, sino abiertos a lo universal, superando cualquier frontera. Tal vez esto provenga en parte de la riqueza de su historia. Zaragoza fue una ciudad romana. Luego convivieron en ella cuatro culturas, la romana, la cristiana, la judía y la islámica con una tolerancia ejemplar, que hicieron de ella la taifa más próspera y abierta tras el declive del califato de Córdoba. Más tarde albergó la sede de la Corona de Aragón, el proyecto europeísta más avanzado de su época. Posteriormente contribuyó de manera decisiva al descubrimiento de América, y los ilustrados zaragozanos fueron pioneros en el cambio de la mentalidad española. Yo creo que todo esto ha dejado un poso de cultura inconsciente que se manifiesta de forma espontánea en esa apertura de los zaragozanos. Por eso lo que con más insistencia suelen resaltar todos cuantos visitan la ciudad es que aquí se encuentran como en casa.

Ahora que lleva varios meses como Presidente del Distrito de Casablanca, ¿qué problemas advierte y qué soluciones propone para el distrito?

Hay dos tipos de problemas. El primero es común a todos los Distritos, y es su ineficacia operativa. La actual estructura de los Distritos municipales, en lo que atañe a desconcentración de la vida política local, es completamente inoperante. Los Distritos actuales carecen de competencias de contenido mínimamente político, están dotados de un presupuesto ínfimo, con el que tan solo puede hacerse algún festejo popular y poco más, y, en consecuencia, no resuelven ningún problema importante a los ciudadanos.
Pero el Distrito de Casablanca, además, tiene otro problema específico suyo, que atañe gravemente a la otra función de los Distritos municipales, la de ser cauce de participación ciudadana. Y es la enorme diversidad tanto morfológica como social y psicológica de sus territorios. La Casablanca clásica tiene muy poco que ver con Valdespartera o Montecanal, por citar algunos sectores del Distrito, y sin embargo están obligados a formar Distrito juntos, no teniendo apenas nada en común. Esto dificulta gravemente la expresión de las inquietudes de sus residentes. Y esta es la razón por la que, en estos momentos, estamos ensayando un sistema de funcionamiento que podríamos calificar casi de federal, en virtud del cual se han sustituido las clásicas comisiones temáticas por comisiones territoriales, con el fin de que cada sector del Distrito pueda expresar mejor su propia personalidad.

Se ha dado un paso muy importante para que por fin haya terrenos municipales en la zona del Casco Histórico del Barrio. ¿Cuánto tiempo estima que durará la negociación para que Patrimonio del Estado ceda la titularidad de los terrenos de la C/ Embarcadero a favor del Ayuntamiento de Zaragoza?

Depende solo de la voluntad que tenga el Alcalde para acelerar las negociaciones. Si el Alcalde cumple la palabra dada sobre este asunto, y en principio no tengo ningún motivo para pensar que no la vaya a cumplir, puede ir todo muy rápido porque están superados todos los obstáculos jurídicos que existían, dependiendo, por lo tanto, solo de la intensidad negociadora que ponga el Gobierno y del puesto que ocupe en su escala de prioridades.

¿Para cuándo podremos decirles a los vecinos del Barrio que podrán disfrutar del pabellón polideportivo, piscina pública, aparcamientos, etc. en los terrenos de la C/ Embarcadero, que tantas veces han sido prometidos?

Si se cumple lo comentado en la pregunta anterior, que es la base del proceso, podrían incluirse los proyectos en los Presupuestos municipales de 2.011 y estar las obras en marcha antes de terminar esta Corporación

¿Considera necesaria una reorganización de los actuales distritos de la ciudad? ¿Por qué?

Sí. Y además con urgencia, por lo que he comentado anteriormente, con motivo de los problemas de Casablanca. Para que los Distritos de ciudad puedan realmente ejercer la función de desconcentración de la vida municipal tendrían que estar dotados de competencias políticas importantes y equipos funcionariales suficientes para desarrollarlas.
Esto obligaría a establecer tres tipos de competencias municipales. En primer lugar, aquellas competencias que por su naturaleza global no pueden transferirse en modo alguno a los distritos; en segundo lugar, las que son completamente transferibles, de forma que los problemas que a ellas se refieran se resuelvan en los distritos y solo en los distritos; y en tercer lugar, una relación de competencias compartidas por el poder central del Ayuntamiento y los distritos.
Aplicado a la ciudad, sería un proceso similar al que se ha efectuado en España al pasar de un Estado centralista a otro autonómico. Todo esto supone un verdadero cambio en el funcionamiento municipal, pero es el cambio que está haciendo falta para que el Ayuntamiento funcione realmente mejor. Y para que las competencias transferidas por completo y las compartidas pudieran ejercerse sería preciso también el traslado de funcionarios municipales de todo tipo a los distritos, de forma que en éstos pudieran existir equipos de ingenieros, arquitectos, abogados y demás.
Resulta impensable llevar a cabo esto en once distritos porque carecen del mínimo de población necesaria para que entren en juego las economías de escala que toda organización precisa, pero sí puede hacerse a base de dividir la ciudad en cuatro o cinco grandes distritos que por su volumen de población, unos 150.000 habitantes, mayor que algunas capitales de provincia, justificarían con creces la operación. Este proceso de descentralización haría que en torno al 40% del presupuesto Municipal, que es actualmente de más de 700 millones de euros, pasase a los distritos, con lo que éstos podrían contar con un presupuesto del orden de 60 ó 70 millones de euros.
El problema político que tiene esto, y, a mi juicio, es la razón por la que no se aborda, es que supone un cambio profundo en el reparto de la estructura de poder dentro del Gobierno local, ya que algunas Delegaciones tendrían que desaparecer por completo, y el Alcalde no tiene ganas de meterse en problemas con su propio Grupo municipal. Pero para la ciudad sería muy conveniente

Los acontecimientos relacionados con la corrupción política causan desconfianza en los ciudadanos .Qué soluciones se deberían tomar para evitar estas situaciones?

Los problemas de corrupción no son problemas de la política sino de algunos políticos en particular. Las estructuras democráticas están funcionando correctamente, y la vida política democrática es una vida digna y noble porque no hay nada más noble y digno que dedicarse al servicio de los demás. A mi juicio, la mejor forma de evitar la corrupción es no permitir que personas corruptas entren en la vida política.

Los políticos siempre señalan que los ciudadanos deben participar más activamente en la vida política municipal. ¿Considera que se dan los supuestos necesarios y hay cauces realmente eficaces para hacerlo o se debería plantear otro modelo de participación?

Sin perjuicio de afirmar que la participación ciudadana en la vida municipal es siempre mejorable, considero que los cauces actuales son adecuados, y, desde luego, su posible mejora, no excusa de participar a través de ellos actualmente.
Pero opino también que los ciudadanos no solo deben participar más activamente en la vida municipal sino en todo tipo de vida política, es decir, en la política en general. Y sin menoscabo de otras vías, los partidos políticos son un cauce natural de participación en la vida política democrática. Por eso, animo a los ciudadanos a que se integren en los partidos y contribuyan a mejorarlos. La democracia requiere buenos partidos democráticos que sean capaces de recoger y encauzar la pluralidad de la sociedad

¿A qué político admira?

Al fallecido Francisco Fernández Ordóñez, que fue ministro de Hacienda y Justicia con los presidentes Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo, y de Asuntos Exteriores con Felipe González.

Háganos una breve radiografía suya.

Entendida la radiografía como un análisis del interior de uno mismo, me resulta enormemente difícil hacerlo y pienso además que sería de escaso valor porque no tendría el suficiente grado de objetividad que cualquier radiografía requiere. Por eso, prefiero que sean los lectores los que, a través de cuanto llevo dicho, se hagan su propia composición de lugar.

Una promesa o un deseo para los vecinos de Casablanca.

La promesa es la misma que hice en le primer Pleno del Distrito que tuve en honor de presidir: Plantear los problemas de Casablanca con el máximo vigor al Alcalde y a su Gobierno. El deseo es que se logren resolver.

Gobernar España

Julio 3, 2009 por modestolobon

El salto cualitativo dado por las seis comunidades autónomas que, desde el año pasado, vienen reuniéndose periódicamente con el fin de cooperar y armonizar competencias autonómicas, consistente en pretender transitar por caminos constitucionales de corte federal, además de constituir una contradicción en sus propios términos, pone de manifiesto el desgobierno existente en España y el grado de desorientación a que está conduciendo la política territorial del presidente del Gobierno.
Que es preciso armonizar el proceso autonómico y poner orden en la actual carrera autonomista es algo a lo que, junto con los partidos nacionalistas, solo se niega a reconocer la actual dirección del Partido Socialista. Pero la forma de abordar semejante cuestión de Estado no es conculcando el poder central del mismo y precisamente para pretender ir adonde la propia Constitución no permite, como es la clara intención de alguna de las comunidades autónomas reunidas.
El Estado español no es un Estado federal, por más que las actuales autonomías tengan más poder que muchos de los Estados federados en los países organizados bajo este régimen, sino un Estado unitario, autonómico, pero unitario, con sus poderes repartidos en tres ámbitos, el central, el autonómico y el local, y haciendo descansar la salud del mismo precisamente en el equilibrio razonable de estos tres poderes, que no se da en estos momentos.
Y este desequilibrio, producido por el excesivo peso del poder autonómico, al que vengo refiriéndome con frecuencia en estas mismas páginas, está produciendo una distorsión de la vida nacional que no sólo afecta a cuestiones jurídicas y de derechos básicos, como es el de la igualdad de todos los españoles, sino que incide de lleno en la propia vida económica. Asuntos esenciales para el desarrollo económico como la seguridad jurídica, la unidad de mercado, la libre circulación de personas, la similitud de niveles educativos o sanitarios, y muchos otros de índole similar están viéndose alterados de manera creciente por el mencionado desequilibrio con el consiguiente impacto negativo y de largo alcance en la competitividad, el desarrollo productivo y, en último término, en la creación de riqueza y puestos de trabajo.
Urge, a mi juicio, corregir esta situación, pero la solución no consiste en agrandar ese desequilibrio en beneficio del poder autonómico, como de manera consciente o inconsciente está propiciando el presidente del Gobierno, sino en lo contrario, en lograrlo de forma razonable y por el camino que desde hace más de una década está apalabrado por los grandes partidos nacionales, la llamada “segunda descentralización”, es decir, el traspaso de competencias del poder autonómico al poder local, y que, por la razón que sea, no ha pasado, ni hay visos de ello, de las palabras a los hechos.
El evidente fracaso del Senado para dar cauce adecuado a la diversidad territorial, y la consiguiente necesidad de abordar la reforma de la Constitución para resolver éste y algún otro problema nacional, no justifican en modo alguno la intención de ciertas comunidades autónomas de establecer por la vía de hecho espurios mecanismos de poder, y menos aún la pretensión de alguna de ellas de cambiar el modelo de Estado.
Cuando los grandes problemas no se abordan, con el tiempo van haciéndose mayores. Con la presencia del señor Rodríguez Zapatero al frente del Gobierno español las tensiones territoriales son hoy más agudas que hace seis años y tienden al desbordamiento en la misma medida en que el propio presidente del Gobierno se encuentra crecientemente desbordado por sus propio errores.
La pretensión de las comunidades autónomas de Cataluña, Valencia, Aragón, Castilla y León, Andalucía y Baleares de impulsar una conferencia de presidentes sin ningún representante del Gobierno español, “como en los países federales”, según las propias palabras del consejero de Interior de Cataluña, Joan Saura, es suficientemente preocupante y requiere, a mi juicio, que se levante la voz, exigiendo al Gobierno que abandone la indefinición y la demagogia y se dedique realmente a gobernar España

Europa, nueva etapa

Junio 9, 2009 por modestolobon

Europa viene arrastrando una crisis política desde hace más de diez años. El fracaso del proyecto de Constitución del año 2005, con el voto negativo de los referéndums francés y holandés, y las consiguientes tendencias de ciertos países a replegarse sobre sus propios Estados, han debilitado el espíritu de unión política nacido del Tratado de Maastricht
La entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que asume lo más sustancial de las propuestas contenidas en la fallida Constitución, puede representar el comienzo de la superación de la crisis. Pero para ello hace falta que haya una verdadera voluntad de desarrollar políticas que garanticen que los avances en la integración económica vayan acompañados de progresos paralelos en los restantes ámbitos.
El desarrollo de una política exterior y de seguridad, que incluya la definición progresiva defensa común, se erige como la verdadera piedra de toque de esta nueva etapa. De ella depende, en gran parte, que se corrijan las apuntadas tendencias nacionalistas en que están incurriendo algunos Estados miembros y se asuma con brío el mencionado objetivo de Maastricht de llegar realmente a una unión política.
Y para ello es también imprescindible que los partidos europeístas, los que realmente creen en la bondad del objetivo de la Unión Europea, contribuyan a formar la conciencia europea y hacer de lo europeo algo cotidiano en la preocupación y el interés de las gentes.
La aparición de un Presidente del Consejo Europeo elegido para un tiempo de duración que podría prolongarse hasta cinco años, puede contribuir de manera poderosa a poner rostro a la política europea y a infundir vigor y proyección a esos impulsos necesarios que el Consejo Europeo tiene obligación de dar para fijar con rotundidad las orientaciones y prioridades políticas generales.
Su condición de representante de la Unión en los asuntos de política exterior y de seguridad común, sin perjuicio de las atribuciones del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en un mundo dominado por los medios de comunicación como el actual, puede hacer que la imagen de la Unión cobre relieve mundial, asumiendo un papel y un liderazgo que hasta ahora han brillado por su ausencia en todo lo referente a la política europea, y acabando con espectáculos tan lamentables como la división que los países europeos mostraron con motivo de la guerra de Irak, o el que vienen dando en el momento presente con respecto a la situación de Oriente Medio.
Esta nueva dimensión de liderazgo y los acrecentados poderes del Parlamento Europeo, entre los que se encuentra su facultad de elegir por mayoría de sus miembros al Presidente de la Comisión, pueden también contribuir a corregir el déficit democrático que viene arrastrando la Unión desde sus comienzos y que supone en sí mismo una cierta contradicción con los principios democráticos que figuran en el frontispicio de su ideario. Porque no basta con que los países que la integran sean democráticos; es preciso que lo sea también, e íntegramente, la propia Unión.
Todo lo anterior, junto con una adecuada política informativa europea, puede contribuir a superar la crisis e ilusionar a los europeos en lo que, a mi juicio, constituye el proyecto político más apasionante de esta hora de Occidente.
No es nueva, ciertamente, la pretensión de unir políticamente a los países europeos. Lo intentó Napoleón, a principios del siglo XIX, al socaire de las ideas de la Revolución Francesa, y no lo logró. Lo intentó de nuevo Hitler, un siglo y medio después, con el reclamo de una superioridad racial, y tampoco lo consiguió. El empeño de la Unión Europea constituye el tercer intento en la historia moderna, pero con unas características morales que le sitúan en las antípodas de aquellas pretensiones, y dan a la empresa una dimensión ética de la que carecieron por completo las anteriores. Pues mientras Napoleón y Hitler lo intentaron por la fuerza de las armas, a través de la guerra, la sangre y la muerte, y con el objetivo de opresión, la Unión Europea lo está intentando por medio de la palabra, a través de la paz, el abrazo y la vida, y con el objetivo de liberación en todos los órdenes de la dimensión humana, dibujando con ello un universo de valores incompatible con aquellas pretensiones ampliamente condenadas por la Historia
Se abren ahora cinco años importantes para que este noble empeño dé pasos sustanciales y los europeos podamos acercarnos a esa unión superadora de viejos prejuicios y atavismos, y lanzada a la tarea de humanizar no sólo a Europa, sino también y por medio de su influjo, al mundo entero.

El Día de Europa

Mayo 6, 2009 por modestolobon

Ayer, con cuatro días de antelación y por tercer año consecutivo, se celebró en el Ayuntamiento de Zaragoza el Día de Europa. Me parece una saludable iniciativa, consolidada ya en el tiempo, y que puede contribuir de forma muy eficaz a divulgar el espíritu europeísta, siempre interesante pero más todavía en unos tiempos como los que corren marcados por una crisis del sentimiento europeo y por un cierto reverdecimiento de los nacionalismos de todo tipo, los de Estado y los otros.
Y fue muy acertado también el planteamiento de fondo de la celebración consistente en hacer recaer el protagonismo sustancial del acto en unos niños y unos colegios premiados por su contribución, con trabajos de distinta naturaleza, a divulgar en sus respectivos ámbitos la idea de la construcción europea. Y digo que me parece muy acertado porque en la educación reside una de las claves del proyecto europeo; y en los jóvenes, en los más jóvenes todavía, en los niños, reside, literal y moralmente, el futuro de Europa.
Y fue muy atinada también, a mi juicio, la referencia al papel fundamental que deben jugar las ciudades en este proceso, con Zaragoza a la vanguardia de todas ellas. No es solo que cuatro de cada cinco europeos vivamos en ciudades, sino que el espíritu de ciudadanía, con sus características intrínsecas de apertura a lo universal y abatimiento de fronteras, puede ser el mejor antídoto de los nacionalismos, regionalismos y cantonalismos de todo tipo, en los que aletea justo el espíritu contrario.
Lo único lamentable del acto del ayer en el Ayuntamiento de Zaragoza fue la intervención del representante del Gobierno central que aprovechó la ocasión para hacer una propaganda de su gobierno fuera de lugar, alejada del verdadero espíritu europeísta y en la que, además, confundiendo los deseos con las realidades, se vertieron afirmaciones muy concretas que, sencillamente, no se corresponden con la realidad.

LAS ELECCIONES EUROPEAS

Mayo 4, 2009 por modestolobon

El hecho de que a un mes de distancia de las próximas elecciones al Parlamento Europeo solo el 34% de los europeos estén dispuestos a decir que votarán en dichos comicios es de una enorme gravedad, acentuada si se considera que esa cifra es siete puntos aún más baja que la registrada hace cinco años en el mismo Eurobarómetro
Junto a la crisis económica que azota al mundo entero, estas elecciones están igualmente enmarcadas en una aguda crisis genuinamente europea que arranca del fracaso de la primera Constitución, ésa que ni siquiera llegó a nacer. Y aunque el Tratado de Lisboa del año 2007 puso fin a cerca de dos años de profundas incertidumbres, constituyéndose como un cierto punto de arranque para continuar avanzando en el proceso de construcción europea, las dificultades económicas y un cierto renacer de los sentimientos nacionales por encima de los comunitarios están proyectando una sombría perspectiva sobre lo que, a mi juicio, constituye el proceso político más apasionante de esta hora en el viejo continente: La Unión Europea.
Estas elecciones pueden ser una gran ocasión para rectificar, aunque sea solo inicialmente, algunas de las peores tendencias que están en el trasfondo de la crisis actual y hacer de lo europeo objetivo con suficiente carga de ilusión para los ciudadanos.
Europa necesita un sincero ejercicio de legitimidad democrática que ponga fin a la vieja costumbre de tomar decisiones a escondidas de los ciudadanos, que acabe con esa opacidad y lejanía que termina por ir en contra del verdadero espíritu fundacional.
Europa necesita igualmente un sentido proyectivo de su acción exterior. Ni la globalización concebida como una americanización del mundo, ni la tentación de acostarse sobre lechos culturales de países emergentes, ni menos aún el afán de reverdecer nacionalismos de épocas pasadas son soluciones para Europa.
La defensa de los grandes valores de la persona que han ido cristalizando en la civilización occidental y de una convivencia más humana no pueden quedar solo como elementos retóricos para los grandes discursos, sino como líneas de fuerzas generadoras de un impulso de cambio social y económico, de una verdadera transformación de las estructuras actuales, cuya necesidad se pregona desde muchos ángulos pero para cuya efectividad se dan menos pasos de los necesarios.
La última reunión en Londres del los países del Grupo de los 20 ha llegado a conclusiones interesantes para reformar el sistema financiero, poniendo con ello de manifiesto que es la propia economía de mercado, de la que lo financiero es una parte, la que está salida de sus quicios, urgiendo con ese llamamiento una respuesta de valores en cuya articulación la Unión Europea no puede permanecer callada y, menos aún, conformarse con ser un mero elenco de distintas respuestas nacionales, por importantes que sean los países que las sustenten.
Según el mencionado Eurobarómerto, la credibilidad del Banco Central Europeo ha caído nueve puntos en seis meses; la Comisión, cinco, y el Parlamento, seis, quedando las tres instituciones en unos niveles respectivos de aceptación popular claramente por debajo del cincuenta por ciento, es decir, que más de la mitad de los europeos no confían en ellas. Ante esta situación, es difícil soñar en un futuro mejor para la Unión Europea si no se abordan las causas que están originando este descrédito ciudadano
Porque para que Europa sea una realidad tienen que quererla los ciudadanos, y para llegar a ello es preciso que se hable de Europa, que se discutan sus asuntos, que se analicen sus problemas, que se vea entre todos la forma de eliminar los inconvenientes y aumentar las ventajas de su pertenencia a ella; en definitiva, que se haga de lo europeo asunto doméstico y se incardine en el elenco de preocupaciones cotidianas. Esto no es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana, ciertamente, pero es algo que no se conseguirá nunca si no se dan los pasos en la dirección adecuada.
Una consulta electoral constituye siempre el encuentro supremo de la ciudadanía con los problemas de su propia gobernación y representa en todo momento la apertura de un horizonte de esperanza para el cambio. De los partidos verdaderamente europeístas depende que el enfoque de la campaña que ha de precederlas en estas próximas elecciones europeas sirva para hacer llegar con nitidez los perfiles de los problemas y los rasgos más importantes de las soluciones que se aportan, de forma que los ciudadanos se interesen por unos y otras, y salgan de esa creciente postración que las encuestas testifican

Treinta años

Abril 13, 2009 por modestolobon

El pasado día tres de abril se cumplieron treinta años de las primeras elecciones municipales de la democracia actual. Fue aquel un momento muy especial en la articulación del nuevo régimen de libertades que nos dimos los españoles y en la vertebración de la nueva configuración del Estado, y merece la pena reflexionar en estos momentos sobre el gran avance que para la vida colectiva han supuesto los ayuntamientos democráticos, y también sobre los graves problemas no resueltos que sobre ellos gravitan treinta años después de su arranque.
En primer lugar, conviene recalcar el importante papel que las ciudades juegan en el desarrollo del mundo actual, y de una manera particularmente intensa en la Europa presente.
Resulta ya casi un lugar común, por la misma fuerza de su evidencia, afirmar que Europa es fundamentalmente la Europa de las ciudades. Más del 80% de los europeos viven en ciudades, y en torno a ellas se articula básicamente la expresión del desarrollo y de la modernidad. No en balde las ciudades renacentistas constituyeron el verdadero arranque de Europa, y al amparo del Renacimiento floreció el más genuino espíritu europeo, marcando el comienzo de un esplendor que no sólo dio vida a este continente, sino que arrojó luz sobre el mundo entero.
Me encuentro entre los que opinan que tras los sangrientos acontecimientos que han enlutado dramáticamente la vida europea en los siglos de auge de los nacionalismos, el renacer de las ciudades, con toda su pujanza y el espíritu superador de fronteras que les es consustancial, puede propiciar en Europa un segundo renacimiento de paz y prosperidad para todos.
Y en este papel regenerador de la vida de los pueblos, las ciudades españolas pueden tener una capacidad superior de influencia en los cambios de la sociedad, porque están dotadas de unas posibilidades jurídicas notablemente importantes.
Se puede afirmar que los ayuntamientos españoles tienen, con relación a muchos de nuestros vecinos, una poderosa ventaja comparativa, ya que nuestra Constitución, al referirse a la organización territorial del Estado, considera a los ayuntamientos no sólo como una parte integrante del Estado, sino situados al mismo nivel que la Administración central o la autonómica, pudiéndose afirmar con plenitud de sentido que los ayuntamientos son Estado y que el Poder Local es un poder del Estado, no un poder subordinado al Estado.
Este reconocimiento constitucional de la capacidad de intervención política de los ayuntamientos, y de su rango de igualdad con el resto de los poderes del Estado, constituye un hecho diferencial, digno de resaltar, de los ayuntamientos españoles en comparación con los ayuntamientos vecinos de nuestro entorno europeo, como Alemania, Francia y Gran Bretaña, donde los gobiernos locales, por más recursos y servicios que pudieran administrar, tienen una consideración subordinada con respecto a la Administración central. Y representa también una ruptura con lo que se ha dado en llamar “el modelo napoleónico o continental” de concepción de la administración local como una administración de segundo orden.
Los ayuntamientos españoles no están subordinados ni a la Administración central, como los franceses o los ingleses, ni a los Estados federales, como en el caso alemán: son autónomos en el sentido más pleno y puro de la palabra, representando un punto de inflexión en el concepto de autonomía municipal europea, en plena sintonía con la Carta Europea de la Autonomía Local
Con esta base jurídica y constitucional, reclamar con toda la intensidad posible la segunda descentralización que está pendiente en España, es decir, el traspaso de competencias desde las Comunidades Autónomas a los ayuntamientos de forma que se equilibren los tres poderes del Estado, me parece una necesidad permanente y la mejor forma de celebrar esté trigésimo aniversario de la constitución de los ayuntamientos democráticos españoles.